El vasco

nombres-vascosAntes de nada debo aclarar algo: no he visto la película “8 apellidos vascos”.

Ayer, en el trabajo, recibí la llamada de alguien, no recuerdo si era de Bilbao. Sí recuerdo que se llamaba Igor y me llamaba en nombre de su madre, que estaba teniendo algunos problemas con su línea telefónica. Como es costumbre, le pregunté si estaba cerca de los aparatos y me dijo que no; que si yo quería, podía llamar a su madre por otra línea y hacer las pruebas que fueran los tres, como un “party line” improvisado. Accedí.

En la otra línea él hablaba con Carmen, su madre, y le preguntaba lo que yo le pedía que tratara de averiguar. En un momento dado me dijo: “espera, que creo que podemos hablar los tres a la vez”. Al cabo de unos segundos, allí estaba yo, hablando con Carmen y con Igor al unísono.

Carmen, al parecer, era una mujer mayor, así que su hijo se empeñaba en explicarle lo que yo le decía para poder solucionar el problema. Con ella hablaba en vasco y conmigo en español, y le iba traduciendo a su madre.

En un momento dado me dijo: “No te estás enterando de nada, ¿verdad?”, a lo que yo le respondí un “bueno, algo sí que pillo”. Me pidió perdón por aquello y me explicó que toda la vida en su casa habían hablado en vasco, y que estaba acostumbrado a hablar en ese idioma con su madre. En ningún momento me sentí molesto. Es más, me gustaba la sonoridad dulce de aquel euskera del que yo no entendía salvo algunas palabras sueltas.

Cuando colgamos, después de dejarlo todo funcionando correctamente y tras oír los agradecimientos de Igor y Carmen, pensé que a veces nos cerramos demasiado en unas ideas que nos vienen impuestas desde fuera y que creemos sin corroborar por nosotros mismos. Hablo de esa idea del vasco rudo, mal sonante (me refiero al idioma)…

Lo digo totalmente en serio: el vasco que yo oí al otro lado del teléfono era suave, dulce, incluso melodioso. Podéis llamarme raro, pero noté cierta musicalidad en ese euskera que oía entre un hijo y su madre.

Tal vez, lo mismo, el secreto está en saber escuchar sin tapones en los oídos. Seríamos capaces de oír música donde algunos sólo pretenden que escuchemos golpes.