La cena de Navidad

La Cena de Navidad. Ese momento familiar en el que por única vez en el año podemos ver a esos primos que no soportamos, a esa tía impertinente que siempre nos pregunta que cuándo nos vamos a echar novio o novia (depende del sexo del interfecto), a ese amigo del padre al que nadie soporta y que siempre acaba cenando con nosotros porque nuestro padre es el único que lo aguanta porque hicieron la mili juntos, esa vecina cotilla que se cuela cada dos por tres para averiguar qué estamos cenando y si es mejor y más abundante de lo que ella ha preparado…: sí, la cena de Navidad.

Pero una cena de Navidad que se precie siempre empieza para una madre una semana antes, revolviendo todos y cada uno de los libros de cocina que hay en la casa para encontrar alguna comida especial que guste a todos…, porque claro, esa es la primera gran prueba de una cena que se precie. Una prima vegetariana, un hermano al que no le gusta el pescado, un tío alérgico al marisco, la abuela diabética, el abuelo sin dientes… en todas las familias hay uno de cada…

Y cuando la madre por fin encuentra en un libro una receta que parece adecuada y especial, el ingrediente más importante de dicha receta está borrado, o falta ese trozo de la página, o hay un machurrón tan grande de aceite en ese trozo que es imposible distinguir las letras… Así que, en un alarde de riesgo, la madre decide que el ingrediente será lechón…

Pero éso no es lo peor. Después de estar todo el día en la cocina preparando el dichoso lechón, con unos ingredientes extrañísimos y una extraña forma de cocinarlo, cuando todos están en la mesa, el único comentario agrdable con respecto a la cena es lo bien que saben las patatas fritas, que suelen ser congeladas y en las que la madre apenas ha invertido tiempo porque el lechón se lo ha llevado todo. Siempre suele asistir a esas cenas, además, alguien que, precisamente ese mediodía, ha comido lo mismo que lo que va a cenar, con lo cual la madre se siente con la obligación de ofrecerle algo distinto al “invitado oportuno”. Para colmo, lo que más rápido desaparece de la mesa es lo que más cuesta y lo más delicioso, con lo que la madre, como está contínuamente levantándose a la cocina, no logra ni probar el jamón, ni las cigalas, ni las gambas…

La cena de Navidad. Cuando acaba la gente de cenar vienen las copitas, y mientras la madre recoge la mesa (con alguna tía que se siente culpable porque se ha comido todas las gambas y sabe que la madre no las ha probado), los demás comienzan la degustación de todos los vinos que han traido para la cena (¿qué menos que un litro de vino del barato a cambio de una opípara cena en una casa que no es la propia y, por añadidura, gratis?). Al cabo de media hora, todos los padres están contando anécdotas de su mili; media hora después se cantan villancicos a pleno pulmón, y una hora más tarde se ha pasado de contar chistes malos a bailar hasta las campanadas del reloj del salón con la corbata puesta en la frente…

Y cuando acaba la cena y todos se van, alguien, desde la puerta, dice LA FRASE: “Esto hay que repetirlo en Fin de Año, ¿eh?”. En ese momento hay una ráfaga de aire que atraviesa la puerta y se aleja rápidamente de la casa: la madre…

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Esta es una dedicatoria especial y muy cariñosa para todas esas madres que, especialmente en Navidad, hacen lo imposible para que todos estemos contentos, cómodos y bien alimentado, aún a costa de su propia comodidad y descanso.
Ellas hacen posible que estas fechas tengan siempre algo de magia. Nunca podremos agradecérselo lo suficiente…

GRACIAS A TODAS LAS MADRES DEL UNIVERSO
(por si existe vida en otros sitios…)