– «El espacio: la última frontera. Estos son los viajes de la nave estelar Enterprise, en una misión que durará cinco años, dedicada a la exploración de mundos desconocidos, al descubrimiento de nuevas vidas, de nuevas civilizaciones, hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar.»

– ¡¡Neil. ¿puedes dejar de hacer el idiota? Un viaje por el espacio no es cosa de broma. ¿Puedes estar pendiente de los instrumentos que tienes delante, por favor?!!

La voz sonaba rebotando por todas y cada una de las paredes de la cabina, como un trueno. Alguien, al otro lado del intercomunicador, se estaba tomando muy en serio su trabajo, y le molestaba sobremanera la ligereza con la que Neil parecía divertirse con aquello.

– Perdón, señor – se disculpó. Pero en el fondo estaba feliz. Volvía la cara para que las cámaras que observaban cada uno de sus movimientos no captasen su sonrisa. Llevaba años con aquella frase en la cabeza, y no veía el momento de soltarla. ¡Y claro que aquel era el lugar y el momento oportunos para hacerlo!

Llevaba años preparándose para aquello, y había decidido disfrutar cada segundo de aquel último tramo. ¿Cuántas veces en su vida tiene un mortal la opción de ver su planeta desde el espacio?

Aquellas pruebas para examinar e investigar el comportamiento del cuerpo humano en distintas circunstancias, de camino a Marte, habían sido su oportunidad de poder viajar fuera de nuestra atmósfera, y tenía que aprovecharla al máximo. Vivirlo lo más intensamente posible. Por eso se mostraba tan excitado con todo.

Neil se asomó por una de las ventanas redondas que había en la cabina. Veía la Tierra alejándose poco a poco, como en una proyección. Intentó localizar el lugar donde vivía, pero ya el planeta estaba lo suficientemente lejos como para sólo distinguir las siluetas de los continentes.

– Muy bien, Neil – resonó de nuevo por los altavoces y la radio – en breve comenzaremos las pruebas en gravedad cero. Te avisaremos para que puedas relajarte y soltarte de los anclajes y cinturones. Recuerda que también podrás quitarte el casco, pero mantenlo localizado en todo momento.

– De acuerdo, señor.

Todo estaba transcurriendo tal y como le habían advertido, pero parecía mucho más rápido de lo que esperaba. Aquello se le estaba haciendo tremendamente corto. Tanto estaba disfrutando…

Estaba solo en la cabina, pero en todo momento, en el centro de operaciones, había alguien observándole a través de las innumerables cámaras colocadas allí.

Durante su infancia, el pequeño Neil siempre había sido un niño inquieto, travieso, bromista, al que le apasionaban las historias de extraterrestres y de viajes interestelares.

Estuvo dos días encerrado en una de las taquillas de su colegio para experimentar lo que debían sentir los astronautas en aquella época, cuando los metían en aquellos cohetes claustrofóbicos, para viajar al espacio o, simplemente, para dar vueltas alrededor de la Tierra.

Por supuesto, luego estuvo castigado un mes sin tele, ni radio, ni aquellas revistas espaciales que tanto le gustaban y que él mismo se compraba con el dinero que su padre le daba por arreglar el jardín.

Aún recordaban, en su instituto, aquella feria de ciencias, durante la que estuvo apunto de hacer volar todo el patio cuando decidió construir un cohete que despegaría y se elevaría “lo más arriba que jamás un cohete construido por alguien en una manualidad habría llegado”; eso repetía él.

Nadie supo jamás, ni quiso averiguarlo, cómo el joven Neil consiguió aquella explosión que propulsó su cohete en miniatura tan arriba que lo perdieron de vista; sin embargo la onda expansiva volteó el coche del director, lanzó las lentillas de la señorita Helen contra una de las paredes del gimnasio con tanta fuerza que se incrustaron en el muro, hizo que el peluquín del conserje acabara en la azotea del edificio de viviendas junto al instituto y hasta el tricerátops a escala casi real en el que el señor Lawrence llevaba trabajando dos años y que casi estaba terminado, quedó hecho añicos; cuentan que alguien lo vio salir aquel mismo día, mordiéndose los puños, enloquecido, como fuera de sí… y nadie más supo de él.

Claro que más estupefactos se quedaron todos una semana más tarde, cuando el alcalde de la ciudad, acompañado del comisario y de un general del ejército, se presentaron en las puertas del instituto exigiendo que se personara ante ellos el responsable de una bola de fuego que había acabado en un lugar indeterminado de algún desierto de México, derribado por un caza; mantenían que aquel artefacto había tenido a una parte de la población atemorizada, vigilando el cielo, mientras saturaban las centralitas de emergencias alertando del avistamiento de un peligroso meteorito que se precipitaba a gran velocidad contra el planeta. Cuando el objeto cayó a tierra, después de haber sido perseguido y ametrallado por un caza, los análisis de uno de los trozos que quedaron, sacaron a la luz un pedazo de plástico con el nombre quemado de aquella escuela.

Por supuesto, Neil no pudo volver poner sus pies en aquel instituto…,ni en ningún otro en cincuenta kilómetros a la redonda. Todos le decían que, de seguir así, lo más lejos que llegaría sería a alguna penitenciaría del estado, rodeado de asesinos y gente de mala reputación.

…y ahora estaba allí, en el espacio. Nadie jamás podía habérselo imaginado. ¡Y cómo le gustaría que le pudieran ver el director, la señorita Helen, aquel general del ejército que a punto estuvo de mandarlo a la escuela militar para que aprendiese disciplina y obediencia…!

– Neil, estamos en gravedad cero. Puedes soltarte. Nosotros te dejaremos en automático. Es hora de comer, así que te quedas solo. No hagas ninguna tontería, por favor.

– Ningún problema, señor.

Neil se deshizo rápidamente de todos los cinturones que le sujetaban al asiento, se quitó el casco y comenzó a flotar por toda la cabina.

Al principio sólo flotaba, pero cuando se hizo a la nueva situación, empezó a simular que nadaba, que corría, que volaba como Supermán, que tomaba el sol tranquilamente…

– Pero, ¿quién ha colado aquí a este idiota? – decía alguien en el centro de operaciones mientras se iba a comer con el resto de sus compañeros.

– Será amigo de alguien – le respondieron – ya se cansará. Nadie puede hacer el idiota tanto tiempo.

Al cabo de una hora, cuando todos volvían, comprobaron que Collins, la persona encargada de quedarse a vigilar a Neil mientras los demás estaban fuera almorzando, había abandonado su asiento y estaba sentado en el suelo, mirando las pantallas, como ido, ausente…

– ¿Ocurre algo, Collins? – le preguntaron.

– Miradlo vosotros mismos – respondió mientras metía la cabeza entre las rodillas y miraba al suelo, desesperado. – Le he advertido mil veces. Se lo he advertido, pero… – repetía una y otra vez con tono desolado.

En las pantallas podía verse a Neil flotando por la cabina, pero había cientos de pequeños elementos suspendidos a su alrededor. El jefe de operaciones se acercó a los receptores para averiguar qué eran todos aquellos objetos.

– Pero… ¿quién le ha dejado a este imbécil meter Doritos en la cabina? Y eso que veo cerca de los mandos… ¿son unas bolas de petanca? ¿Puede ser que…? ¡¡Acércame el intercomunicador!!

Estaba dispuesto a acabar con aquel desbarajuste en mitad de una investigación interestelar.

– ¡¡Neil!! ¡¡Neil Buzz Aldrin!! – se alejó un momento del micrófono por el que hablaba para decirle a los que tenía alrededor «sólo un tarado le pondría a su hijo los nombres de unos héroes», y continuó – ¿Quieres, por favor, decirme, que no has metido una Estrella de la Muerte y un X-Wing en la cabina; que no es eso lo que veo flotando entre todo ese montón de doritos, cheetos y patatas fritas? ¡¡¡Y gotas de agua por todas partes!!!

– Me aburro aquí dentro y os habéis ido todos a almorzar. Tengo hambre, y Collins no me ha dejado comer nada de esto. Si me hubiese dado permiso, no habría comida flotando por aquí.

– ¡¡Maldita sea, Neil!! Esto es una misión importante. No es el garaje de tu casa ni una acampada. Hay mucha gente esperando los resultados de estos test para los que te ofreciste voluntario, ¿recuerdas?

– Pensé que sería más divertido. Que habría música de fondo, que podría ver la tele o algo… Debería estar cerca de todos los satélites de televisión del espacio.

– ¡¡Está bien Neil, se acabó!! – soltó el intercomunicador y salió de la sala dando un portazo.

Todos se quedaron en silencio, sin saber cómo reaccionar. Nunca habían visto al jefe de operaciones tan fuera de sí. Miraban las pantallas, donde Neil seguía flotando entre todas aquellas cosas.

De repente, una luz roja se encendió dentro de la cabina. Sonó una alarma en todo el recinto y Neil pareció quedarse congelado. Se borró la sonrisa de su rostro.

Detrás de él un panel luminoso avisaba en letras rojas parpadeantes: “¡Peligro, despresurización! ¡Peligro, despresurización!”.

– Pero, ¿qué caraj…? – no pudo acabar la frase. Como un ladrillo, se desplomó al suelo, cayendo en seco rodeado de todos sus aperitivos. Las bolas de petanca rozaron su cabeza al caer también de golpe. La Estrella de la Muerte se hizo añicos contra el piso acolchado de la cabina.

– Lo siento, Darth Vader. Vuelves a perder – se oyó a Neil que ahora estaba por debajo de la línea de cámaras.

Entonces, del fondo de la cabina se abrió una puerta y todos vieron entrar, hecho una furia, al jefe de operaciones, con el rostro encendido y una vena hinchada en el cuello.

Decidieron apagar el intercomunicador. Neil se puso en pie mientras aquel hombre gesticulaba airadamente, moviendo mucho los brazos, a escasos tres centímetros de la nariz del astronauta.

Al cabo de quince minutos, Neil miró a la cámara, saludó militarmente, sonrió, y salió de la cabina. El jefe de operaciones alzó la mirada, se mordió un puño, y salió también de allí.

Volvió a la sala donde estaban todos estupefactos, sudoroso, aún con el rostro enrojecido…

– ¡Malditos criterios de selección. Hasta mi madre lo haría mejor! – gritó para desahogarse.

– Muy bien, muchachos. Todos a casa. Esperemos que mañana nos traigan otro aspirante con un poco más de cerebro para hacer las pruebas. Aún nos queda un mes para elegir al candidato adecuado. No quiero ni pensar qué habría pasado en el transbordador espacial con este cenutrio.

Fueron apagando todos los instrumentos, y cuando salió el último de los hombres, el director de operaciones apagó las luces y cerró la puerta tras de sí.

«¡¡Qué lejos están, a veces, las estrellas!!», pensó.

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