– Me encantaba tu serie.

– Gracias.

– Nunca pude entender por qué la cancelaste. Aún recuerdo el último capítulo. De repente miraste a la cámara y dijiste aquello: “No lo soporto más. Me largo”.

– No podrías entenderlo jamás. No sabes lo que es que tus amigos dejen de llamarte; tener que irte a vivir a las afueras de cualquier ciudad porque la gente te ve llegar y se atemoriza. Nadie te habla, nadie te mira, nadie te llama. Veo el desasosiego en las miradas de todos cuando me ven.

– Pero…, sabes que eres un personaje de ficción, ¿verdad?

– ¿Y crees que lo que vives tú en la realidad es algo más que ficción? No eres más que yo por ser real. Tú vives en una realidad prefabricada por otros para ti. Te marcan lo que debes pensar, lo que debes vestir, lo que debes ser…

– Pero yo vivo sin guión. Tú no existes fuera de la televisión… o de mi cabeza. Aunque estemos aquí, tomando café.

– Al final todo se reduce a elegir el guión adecuado o no.

– Pero el tuyo era muy bueno. ¿Por qué te fuiste? Crecí viéndote en la tele, con tu aire de señora elegante y cercana. Hasta eras divertida. La abuela que todos quisiéramos tener.

– Me halagas, pero era demasiado. Al final se hizo muy duro. No pude con ello.

– ¿Cuántas temporadas fueron? ¿Diez?

– Doce.

– ¿Y cuántos crímenes pudiste resolver en tanto tiempo?

– Ni lo recuerdo. Trato de olvidarme de todo.

– Me encantaba cómo convencías a los sherifs para que aceptaran tus observaciones. Cómo lo llevabas todo a tu terreno hasta resolver el asesinato.

– Ya ves. A mí también me gustaba, pero… Cada capítulo un asesinato como mínimo era demasiado. Iba a visitar a algún familiar y moría alguien. Me contrataban como profesora en una importante universidad, y siempre había algún crimen. ¡¡Incluso en mi propio pueblo. No podía estar con mis amigos, con mi gente, por temor a que muriese alguien!!

– Pero sigue siendo ficción, ¿recuerdas? Esos personajes seguían viviendo en otras series, en otras películas…

– No. Esos no. Otros, con la misma apariencia física. No. Tuve que dejarlo. La muerte me seguía allá donde iba, y es duro, aunque sepas que nunca serás tú la que caiga.

– Entonces, ahora, ¿qué haces?

– Vivo alejada de todo. Apartada. Escribo. Sigo escribiendo con otros apodos, otros nombres… No quiero que nadie sepa de mí. Espero pacientemente a que todos me olviden por fin para poder desaparecer tranquilamente, sin ninguna muerte más sobre mi conciencia.

– Pues siento decirte que yo no podré olvidarme de ti, de tu serie, de tus casos, de tu forma de caer bien a todos para poder descubrir cosas…

– Lo sé, pero no me preocupa. Ahora ya casi nadie me recuerda. Quedáis pocos, y sé que tarde o temprano todos me habrán olvidado o ni siquiera me conocerán. Y yo espero con paciencia ese momento. Ni siquiera tendría que estar aquí.

– No te preocupes. No pasará nada.

– Eso espero.

De repente se abrió la puerta del salón y alguien dijo:

– ¡¡ Creo que han matado al portero del edificio!!