Cosas de la edad

Cuántas veces no habremos dicho eso de “me encantaría tener diez años menos pero sabiendo lo que sé ahora”. Es verdad que, cuando llegas a una edad, lo de cumplir años te va dando un poquitito de vértigo. Sobre todo porque te da por mirar los sueños que tenías cuando eras joven, y te das cuenta de que la mayoría no eran más que luces brillantes que se han ido apagando.

Pero ahora, con la edad, con el poso (y el paso) del tiempo, es cuando te vas percatando de lo que te rodea, de cómo funciona casi todo, pero, fundamentalmente, cómo funcionas tú. Y, qué le vamos a hacer, de momento estoy encantado de haberme conocido. Tengo mis manías, mis defectos, mis virtudes… He aprendido a aceptarme, a conocerme, a saber qué soy y qué no. Y me siento cómodo.

…y sí, tuve pelo.

Ahora prefiero estar en casa, tranquilamente; una peli, una serie, un libro… y silencio. Nada de eventos multitudinarios, salvo conciertos de vez en cuando y de personas muy determinadas que, quienes me conocen, identifican perfectamente.

Disfruto cuando me reúno con dos, tres, cuatro personas, para charlar, comer, beber…, pero no soporto, en absoluto, las “reuniones sociales”; siempre me siento fuera de lugar, a pesar de, es una de mis pocas virtudes, ser capaz de integrarme casi en cualquier sitio sin ningún problema.

Ahora tengo mis propias ideas, pocas, pero muy claras; mi forma de ver el mundo, la sociedad, la política, el arte… Me doy cuenta de que soy intransigente con respecto a mis opiniones, pero soy capaz de tolerar la mayoría de las de los demás

Sigo sin soportar la hipocresía, el doble rasero, a la gente que piensa que está por encima de todos. Sigo sintiendo pena por la gente que no tiene fe, porque a mí me llena de tranquilidad y de paz.

Soy capaz de entender y disculpar cualquier comportamiento, siempre que no suponga el dañar a otros, (e incluso, a veces, hasta en esas circunstancias). Intento no juzgar a la gente (lo confieso: no siempre lo consigo), porque sé que ellos también podrían juzgarme a mí, y tal vez no saliera muy bien parado.

Sigo disfrutando de los abrazos fuertes, largos, pegaos…, los que van con beso, sobre todo. Sigo enamorándome de sonrisas, indistintamente de quién sea el dueño. Por contra, me estoy volviendo arisco, cascarrabias, huraño… aunque más cuando estoy a solas o nadie puede ser testigo o sujeto directo.

No sé. Cabrían muchas cosas aquí. El Juanma actual conserva muchos rasgos del adolescente; muchísimos. Pero tal vez ha perdido un poco el brillo de aquel, porque el tiempo se encarga de irte echando capas de realidad encima y eso, quieras que no, va formando una pátina que, al final, no dejas de ser tú, con las luces y las sombras que te tocan.

Al fin y al cabo, lo único que nos queda es esperar que las luces hayan sido siempre un poco más fuertes que las sombras…, a pesar incluso de uno mismo.