Cómicos

El escenario

“Un día sin risa es un día perdido.” Lo decía Charles Chaplin.

Por eso hay cómicos. Gente con una vocación inmensa que se dedica a que tú y yo nos olvidemos un rato de nuestros problemas. Gente que pasa horas, días, meses, atento a todo lo que ocurre, mirando a su alrededor, o incluso en su propia vida; anotando ideas, sentándose delante de una hoja en blanco, escribiendo, borrando, retocando, probando, volviendo a escribir, volviendo a borrar, volviendo a retocar, volviendo a probar…

Gente que hace miles y miles de kilómetros, de un lado a otro, quitándole tiempo a su familia, a su ocio, a su descanso, a su salud… solo para hacer que, al menos, durante un rato, tú o yo nos riamos, dejemos nuestra vida con sus problemas aparcada en cualquier sitio, y seamos felices.

He visto a cómicos enfermos, subiéndose a un escenario con fiebre, sin apenas fuerzas, solo para hacer reír a la gente un rato; cómicos que, bajo el foco de luz se olvidaban de su enfermedad y dibujaban la mejor de sus sonrisas para que el público lo pasara bien. Cómicos con su guitarra, medio afónicos, poniendo en pie un espectáculo de una hora, con canciones, sin que en la sala nadie se diese cuenta. Cómicos pasándolo realmente mal que, cuando salían a escena, se mordían los labios, miraban al público, y se exprimían al máximo para provocarles las mayores carcajadas posibles…

Cómico trabajando

El gran Daniel Rabinovich, integrante de los fantásticos Les Luthiers, decía que “el paraíso en La Tierra existe porque hay gente que nos hace reír”. Y cada risa es un pasito más que nos acerca a ese paraíso.

Por eso hay que agradecer a los cómicos esos momentos de luz que nos regalan. Porque cuando se apagan las luces y el foco cae sobre el escenario, en nuestro mundo se paraliza todo lo oscuro, todo lo insano, todo lo tenebroso que nosotros mismos vamos construyendo. Y cuando fijamos la atención en la persona que hay allí, en el centro de todo, volvemos a ser niños, volvemos a ser inocentes, volvemos a recordar que podemos ser felices con un poco que nos lo propongamos. Y son los cómicos los que nos lo recuerdan.

Por eso, cuando un cómico desaparece hay una lucecita que se apaga. Un punto menos que deja de marcarnos el camino de baldosas amarillas que nos devuelve a casa; esa casa donde somos felices, donde no nos aplastan los problemas.

“Un día sin risa es un día perdido”.

Un mundo sin cómicos sería un mundo a oscuras.

Juan Carlos Córdoba, D.E.P., y que las risas te acompañen.

Juan Carlos Córdoba