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Semana 11: EL MINISTRO

Sí, esto es El Pito, Asturias, España. Son alrededor de las cinco de la madrugada. Lo que rompe el silencio es la brigada de homicidios, completada con detectives y periodistas. Los chicos del CNI parece que también están en camino. Han informado de un posible crimen en la Quinta del Palacio de los Selgas. Rápidamente saltará a Tuiter, lo dirán en las noticias matinales de la radio y saldrá en la televisión, porque el protagonista es un ministro. Uno de esos nuevos ministros tan populares.

Pero antes de que lo oigan tergiversado y magnificado, antes de que los tuiteros empiecen a escribir, quizá quieran conocer los hechos, los verdaderos. Si es así, han elegido bien.

Ya ven que se ha encontrado su cuerpo tirado en una de las salas del palacio, cerca de un ordenador con conexión a internet, y una tarjeta junto a su mano. Lo que extraña a todos los presentes es que el cuerpo está totalmente despellejado, pero no hay ni una gota de sangre por ninguna parte.

Él siempre fue un ministro popular. Le gustaba interactuar con la gente a través de las redes sociales. Bien es cierto que su cartera tampoco era de las importantes: «Relaciones internáuticas». Nadie sabía muy bien en qué consistía ni cuánto le costaba al bolsillo del contribuyente, pero habían conseguido un ministro atractivo, de edad madura, que caía bien y no se metía en líos. Siempre con buena presencia, cercano, divertido… Y eso les hacía ganar votos.

Parece que acaban de llegar los chicos del CNI. Se les ve con prisa por acercarse al cadáver y examinarlo antes que nadie. No han traído forense ni juez. Tampoco parece que vayan a venir. Están apartando a los detectives y la policía. Uno de ellos, ataviado con guantes de látex, agarra la tarjeta que tiene el cadáver en su mano y la escudriña a la luz del amanecer que se va colando por las ventanas poco a poco.

– Este tío es gilipollas – exclama mientras observa el trozo de plástico semi transparente que ha puesto delante de sus ojos y mira al trasluz. Y continúa – Está bien, ¿dónde están los camilleros? Recojan al señor ministro y llévenlo al depósito. Allí seguiremos haciéndole pruebas.

Nadie se interpone. Nadie dice nada. Hace ya tiempo que el CNI hace y deshace a su antojo, y luego es su versión de los hechos la que se difunde, sin cortapisas.

Uno de ellos se acerca a un periodista que fotografía algo en el suelo. Parece una bola arrugada de color marronáceo. Lo recoge y lo mete en una bolsa de pruebas.

– ¿Es látex? – pregunta el fotógrafo.

– Lo investigaremos. Tendréis vuestros datos en unas horas.

Retrocedamos algunos meses, hasta el día en que todo empezó.

Vivía en un pequeño ático en una pequeña ciudad de provincias. Las cosas no iban bien del todo. Hacía meses que no tenía un cliente importante. Alimentarme de chocolatinas y ensaladas envasadas tampoco me estaba ayudando mucho.

Me dedicaba al posicionamiento y la optimización de empresas en internet; lo que conocen todos como un SEO. Y no se me daba mal. Las últimas que habían contratado mis servicios vieron incrementada su popularidad en muchos puntos porcentuales, amén de estar situadas, siempre, en los dos o tres primeros puestos en los buscadores de internet.

Pero aquí estaba, en mi pequeño castillo, en bata, esperando que alguna empresa requiriese de mis conocimientos, sin éxito.

Aquellos hombres del gobierno que llamaron a mi puerta aquella mañana dijeron que el tiempo había llegado. Que por fin iba a desarrollar el papel para el que se me había preparado. Pero no sabía de qué hablaban.

– Vístete. Tenemos que irnos – dijeron en tono frío y autoritario.

– ¿Dónde vamos? ¿Quiénes son ustedes?

– No vas a ser SEO toda tu vida. No es tu cometido.

– ¿Cómo saben a qué me dedico?

– También sabemos lo de tu verruga en el muslo derecho y esa manía de ponerte crema en las arrugas de los ojos. Porque aún no sabes que no te hace falta. Todo es mucho más fácil.

– ¿Quiénes son ustedes?

– Ven con nosotros. Tienes que empezar a ponerte al día. No hay tiempo que perder. El gobierno se va a reestructurar esta noche. Debes estar preparado.

Miré por la ventana. Abajo había un par de patrullas de la Policía Nacional y una furgoneta oscura esperando algo…, o a alguien.

– Tengo que recoger todo esto, hacer el equipaje, mi ropa… – dije en un intento de detener aquella situación que no controlaba en absoluto.

– Nada de esto te va a hacer falta ya. No te preocupes.

Aquellos dos hombres parecían dispuestos a llevar a cabo su misión, fuera cual fuese, sin importarles si yo estaba de acuerdo o no.

– Te lo explicaremos todo por el camino. Sólo vístete. No querrás aparecer en las noticias en gayumbos…

Diez minutos más tarde, estábamos en la parte trasera de la furgoneta negra con apariencia de despacho. Una mesa en el centro del espacio, un asiento de tres plazas frente a ella, un par de pantallas de televisión, altavoces…

– Muy bien, ¿alguien me explica ya qué hago aquí y qué quieren de mí?

– Vas a ser ministro.

– ¿¡¡Cómo!!?

– Esta tarde será tu nombramiento.

– Pero…, deben estar locos o haberse confundido de persona. Yo no puedo ser ministro. Tengo mi negocio…

– ¿Crees que tienes un negocio? ¿Acaso piensas que las empresas que te han contratado existen? Sólo hemos hecho lo necesario para crearte un mínimo currículo para la opinión pública. Un ministro sin oficio no ofrece ninguna credibilidad.

– ¿Están diciendo que todos mis negocios no han sido más que montajes? ¡¡Esto es el colmo…!!

– ¿Cuáles son tus más lejanos recuerdos?

Aquella pregunta me pareció ofensiva.

– Puedo recordar mucho de mi infancia. ¿Dónde quiere ir a parar?

– ¿Por ejemplo aquella vez que vomitaste por la ventanilla del coche recién comprado por tu padre mientras lo estrenabais, el día de tu sexto cumpleaños?

– ¿Cómo demonios sabe…?

Mientras lo relataba, apretó un botón en alguna parte del asiento, y una pantalla emergió del centro de la mesa mostrando exactamente esa imagen, como a través de mis ojos.

– ¿Qué broma macabra es esta?

– No es ninguna broma. Este eres tú. Nosotros fabricamos tus recuerdos, pero jamás los viviste.

Algo se quebró dentro de mí. Y grité. Grité todo lo que pudo mi garganta.

– ¡¡Paren inmediatamente. Quiero salir de aquí!!

– No puedes hacerlo.

Y aquel tipo sacó un revólver de alguna parte de su chaqueta. Me apuntaba al pecho.

– Ni te imaginas la de privilegios de los que vas a gozar a partir de ahora, sin ser… como nosotros.

No pude contestar a aquella afirmación. No sabía qué había querido decir.

– Por supuesto que no soy como ustedes. Ustedes están locos.

– En eso tienes razón. A nadie dentro de sus cabales se le podría haber ocurrido usar a alguien como tú para esto. Pero los estudios dicen que es el momento de utilizarte; de utilizar el potencial que te hemos dado. La imagen es lo más importante, y mientras haya, al menos, un ministro con capacidad de conectar con el pueblo, el poder está asegurado. A la plebe le gusta que los dominen, pero con una cara amable y cercana. Alguien… de entre ellos.

– ¿Y si no acepto? ¿Y si acepto y no sale bien?

– Saldrá bien. El pueblo es dúctil… y estúpido. Se dejan engañar con facilidad. Además, tenemos la solución para que no tengas que usar esas cremas horribles que usas para tus patas de gallo.

Sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y me la dio. Era anaranjada, semitransparente, sin ningún distintivo aparente, salvo un pequeño número marcado en la esquina inferior.

– ¿Qué es esto?

– La solución a tus problemas.

Apoyó el cañón de la pistola contra mi pecho y me dio una toalla.

Noté que su dedo índice comenzaba a ejercer presión sobre el gatillo del arma, y vi cómo el martillo iba separándose a la vez que el bombo giraba para colocar la bala en el hueco de salida. El terror me había dejado petrificado. Noté como una llama ardía dentro de mí y me salía por todos y cada uno de los poros de la piel, pero no podía reaccionar ni respirar. Agarraba la toalla con una mano y la tarjeta con la otra, pero era como si no estuviese allí; como si no fuese yo el sujeto de aquella acción. Dicen que cuando vas a morir, toda tu vida pasa por delante de tus ojos. Yo no pude ver imagen alguna. Nada. No había recuerdos.

Hubo una detonación seca y humo y olor a pólvora. Sentí algo atravesarme el pecho, caliente, y un empuje hacia atrás que me apretó contra el respaldo del asiento. Luego, silencio. No respiraba, pero no había dolor. Alguien cogió mi mano, la de la toalla, y la apretó contra el agujero del pecho.

– ¡¡Maldita sea!! – dijo el chófer mirando por el retrovisor – ¡¡habéis jodido la tapicería, seguro!!

– Muy bien, puedes respirar. No ha sido nada – dijo el de la pistola mientras me golpeaba la cara con la palma de su mano.

Pero no podía reaccionar. No tenía muy claro qué había pasado.

– Está bien. Te lo enseñaré.

Cogió la pantalla que estaba sobre la mesa, la acercó, tecleó algo y la puso delante de mis ojos. Luego condujo mi mano, la que aún sujetaba la tarjeta, y la posó sobre una página en concreto que había abierto. Algo sonó dentro de mí, y podía oírlo perfectamente; como si se llenara algún hueco vacío, un siseo…

Sentí que volvía a respirar, aunque tenía la sensación de que no me hacía falta. Parpadeé un par de veces y miré a mi pecho. La camisa tenía un inmenso agujero por el sitio por el que se suponía había salido la bala, pero detrás, mi cuerpo, estaba totalmente incólume.

– ¿Qué demonios ha pasado aquí? – pude articular, al fin, aún un poco tembloroso.

– Mira detrás de ti.

Me aparté del respaldo del asiento y allí estaba el agujero de bala. Seguí con la vista la dirección y, detrás del todo, tras chocar contra la puerta, pude verla, en el suelo: la bala que aquel tipo había disparado contra mí de manera tan fría.

– Esa tarjeta te mantendrá siempre en perfecto estado, siempre listo. Siempre con la apariencia correcta.

– Pero…, pero… ¿nadie va a explicarme nada? ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí? ¿Qué soy yo? ¿Por qué?

Sería muy tedioso contarles las casi dos semanas que me costó aceptar todas aquellas revelaciones repentinas. Parece que los semihumanos eran más comunes de lo que nadie conocía, y sólo los gobiernos poseían la tecnología necesaria para utilizarlos. La opinión pública era totalmente ajena a aquello. Se generaban los sujetos que podían hacer falta para determinados puestos, y alguien con pocos escrúpulos podía usar a uno de ellos…, de nosotros, en beneficio propio. Y perpetuarse en el gobierno era una de esas opciones. Porque a la gente le gustaban los políticos cercanos, con buena presencia, sin aspavientos… y estos eran los que ganaban elecciones, por más desastrosa que hubiese sido la labor de gobierno. Habían conseguido adormecer a la opinión pública lo suficiente como para aceptar una broma como disculpa por el escaso empleo, o la pobreza estructural.

Y se me daba bien aletargar a las masas. Por eso, tras algunos meses en el ministerio, habían decidido comprar mis voluntades con aquel Palacio de los Selgas. Un conjunto arquitectónico y residencial con inmensos jardines, hermosas fuentes, habitaciones y salas dignas de los más altos mandamases del planeta… Allí iba a pasar mis vacaciones, alejado de todo el mundo, en aquel pueblo de apenas noventa habitantes.

Y aquí estaba cuando ocurrió todo esto. Nadie me advirtió de que la tranquilidad tiene sus pequeñas contrariedades.

Aquella mañana me había levantado temprano, como siempre. Iba a ofrecer una rueda de prensa para informar de que había empezado mis vacaciones de verano, así que cogí mi tarjeta transparente y me dispuse a arreglar un poco mis ojeras. Sólo un mínimo estiramiento, sin que se notara nada extrañamente exagerado. Había aprendido a ser muy cuidadoso con aquello a base de cometer errores.

Pero el proceso estaba en marcha cuando se perdió la conexión a internet. Y no pude pararlo. Sentí que la piel se me ponía tensa por momentos y no se detenía. Al cabo de cinco minutos oí resquebrajarse algo, como una tela rompiéndose, detrás de mi nuca. Lo último que pude ver fue una bola de piel saliendo despedida de mi propio cuerpo. Luego perdí las fuerzas y me derrumbé contra el suelo.

Supongo que el CNI se dio cuenta del asunto cuando volvió la conexión, pero no sé cómo llegó a enterarse la prensa. Muchos, en el propio gobierno, recelaban de mi popularidad. Probablemente alguien dio un soplo.

Creo que mis días como ministro han terminado. Espero, al menos, que acepten reconstruirme un rostro nuevo para poder seguir viviendo. Supongo que me eliminarán todos los recuerdos de estos últimos meses. Me muero de ganas por saber cómo van a explicar todo este asunto a la opinión pública.

Al menos ustedes ya saben la verdad.

Semana 10: EL NIÑO QUE LE TENÍA MIEDO A LAS SOMBRAS

Había una vez un pequeño, llamado Dani, que le tenía miedo a la oscuridad. Siempre retrasaba todo lo que podía la hora de irse a dormir porque decía que veía las sombras de muchos seres horribles dando vueltas alrededor de él y su cama. Si no conseguía quedarse dormido pronto, antes de que sus padres apagasen la luz del pasillo, siempre terminaba acostado con ellos, llorando.

Aquella noche no tenía sueño.

– ¡¡Dani, a lavarte los dientes y a la cama!! – gritó mamá desde el salón.

El pequeño Dani jugaba en su dormitorio con los coches en miniatura que le habían ido regalando a lo largo de sus cuatro cumpleaños anteriores; le encantaban. Los sacaba todos, los esparcía por el suelo en distintos sitios, y había persecuciones, accidentes, paseos, carreras, conversaciones entre automóviles, saltos de cañones, loopings en pista cerrada, aventuras…

– Todavía es pronto, mamá – gritó desde su habitación.

– No es pronto, cariño. Casi es medianoche. Es hora de dormir.

– Pero no tengo sueño.

– Pues cuenta ovejitas.

De sobra sabía Dani que contar ovejitas no daba sueño. ¿Cómo podría darle sueño contar hasta 20? Eso lo hacía en menos de medio minuto. Y tampoco le gustaba demasiado la idea de tener ovejas saltando por su habitación mientras las contaba. Estaba seguro de que no se dejarían contar, se moverían mucho, y contaría a alguna más de una vez. ¿A quién puede darle sueño eso?

Pero como el pequeño Dani era un niño obediente, se puso el pijama y fue a lavarse los dientes como le había dicho mamá. Luego corrió al salón para que ella viera que había sido bueno y ver si así conseguía retrasar un poco lo de irse a la cama a dormir.

– ¿Te has frotado bien los dientes? – le preguntó ella.

– Sí, mira – le acercó la boca a la cara y le echó el aliento. El olor a fresco y a chicle de fresa mezclados la convencieron de que el pequeño había hecho lo que decía.

– Muy bien. Así me gusta. Ahora, a dormir. Mañana tenemos que levantarnos pronto si queremos ir al parque con la bici.

– ¿De verdad iremos al parque mañana?

– Claro. Papá nos va a llevar a un sitio muy bonito para pasear en bici, ya verás. Pero tienes que acostarte ya o si no, mañana, no te querrás despertar pronto.

– Pero es que no tengo sueño, mami.

– Pues cierra los ojos y piensa en las cosas que harás mañana. Ya verás cómo te duermes.

– Pero, ¿dejarás encendida la luz del pasillo?

– Está bien. Pero sólo un rato.

– Vale.

Y Dani se fue a la cama.

Dejó la puerta entreabierta, vigilando con el rabillo del ojo, bajo sus sábanas de superhéroes, que la luz del pasillo no se apagara.

Fuera, por la ventana, la noche era oscura. No había luna, pero sí algunas estrellas que temblaban a lo lejos, como cogiendo carrerilla para lanzar su luz azul lo más lejos posible.

Dani echó una ojeada rápida a su habitación apagada, con aquella línea de luz del pasillo que se colaba por la puerta entreabierta.

Había silencio. Papá y mamá leían en el salón. Siempre lo hacían antes de acostarse, un rato. Dani pensó que aprendería a leer para poder acompañarles, allí, en silencio, con la luz encendida, hasta que le diera sueño.

De repente, por la ventana, se coló una luz que proyectó una sombra sobre la pared, enfrente de la cama. Era una sombra alargada y alta, como de garra, que se movía junto con la luz, hasta desaparecer de nuevo. Dani se escondió debajo de la sábana y cerró fuerte los ojos. Al cabo de un rato volvió a abrirlos.

Alguien había apagado ya la luz del pasillo. Aquel haz luminoso que le mantenía a salvo antes de dormir ya no estaba. Por debajo de su puerta podía ver sombras moverse, acercándose, alejándose… ¿Serían sus padres yéndose a la cama o alguien que le vigilaba? Empezó a contar ovejas, pero al llegar al número seis se le habían olvidado el resto de números y seguía mirando bajo la puerta. Podía ver sombras arrastrándose por el suelo, amenazantes. Miró al cuadro de luz mortecina y fría que se colaba a través de la ventana sobre la pared frente a la cama. Allí también se asomaban sombras que se movían, bailaban, miraban a través de la ventana… Quería ir al dormitorio de sus padres. Allí seguro que no habría sombras ni monstruos.

Entonces oyó un “bzzzzzzzzz, bzzzzzzzz” a su alrededor. Notó algo pequeño pasándole cerca de la nariz, dejando sobre ella una brisa pequeñita. Intentó seguir el zumbido con la mirada y, al cabo de unos segundos, oyó un “cloc” seco. Luego volvieron unos “bzzzzz” cortos y unos “plop” suaves. “Bzzzzzzzz, bzzzzzzzzz, plop, bzzz, plop, plop, bzzzzzzzz…” Venían de la ventana. Dani se levantó y se dirigió a ella.

Ahora ya no veía sombras terroríficas. Estaba intrigado por aquel zumbido entrecortado que parecía chocar contra la ventana cerrada de su cuarto. Se acercó al cristal y observó con atención. Al cabo de unos segundos, cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a aquella luz apagada que venía de la calle y las farolas lejanas, pudo ver, sobre el cristal, una pequeña abeja regordeta, con pinta de cansada, que movía sus pequeñas alas como para darse aire, haciendo un suave “bzzzzzz, bzzzzz”…

– Vaya, – le susurró Dani – parece que quieres salir, ¿no? Tendré que abrirte antes. Las abejas no pueden atravesar cristales.

– Pero, ¿quién puede endurecer al aire y ponerlo en medio del camino, sin señalizar ni nada?

Era una voz pequeñita que venía justo del sitio en el que estaba posado el pequeño insecto amarillo y negro.

– ¿Quién ha hablado? – dijo Dani, que empezaba a asustarse de nuevo.

– ¿Cuántos más hay aquí aparte de ti y de mí? – dijo de nuevo aquella vocecita.

– Pero…, pero… ¡¡las abejas no hablan!!

– Ni el aire se pone duro, y aquí estoy, posada en él, intentando romperlo para atravesarlo. Me esperan en mi panal y llego tarde.

Dani no podía creerlo. ¡¡Tenía una abeja en su ventana que hablaba!!

– Las abejas no hablan – volvió a repetir.

– Claro que hablamos, salvo que no nos entendéis.

– ¿Y por qué yo sí?

– ¿Qué se yo? ¿Tengo pinta de saberlo? Estoy tan sorprendida como tú. Pero, ¿puedes hacer desaparecer este aire duro para que pueda seguir mi camino, por favor?

– Vaaaaale, vale. Te abriré la ventana. Espera.

– ¿La qué, dijiste?

– La ventana. No hay ningún aire duro. Se llama cristal, y es transparente.

– Sólo los humanos sois capaces de inventar algo así, tan peligroso.

– No es peligroso…, si sabes dónde está. Es verdad que a veces no se ven. En el cole, cuando limpian los cristales, de vez en cuando nos damos cabezazos contra ellos porque no los vemos y creemos que están abiertos.

– ¿Lo ves? Un invento desastroso. Por cierto, ¿qué haces despierto todavía? ¿No deberías estar ya durmiendo?

– No puedo dormir. Hay demasiadas sombras cerca.

– ¿Demasiadas sombras? ¿Qué estás diciendo?

– Sí. Las veo en la pared, debajo de la puerta, sobre la silla… ¡y me dan miedo!

– ¿Te dan miedo las sombras y no esteee…, cómo dijiste que se llamaba… ¡cristal!?

– Pero el cristal no da miedo.

– Ni las sombras. Todo lo que es sólido tiene sombra dependiendo de la luz que le dé.

– ¿Qué significa eso?

– Vaya, vaya, vaya… Así que tenemos a un humano al que le dan miedo las sombras, ¿eh? Muy bien. El panal esperará un poco más. Vamos a arreglar eso. ¿Cómo te llamas, pequeño?

– Me llamo Dani.

– Muy bien, Dani. Yo soy Nyuki y te voy a enseñar por qué no hay que tener miedo de las sombras. ¿Tienes una linterna?

– Sí. Pero papá y mamá no quieren que la use muy tarde.

– No te preocupes. No verán que la usamos. Confía en mí. ¿Has volado alguna vez?

– No.

– Bueno, espero que no te den miedo las alturas.

Nyuki se despegó del cristal, se posó sobre el hombro de Dani y le dijo:

– Coge la linterna y, cuando estés listo, te sientas en el suelo, cierras los ojos y no los abras hasta que yo te diga, ¿vale?

Dani asintió con su cabeza. Cogió la linterna de uno de los cajones de su escritorio, se sentó en el suelo y cerró los ojos.

Al cabo de unos instantes notó que una brisa suave le revolvía el pelo.

– Muy bien. Ya puedes abrir los ojos.

Cuando lo hizo, se dio cuenta de que ya no estaba en su habitación. Era de día y estaba sentado en un suelo de mimbre, igual que la cesta que usaba la abuela cuando iba a recoger setas al campo. Es más, se sentía como si estuviera dentro de esa cesta de la abuela, porque todo alrededor suya, las paredes, eran del mismo material. Miró un poco más arriba y puedo ver un globo inmenso sobre su cabeza, con una gran hoguera ardiendo debajo de él, y el cielo azul.

– ¿Dónde estamos? – le preguntó a Nyuki, que seguía posada en su hombro.

– Puedes ponerte de pie, si quieres. Estamos en un sitio seguro. No te preocupes.

Pero Dani no era todavía muy alto, así que las paredes de aquella cesta gigante eran más altas que él. Miró alrededor y pudo ver que había algunos agujeros abiertos en la canasta. Se acercó a uno de ellos y miró fuera…

– ¿¡Estamos volando!?

– Eso es. Los humanos no tenéis alas, un fallo de diseño por vuestra parte, pero habéis inventado cosas para poder volar. Esto es un globo, y es silencioso y muy seguro.

Dani se dio cuenta de que aquello no le daba miedo. Al contrario, le gustaba.

– Muy bien – dijo la abeja – ahora fíjate bien en todo lo que ves abajo. Árboles, postes de la luz, pájaros… ¿verdad?

– Sí.

– ¿Ves sus sombras debajo de ellos?

– De los pájaros no.

– Claro, los pájaros están muy lejos y son pequeños, por eso no ves sus sombras, aunque sí la tengan. Los árboles, sin embargo, son más grandes y puedes ver su sombra, aunque sea pequeñita. Todo es cuestión de distancia y de tamaño. Ahora tira de aquella cuerda que ves allí, detrás de ti.

Dani cogió la cuerda, tiró, y el globo empezó a descender lentamente con un “psssssssssssss” que salía de arriba del todo.

– Ahora vas a ver cómo las sombras irán agrandándose conforme nos vamos acercando a los árboles. Vamos a aterrizar y te enseñaré algo más.

Cuando el globo se hubo posado sobre el suelo, Dani usó una escalera que había apoyada sobre una de las paredes de la cesta y saltó a tierra.

Estaban en un valle verde, lleno de árboles que se mecían suavemente con el viento. Alrededor había pájaros que revoloteaban alegres por todas partes, un riachuelo con agua transparente y una pequeña cueva bajo una pequeña montaña.

– Observa a tu alrededor, Dani. Todo tiene sombra. Si hace aire, las sombras de los árboles se moverán igual que se mueve la tuya si vas de un lado a otro, siguiéndote. Si miras al suelo, verás muchas hormigas. No ves sus sombras porque las tapan las hierbas que tienen sobre ellas, pero si alumbras a alguna con tu linterna, verás su pequeña silueta en el suelo.

Dani sacó la linterna del bolsillo del pantalón de su pijama y la apuntó sobre una de las hormigas que vio en el suelo. Allí estaba, una pequeña sombra apareció debajo del insecto que, por un momento se quedó paralizado hasta que…

– Oye, – gritó, enfadado – ¿quieres apartar esa luz de mí? ¡Hace un calor insoportable!

– ¡Perdón, amigo! Sólo ha sido una pequeña prueba – respondió Nyuki desde el hombro del pequeño.

Dani apagó de inmediato la linterna y se puso en pie.

– ¿También hablan las hormigas?

– Claro. Todos los seres vivos hablan…, a su manera. Sólo que vuestros oídos no están preparados para oírlos.

– Pero yo os oigo ahora.

– Esta noche es especial. Cuando pase, probablemente dejes de oírnos, así que espero que lo recuerdes, al menos.

– Vale.

– Ahora te enseñaré lo último que quiero que veas por hoy. Vamos a aquella cueva.

Cuando entraron estaba fresco y oscuro. Apenas podían ver más allá de la entrada, pero dentro se oía como si alguien se hubiese dejado un grifo goteando.

– ¿Ves? Cuando no hay nada de luz, no hay sombras. Ahora enciende la linterna de nuevo.

Dani encendió la linterna. Estaban en una cueva amplia, alta, como una bóveda. Había estalactitas y estalagmitas por todas partes, y el suelo estaba húmedo, pero era liso.

– Observa lo que ocurre si apuntas la luz de la linterna hacia cualquier sitio. Por ejemplo, ¿ves aquella aguja de piedra que sale del suelo? Alumbra hacia allí y mira la sombra.

Cuando la luz de la linterna chocó contra la estalagmita, apareció una sombra inmensa contra el techo abovedado de la cueva, moviéndose conforme Dani movía la luz de su mano.

– ¿Ves lo grande que es? Sólo es así porque la luz que la ilumina está lejos y amplia su sombra. Vamos acercándonos poco a poco, verás cómo va haciéndose cada vez más pequeña.

Conforme andaban hacia la roca que salía del suelo la sombra empezó a reducirse. Cuando llegaron a su lado Dani pudo comprobar que aquella aguja de piedra que tan grande parecía por su sombra, no le llegaba más que a la cintura.

– Ahora vamos a divertirnos un poco. Aléjate un poco. Voy a posarme justo encima de esa piedra. Cuando yo te diga, apunta la luz de la linterna hacia donde esté yo, ¿de acuerdo?

– Vale.

Nyuki voló hasta el pico de la roca, dio la señal a Dani y este apuntó la luz de la linterna hacia donde estaba la abeja.

– Obseeeeerva lo inmensa que soy – dijo Nyuki intentando poner voz de monstruo terrorífico.

En el techo de la cueva una inmensa sombra de abeja se proyectaba sobre todas las estalactitas. Se podían distinguir sus patitas diminutas como enormes patas peludas, sus antenas finitas como gigantescas extremidades que se movían a un lado y a otro…, todo era inmenso.

– Ahora, deja la linterna en el suelo y acércate aquí.

Dani hizo lo que le decían y enseguida fue su sombra la que se hizo gigantesca.

– ¡¡Ualaaaa!! Soy un gigante.

Nyuki salió volando y empezó a pasar por delante de la linterna, como si huyera.

– ¡¡Un gigante me persigue, qué horror. Socorroo!! – gritaba poniendo voz de asustada.

Dani agitaba sus brazos mirando su sombra gigantesca sobre la pared…

– No te escaparás de mí, maldito monstruo – decía mientras hacía como si tratase de atrapar a la abeja gigante que volaba ante él y se reía…

La abeja sobrevoló por encima de la linterna y, con sus pequeñas patitas, hizo que se balanceara un poco. Las sombras empezaron a bailotear en las paredes de la cueva…

– ¡¡¡Terremotoooooo…!!! Huyamos de aquí – gritó. Y siguieron jugando con sus sombras durante un buen rato…

– Muy bien, – dijo entonces Nyuki – creo que es hora de volver. No queremos que papá y mamá se preocupen, ¿verdad?

– No.

Salieron de la cueva. Fuera seguía siendo de día. El sol brillaba en un cielo azul limpio y sin nubes. Corría una brisa fresca y agradable que hacía que las hierbas se agitasen suavemente. Dani empezó a distinguir sus sombras, e incluso pudo ver alguna fugaz de algún pájaro que revoloteaba por allí.

Ambos subieron de nuevo al globo y este empezó a elevarse. Su sombra se iba haciendo más y más grande conforme iba subiendo, hasta que desapareció mientras se iban haciendo pequeñitos los árboles y todo lo que quedaba abajo.

Dani guardó su linterna en el bolsillo del pantalón del pijama, se sentó en el suelo de la canasta del globo y pensó en todo lo que le había enseñado su amiga Nyuki.

– Ahora tienes que cerrar los ojos para volver a casa. Ya sabes que las sombras no son más que proyecciones de algo que se pone delante de una luz. Que sea grande o pequeña depende de las distancias. Pero recuerda, una sombra jamás, jamás, podrá hacerte daño.

Dani cerró sus ojos mientras escuchaba las palabras de la abeja. Al cabo de unos instantes dejó de oír el siseo suave del aire del globo y notó que estaba sentado en algo más duro. Una leve brisa y un pequeño “bzzzzzzzz” le pasaron por delante de la nariz. Abrió los ojos.

De nuevo estaba en su habitación, y seguía siendo de noche. Alrededor había sombras, pero ya no le daban miedo. Buscó a Nyuki por la habitación y vio a la pequeña abeja posada sobre el cristal de la ventana. Se acercó.

– Estás aquí. Tendrás que irte rápido, porque vas a llegar tardísimo al panal.

La pequeña abeja soltó un par de “bzzzz, bzzzzzz” con sus alitas y se mantuvo quieta y en silencio.

– Vale. Yo sé que puedes hablar, pero a lo mejor ya no puedo escucharte. Ojalá podamos jugar de nuevo algún día. Me ha gustado mucho conocerte.

Abrió la ventana. La abeja dudó un poco, pero, al final, alzó el vuelo y salió afuera rumbo a su destino. Dani la siguió con la mirada. Antes de alejarse del todo, vio que daba la vuelta, volvía hacia la habitación, le daba un par de pasadas por encima de su cabeza y se posaba un momento en su hombro. Escuchó un susurro:

– Seguiremos hablando en tus sueños, pequeño gran Dani. Se bueno.

…y se marchó. En ese momento, un coche pasaba por la calle frente a su casa e iluminaba unos segundos un pequeño árbol que había plantado en la acera mientras pasaba cerca de él. Dani miró la pared de su cuarto y vio una sombra que se movía, con forma de garra inmensa. Echó de nuevo un vistazo al pequeño árbol, sonrió, cerró la ventana y se fue a la cama.

A la mañana siguiente mamá fue a despertarlo temprano.

– ¡¡Buenos días, dormilón!! ¿Cómo has dormido?

– Muy bien, mamá.

– ¿Listo para las bicis?

– ¡¡¡Sííííííí…!!!

Se encontraba extrañamente descansado. Se levantó rápidamente y se dirigió al baño.

– ¿Por qué llevas la linterna en el bolsillo del pantalón?

No se había dado cuenta, pero seguía llevándola encima tras su aventura con su amiga la abeja.

– Me quedé dormido con ella – improvisó.

Después de lavarse, vestirse, preparar las cosas y desayunar, estaba listo para pasar un día de excursión con papá y mamá. Pero antes de salir se acordó de algo:

– Un momento – dijo. Y volvió a su cuarto.

Cogió una hoja de papel y escribió en letras grandes:

“¡ATENCIÓN, ABEJAS. AIRE DURO. PELIGRO. NO INTENTAR ATRAVESAR!”

…lo pegó en el cristal y salió de nuevo. Ninguna abeja volvería a chocarse contra su ventana.

Semana 9: HUMANIDAD

– ¿Lo recuerdas? Todo esto era ciudad. Hasta donde alcanza la vista se levantaban edificios soberbios, calles abarrotadas, comercios… El asfalto lo ordenaba todo y lo ponía en su sitio; te llevaba donde querías, unía puntos distantes con la sencillez con la que corre el aire por entre los árboles de un bosque. Y los automóviles, siempre con su rugir acompasado, marcaban el ritmo del tiempo.

» Ahora sólo quedan ruinas, y la naturaleza está invadiéndolo todo. Pero es una naturaleza sucia, desordenada, sin brillo. Los insectos y los roedores campan a sus anchas por todas partes. En cualquier rincón hay ratas, cucarachas, moscas, mosquitos…

– ¿Echas de menos aquellos días?

– ¿Cuando había gente? ¿Cuando se vivía amontonados en rascacielos y se huía en vacaciones a lugares al aire libre para evitar que la polución jodiera los pulmones de forma definitiva? Sí, los echo de menos.

» Y también echo de menos el ruido de los camiones atravesando la ciudad, el chirrido agudo de sus frenos, el olor a motor de combustión, a gasolina quemada, el bramido de las motos acelerando… Ahora todo es tan silencioso. Apenas un zumbido apagado cuando los tráileres eléctricos llegan a repartir las mercancías. Ya casi no hay automóviles…, porque tampoco hay gente.

– Ni polución. Eso hemos ganado.

– ¿Qué importa ya? No hay nadie a quien pudiese afectarle ahora. Hace años que consiguieron lo que querían: dominarnos y que aceptásemos, sumisos.

»¿Cuánto tiempo hace que no oyes reír a un niño, o llorar? Primero fueron los pedagogos y sus teorías sobre la fragilidad de la infancia y la necesidad de tratar a los niños como si fueran de cristal; luego cambiaron los parques de tierra por esos engendros de suelos acolchados y juegos de colorines prefabricados, cada vez más pequeños y vallados. Más tarde, restaurantes y hoteles libres de infantes, mascotas por todas partes, humanización de los animales… Los pocos niños que llegaban a adultos, habían crecido frágiles, con eslóganes de calendario y frases coloreadas para ocultar su vacuidad, moldeables…

– ¿Qué ocurrirá ahora con los niños?

– Bueno, hace décadas que sólo nacen los que ellos quieren, los que necesitan. Trabajaron por liberar a la mujer, decían, para luego volver a esclavizarla. Ahora, sólo unas pocas pueden tener hijos. Ellos las eligen. Les arrancaron el instinto maternal y ahora sus hijos son para ellos; ellos los educan, les enseñan lo que necesitan que sepan, y los utilizan. Por eso no hay niños en la ciudad; por eso las ciudades se mueren, poco a poco, de tristeza.

– ¿Has vuelto a pasear por la ciudad?

– La última vez que lo hice fue hace meses. No pude soportarlo. El silencio es atronador, lastima los oídos. Te cruzas con gente a la que miras a los ojos, pero no ves nada detrás de su mirada. Y ni siquiera sabes si la sonrisa que muestran a través de sus mascarillas transparentes es suya o una maldita programación de software. Ya nadie habla con los tenderos; con los pocos que quedan. Ni siquiera los taxistas hablan contigo. ¿Te acuerdas? Siempre tenían una frase que decir, una conversación que desgranar, un chiste que contar… Me pregunto si alguien recuerda ahora, al menos, un chiste.

– Demasiados virus en el ambiente. La gente tiene miedo.

– A la gente le han inoculado el miedo. ¿Cuántas pandemias hemos soportado en los últimos cincuenta años? ¿Cuánta gente ha muerto? ¿Cuántas vacunas y aparatos de seguimiento nos han injertado? ¿Cuántos chips pueden circular por el torrente sanguíneo de alguien normal sin que le afecte al cerebro?

– Pero ahora vivimos más.

– ¿Y de qué nos sirve? ¿En qué consumes el tiempo de más que puedes vivir? No hay nada que hacer. No hay familia a la que visitar, no hay lugares a los que viajar, ni teatros a los que acudir. Sólo existes para producir, y cuando ya no produces, te desenchufan y se acabó. Es cierto, no hay dolor, pero ¿cómo distingues lo dulce si no conoces cómo sabe lo amargo? ¿Cómo disfrutas del arcoíris si antes no llueve?

– Al menos aquí estamos a salvo. Elena nos trata como a personas.

Cogió una pieza imantada de la silla en la que estaba sentado y la puso delante de su mascarilla.

– Elena no va a volver. Ayer encontré una nota en el bolsillo de su uniforme. Creo que quería que la encontrase.

– ¿Qué decía?

– No sé cómo lo habrá averiguado antes que ellos, ni cómo lo ha conseguido sin que se enteren. Es una chica lista. Espero que sabrá ocultarse y mantenerse a salvo. Dicen que aún hay sitios donde la gente es libre; donde hay seres humanos de verdad.

– ¿Se ha marchado? ¿Ha huido? Pero, van a ir a por ella.

– Conoce cómo funcionan. Ha trabajado muchos años para ellos. Sabe cómo piensan, cómo actúan. Sabrá defenderse. Sólo espero que no vaya sola. No en su estado.

– ¿Qué decía la nota?

– Decía que tenía que huir. Que estaba embarazada. No querrá darles a su hijo. ¡Pobre chiquilla! Ni siquiera sé cómo lo habrá conseguido ni cómo lo ha mantenido oculto para ellos, pero en cuanto lo sepan, la buscarán.

– Se volverán locos.

Alguien entró, de repente, en la estancia, abriendo la puerta de un empujón.

– ¿Quiénes se volverán locos?

– Cosas nuestras – respondió mientras volvía a colocar la pieza bajo la silla.

– Está bien, caballeretes. Hoy seré yo quien esté con ustedes. Elena no ha podido venir. Parece que tenía algunos asuntos que resolver.

– ¿Algo grave?

– No lo creo. Habrían saltado sus alarmas biológicas. Me pareció haber oído algo sobre una mudanza. Mañana nos enteraremos mejor. Ahora, si no estoy viendo mal, ustedes ya tienen las baterías recargadas completamente. Deberían levantarse de esos asientos si no quieren sobrecargarse. No queremos que sus chips de salud y sus placas de seguimiento biológico se estropeen, ¿verdad?

– Por supuesto que no. Ya estamos listos para volver a lo nuestro.

– Así me gusta. Con positividad. ¡¡Vaya, parece que se ha desprendido una pieza de una de las sillas!! Mandaré a repararla.

– Perfecto. Le seguimos. Vamos adentro.

Semana 8: PERSONAJES

Algunos ya viven en el lugar que les corresponde. Islas, ciudades, pueblos, platós de televisión, mansiones, trenes, bosques, casas prefabricadas, cuevas…, pero, ¿dónde andarán los demás? Los que no tienen una historia en la que desenvolverse. Los que nacieron un día merced a un arrebato, o a un sueño, o a un experimento, pero no han sido enviados a ningún sitio concreto, todavía.

¿Y esos que han sido olvidados? Esos que fueron imaginados un día, un instante, por casualidad, pero sólo fueron un relámpago creativo; algo que de repente restalla y desaparece. ¿Qué será de ellos?

Me los imagino vagando, solitarios, en silencio, cabizbajos, por lugares lúgubres, sin vida, sin paisaje… Deteniéndose en cada parada de autobús que se encuentren a su paso, comprobando hacia dónde se dirigen. Esperando, sentados, junto a otros desconocidos, a que llegue. Y descubriendo, resignados, que nunca es el suyo. Que deben seguir caminando sin rumbo fijo, a la espera de una dirección creada para ellos.

Mis personajes.

¿Qué pensarán de mí aquellos a los que hace años tenía siempre presentes y a los que, de un día para otro, he dejado de lado? Esos que fueron como mi conciencia, mi confesor, mi Pepito Grillo, mi consejero, mi paño de lágrimas…, mi amigo.

¿Qué andarán haciendo?

¿Qué será de mi Billybug (Bill Buganvilla), que iba a descubrir la magia que había en la isla Lula; y dónde estarán la tía Lula y Sallie la salamandra, que tendrían que ayudarle a recuperar los poderes de las hadas?

¿Qué será de mis Pablo y Tana, dispuestos a averiguar de qué pasta estaba hecho el Hombre del Saco; o qué estará pasando con mis Ron y Ted, perdidos en una excursión, de noche, en medio de un bosque misterioso y terrorífico?

¿Qué será de mis Howie, James y mi señor Lirb, contadores de historias de terror en una cueva? ¿Por dónde vagarán mis Isaac, Verónica y el tío Marins, que iban a tener unas vacaciones horrorosas por culpa de unas gafas para la nieve y la tienda de un viejo extraño?

¿Qué será de mi Ganímedes, el gato de aquella señora mayor sin nombre que ve cómo un extraño vagón correo queda parado sobre las vías frente a su casa, una noche oscura, fría y silenciosa?

¿Qué será de mi Gildor, el enano valeroso; o de mis Sariomar y Ammawel, destinados a vivir la mayor historia de amor jamás contada?

¿Qué será de mi Coronel, que partía en busca de un pueblo llamado Redención, al que sólo pueden entrar, aunque él no lo sabe, los muertos, y del que nadie sale jamás…?

¿Qué será de todos ellos y de los demás?

Tendría que crear alguna línea de autobús para que vengan a verme, y que me cuenten qué andan haciendo mientras yo no les llamo.

O tal vez, porque aquí no cabrían todos, podría imaginar para ellos una bonita sala de espera. Sí, eso es. Una «sala de espera de personajes». Un lugar donde puedan estar mientras no les llega su historia; mientras no se la ofrezca.

Será una sala inmensa, amplia, con todo lo que necesiten y en la que puedan estar cómodos mientras no tenga un relato para ellos. Allí podrán estar todo el tiempo que haga falta y si, por alguna razón, mi memoria deja de evocarlos, puedo darles permiso para que permanezcan allí siempre; no tendrán que vagar por lugares sin sombras ni siluetas.

O quizás mejor pueda escribirles una especie de jardín del Edén, para que escojan ellos mismos el sitio donde quieran esperar. Podrán elegir cuevas, valles, montañas, ciudades, bosques, ríos mares, cabañas, edificios… todo lo que sea que necesiten.

Y prometo ir a visitarlos de vez en cuando, sólo para asegurarme de que siguen bien.

Dejaré, de todas formas, les pediré, que hagan ellos lo mismo. En cualquier momento, sin importar la hora. Si duermo, los soñaré. Si estoy despierto, quizás pueda apartar un rato el ruido monótono de la realidad para concentrarme, aunque sea mínimamente, en ellos.

Me aseguraré de que estén todos y, si falta alguno, iré a buscarlo para traerlo.

A partir de hoy mis personajes no andarán perdidos por cualquier páramo de mi cabeza; tendrán un lugar en el que refugiarse del olvido. Un edén vagamente imaginado. Desde allí espero su visita mientras ellos esperan la mía. Vamos a ello:

«Edén era el lugar. Allí convivían todos esos personajes a los que no se les había asignado aún una historia. Un lugar donde no había sombras ocultas, ni miedos nocturnos. La luna brillaba siempre rodeada de estrellas; el sol iluminaba los campos dorándolos cálidamente; la lluvia era fresca y suave como un beso de buenos días; el mar susurraba historias que rodaban desde la lejanía hasta la playa, flotando sobre las olas que las depositaban convertidas en espuma sobre la arena; los ríos corrían caudalosos, límpidos, con pececillos que saltaban y jugueteaban entre las rocas; había árboles de mil colores que silbaban melodías, mecidos por el viento, y pájaros que ponían acordes a esas melodías…

Y las ciudades…, eran prósperas, tranquilas, sin contaminación ni peligros. Todo el mundo tenía un lugar donde dormir y qué comer…

Edén era el lugar donde cualquier personaje era bienvenido, no importaba su raza, su procedencia o el origen de su creación. Allí todos esperaban, tranquilos, a su historia; y había una gran fiesta cada vez que alguno de sus habitantes marchaba, por fin, a su aventura.

Eso era Edén, el refugio de todos los personajes perdidos u olvidados. Un lugar alimentado de sueños y protegido del mal por la diosa Aglaya, la que brilla, la esplendorosa, la resplandeciente… Ella es la que se encarga de dar la bienvenida a todos los que llegan nuevos, y la que los guía hasta el principio de su historia cuando esta se escribe.

Bienvenidos todos a Edén, esta es vuestra casa… hasta que llegue la definitiva.»

¡¡Cómo me gustaría poder ir de vacaciones allí, algún día!!

Semana 7: EL HOMBRE QUE ESCRIBIÓ SU EPITAFIO SOBRE UNA MANZANA.

Dedicado a Tappy,
que tuvo la primera idea.

Recordaba la primera vez, muchos años atrás. Él empezaba su trabajo en la casa de socorro del pueblo, así la llamaban allí, y había estado presentándose a todos y cada uno de los pacientes que le fueron a visitar aquel día. Mucha gente mayor con dolores de huesos, catarros, cansancio general…, pero, sobre todo, personas con ganas de contar cosas y que les escuchasen.

No tenía la sensación de que allí fuese a tener demasiados problemas.

Al final del primer día, la auxiliar entró con una cajita en la mano.

– Lo han traído para usted – le dijo.

– ¿Quién?

– Lo ha traído el cartero, pero no tiene remitente. Sólo dice «para el doctor».

– Pues vamos a ver qué puede ser.

Abrió la caja, del tamaño de un cubo de Rubik, y sacó su contenido, dejándolo sobre la mesa.

– ¿Una manzana? -preguntó la auxiliar.

– Eso parece.

Estaba perfectamente envuelta en una redecilla de espuma y, debajo de ella, una nota: «una manzana al día mantendrá al doctor lejos de tu vida».

– ¿De verdad no sabemos quién la envía? – preguntó el doctor, extrañado.

– Pues no. El cartero sólo vino a dejarla y no ha dicho nada más.

Metió la manzana en uno de los cajones de su mesa y se dispuso a cerrar la consulta.

– Supongo que lo averiguaremos tarde o temprano.

Al día siguiente, al entrar en aquella habitación, el olor de la fruta se había apoderado de toda la estancia. Era un olor dulce, fresco. Abrió el cajón, y allí estaba, aún tersa, brillante. «¿Quién va a querer envenenar a un médico con una manzana? Las madrastras ya no hacen esas cosas…, ¿no?», pensó mientras le daba un mordisco. La manzana crujió mientras sus dientes iban clavándose sobre ella, liberando un riquísimo líquido que chorreaba por la comisura de sus labios. «Está muy dulce. ¿Quién habrá sido?»

Cuando llegó la auxiliar, la consulta seguía oliendo a fruta fresca.

– Me la he comido – le dijo, antes de que ella pudiese articular palabra – Olía tan bien esta mañana cuando he entrado, que no he podido resistirme.

– Y sigue oliendo muy bien – contestó ella.

– ¿Hay muchas fruterías en este pueblo? El resto de la fruta debe ser espectacular si las manzanas son así de dulces.

– Pues hay bastantes. Tenga en cuenta que aquí, la mayoría, se dedica a la agricultura: frutas, hortalizas, verduras…, lo que se pueda en cada época.

– En fin, habrá que trabajar un poco. Vamos a ver qué tenemos hoy…

Y abrió la consulta, como cada día.

Poco a poco fue conociendo a la gente del pueblo conforme iban pasando por allí, pero el misterio de la manzana no hacía más que acrecentarse, porque cada día, casi al finalizar la hora en la que veía a los enfermos, llegaba el cartero con la cajita de cartón y la manzana envuelta en su redecilla de espuma, con aquella nota: «una manzana al día mantendrá al doctor lejos de tu vida».

Después de muchos años, cada día, el cartero pasaba por allí y hacía la misma entrega. Nunca supo decir quién era el remitente de aquella cajita. «La dejan allí, en la oficina de Correos, con ese cartelito que dice “para el doctor”, y nosotros, ¿qué vamos a hacer? ¡Pues entregársela a usted! Esto es un pueblo pequeño, y nos da lo mismo hacer una entrega sin sello ni nada, sobre todo si es para el doctor, que se encarga de mantenernos saludables. ¿Y si esa manzana le está manteniendo a usted sano?» Nunca lo había pensado así. Aunque sí tenía claro que aquellas manzanas eran las más dulces y jugosas que había probado en su vida.

Pero un año, de repente, el tiempo cambió. Comenzó a hacer frío y a llover como nunca antes. Hubo riadas que inundaron las calles del pueblo y las cosechas quedaron anegadas en barro; apenas se pudo salvar algo. Aquello fue una catástrofe. Muchos ancianos murieron de tristeza al ver sus campos destrozados y sus cosechas malogradas. Durante más de tres meses sólo hubo barro en las calles y silencio en las casas. El doctor se unió a la gente del pueblo para limpiarlo todo, cada mañana, achicando y eliminando lodo de todos los rincones.

Fueron días duros. Apenas pudo abrir la consulta, así que atendía a la gente allí donde se cruzaba con ellos: un banco, en la puerta de su casa, apoyados en un coche, en mitad de la calle… Por supuesto, los carteros tampoco podían hacer su trabajo con normalidad. Las entregas se demoraban o, simplemente, no se hacían porque no había nada que entregar.

Al cabo de varias semanas, el pueblo estaba limpio, como si nada hubiese ocurrido. Nada, salvo porque los campos estaban desiertos y las cosechas habían desaparecido bajo un manto de fango.

Una semana con la consulta abierta, y seguían viniendo los mismos vecinos a por recetas, a por la vacuna de la gripe… Pero ya no había manzanas. Llevaba varios meses sin recibir aquella fruta fresca y sabrosa que cada día, desde hacía años, había estado trayéndole el cartero.

– Doctor, debería ir al cementerio – le dijo un día la auxiliar mientras cerraban la consulta. Ella solía visitarlo a menudo, porque casi toda su familia estaba allí. Además, conocía a la mayor parte de la gente del pueblo y le gustaba ir a mostrar sus respetos a todos aquellos habitantes silenciosos de vez en cuando.

– ¿Por qué?

– Tal vez lo sepa cuando esté allí.

Aquellas palabras misteriosas despertaron su curiosidad, así que, en lugar de irse a casa, decidió pasar antes por el camposanto; un lugar silencioso, tranquilo, pequeño, donde los dos cipreses que se levantaban en la puerta vigilaban, enhiestos, como dos guardas suizos, el descanso eterno de todos los que allí estaban.

Caminó a lo largo de la avenida principal, observando las lápidas en silencio. Apenas podían oírse allí a algunos pájaros jugueteando entre las ramas de los árboles, o en el suelo, picoteando cualquier cosa que pudiese ser comestible. Pero entonces, un nicho llamó su atención. Estaba en medio de otros muchos, pero el mármol que se había puesto sobre aquel hueco de la pared tenía forma de manzana. Se acercó.

Alrededor había flores frescas, y la placa parecía relativamente nueva. Miró las fechas impresas. Efectivamente, aquel hombre había muerto una semana antes. Entonces leyó la inscripción: «Herminio Quain Preto. Frutero.» Y debajo de las fechas de su nacimiento y su defunción, un epitafio: «Una manzana al día mantendrá al doctor lejos de tu vida».

No recordaba haber atendido nunca, en todos los años que llevaba allí, a ningún Herminio. Ni siquiera por una gripe. Resolvió que era aquella persona quien le mandaba las manzanas cada día a la consulta. Averiguó dónde vivía y decidió hacer una visita a quien viviese en su casa en esos momentos.

Cuando llegó, al ir a llamar a la puerta, se dio cuenta de que estaba abierta, algo normal en aquel pueblo: las puertas solían estar abiertas, como invitando a pasar a cualquiera que llegase con buenas intenciones.

Dio un par de golpes con los nudillos en el marco de madera.

– ¿Hola? – dijo desde fuera, alzando un poco la voz.

– Pase, pase. Estoy aquí dentro, en el salón.

Una señora delgada, vestida de negro, con un gran moño en la cabeza, se balanceaba suavemente sobre una mecedora de madera que crujía levemente con cada movimiento. La tele estaba puesta, pero aquella mujer no parecía estar prestándole atención. Giró la cabeza para ver quién la visitaba.

– ¡Doctor! ¿Qué le trae a usted por aquí?

– ¿Es usted la esposa de Herminio? Herminio, el frutero.

– Sí, claro. ¿Qué se le ofrece?

La señora aparentaba paz. Una paz sosegada que le otorgaba a su voz un tono lejano y, a la vez, suave y agradable al oído; como de sinfonía.

– En primer lugar, querría expresarle mis condolencias. Hoy he visto que Herminio murió hace poco, y nunca, desde que estoy aquí, lo vi por la consulta.

– Herminio era un hombre sano y fuerte…

-…y generoso. Eso era lo siguiente que quería hacer: agradecerle, al menos a usted, todas esas manzanas diarias. Nunca supe quién las enviaba, y nadie quiso decirme nada si es que alguien lo sabía. Mi auxiliar ha sido quien me ha puesto sobre la pista a través de su lápida.

– Sí, las manzanas. Él decía que si se las enviaba al doctor, jamás tendría problemas de salud; ellas le mantendrían alejado a usted de él.

– Pero, entonces, ¿él no comía manzanas?

– Sí, le encantaban; pero para él era más importante enviárselas a usted.  Claro que después vino lo de las inundaciones, ya sabe…, estuvo quitando barro con nosotros aquí delante de casa hace poco…

Era cierto. Lo recordó de repente. Dos o tres semanas antes había estado justo delante de Herminio y su mujer, limpiando aquella calle.

– Siento no haberlo sabido antes. Tal vez podría haber hecho algo.

– No se preocupe, doctor. Nosotros ya somos muy mayores. Tarde o temprano el cuerpo se apaga, ¿y qué le vamos a hacer? No hay manzanas para un cuerpo ajado.

– Me hubiera gustado agradecerle personalmente esa fruta riquísima de todos estos años.

– ¿Quiere ver la última manzana que Herminio preparó para enviarle antes de las inundaciones? Como empezó a ponerse pachucha y a arrugarse, porque con la lluvia no se la pudo enviar, tiró el papel con aquella nota de siempre, y escribió con rotulador sobre ella: «semanas sin manzana ni doctor te llevarán de cabeza al cajón».

La señora le dio la fruta al doctor. Estaba arrugada y casi seca, con aquellas palabras escritas en trazos temblorosos, alrededor, sobre la cáscara. Y a pesar de la apariencia desgastada, aquella pieza de fruta seguía oliendo dulce y fresca.

– Así era Herminio, doctor. Escribió su epitafio cada día en las manzanas que le mandaba a usted y, antes de irse, escribió mi epitafio en esta. Por supuesto, ya he dejado encargado que a nadie se le ocurra poner tal frase en mi lápida. ¡Qué horror! Sólo espero, doctor que, sabiendo lo que sabe ahora sobre las manzanas de Herminio, entienda que yo prefiera no volver a mandárselas. ¡Le echo mucho de menos!

Semana 6: ¿METAMORFOSIS?

Cuando Gregorio Sánchez se despertó de la siesta después de un sueño intranquilo, se encontró con una luz intensa que le impedía abrir los ojos del todo. Intentó cubrirse la cara con su brazo, pero descubrió que tampoco podía moverse.

Aún estaba apenas despertándose, así que achacó a ese estado la falta de fuerzas. Por otro lado, la brillante luz que le golpeaba el rostro le impedía ver a su alrededor con nitidez. No conseguía enfocar los objetos que le rodeaban, sólo intuir siluetas y sombras. Distinguía sobre sí un techo colorido, borroso, y esa luz cegadora, como de foco.

Su cerebro tampoco estaba a pleno rendimiento, así que menos aún recordaba dónde se encontraba. Estaba seguro de estar tumbado, o esa sensación tenía, sobre su espalda. Movió la cabeza a ambos lados para asegurarse de que aún estaba en su sitio y de que podía dominarla. Luego la elevó un poco para tratar de ver su cuerpo y comprobar que todo lo demás se mantuviera tal y como siempre había estado.

Seguía viéndolo todo como cubierto por una gasa blanca que flotara en el aire, pero sí creyó distinguir algo que hizo que se le acelerasen las pulsaciones y que su organismo generara dopamina como para ahogarse en ella.

Intentó recordarse a sí mismo en su día a día. Su escasez de pelo, su incipiente barriga de cincuentón acomodado, su torso alfredolandiano, su gusto irrenunciable por las mujeres, el amor por la suya propia y sus tres hijas, sus cervezas en el bar con los amigos, su pasión por el baloncesto a pesar de su corta estatura…; seguía siendo él, al menos en su cabeza.

Pero, ¿qué había pasado durante la siesta? Porque aquello era claramente una siesta. Sentía en su rostro el aire caliente y líquido de la media tarde, lamiendo su cara, pero, a la vez, estaba extrañamente fresco.

Cerró los ojos para tratar de despertarse del todo; hacer que su cerebro comenzase a arrancar la maquinaria. Necesitaba volver a la realidad lo antes posible; salir de aquel extraño duermevela que no le dejaba moverse. Pero quiso asegurarse de que había visto lo que creía haber visto, así que entreabrió los ojos lo suficiente como para que aquella luz no le cegase la visión, pero sí poder distinguir, al menos, siluetas borrosas; y volvió a levantar un poco la cabeza de la superficie dura donde la tenía apoyada.

No había duda. Aún lo veía todo borroso, pero estaba seguro de haber visto aquello: dos pechos enhiestos de mujer habían aparecido donde antes había unos pectorales rollizos y blandos de hombre.

¿Qué había pasado durante la siesta? ¿Cómo había ocurrido aquello? Estaba claro que podía ser un sueño del que no había salido todavía, pero, ¿por qué podía oír conversaciones alrededor si ponía algo de atención? ¿Por qué sentía la temperatura del lugar, aunque sólo fuese en la cara?

Intentó mover las manos y sintió que sus dedos respondían con algo de esfuerzo, pero empezaba a notar su propio cuerpo.

«Al menos he perdido la barriga» pensó intentando darle un poco de humor a aquella situación que le tenía la imaginación dando vueltas a muchísimas revoluciones; tantas que se sentía mareado.

¿Qué pasaría con su mujer, con sus hijas? ¿Cómo podría presentarse ante ellas? Es más, ¿le reconocerían? Porque, le había cambiado el cuerpo, pero, ¿y la cara? ¿Se habría convertido en una mujer calva? Porque no notaba nada distinto en su cabeza. Sentía el aire como siempre, resbalando por su cráneo como desde hacía años.

¿Qué ocurriría ahora con su vida? ¿Cómo se presentaría de nuevo en su trabajo, ante sus amigos? ¿Cómo lo explicaría todo?

«¿Y si he querido operarme?», pensó. «Esta luz tan intensa en la cara podría ser el foco del quirófano, y la anestesia es lo que hace que no pueda moverme aún y siga atontado, sin poder pensar con claridad.»

Pero no recordaba haber querido operarse jamás. Estaba cómodo con su cuerpo, con sus kilos, con su pecho peludo… Entonces, ¿cómo había llegado a aquella situación?

Sentía que su cerebro iba despertando y cada vez distinguía más voces alrededor. Oía a su mujer, a su cuñado, a sus hijas algo más lejos… Estaba rodeado de su familia, pendientes de cómo había resultado aquello…, eso pensaba en su interior.

Logró mover un poco la cintura y notó algo de fresco rozándole el vientre. Tosió un poco y pensó que tampoco la voz le había cambiado. ¿Qué chapuza era aquella? Ni siquiera habían hecho bien el trabajo.

– Se está despertando -oyó Gregorio a su lado. Abrió un poco el ojo derecho, pero seguía sin poder ver con claridad, tanta luz de frente…

– Gregorio, estás preciosa – dijo otra voz. Era su mujer. La oía cerca, a su lado.

Y entonces, de repente, su cerebro arrancó y se puso a funcionar de golpe. Abrió los ojos y volvió a levantar un poco la cabeza para mirarse. La luz del sol le cegó unos instantes, pero pudo contemplar aquel cuerpo que tenía bajo su cuello. Efectivamente, ante él pudo intuir dos hermosos pechos, redondeados, firmes, que alguien había tenido la delicadeza de tapar con una pieza de bikini; y, algo más abajo, su barriga había dejado lugar a un vientre plano, de curvas suaves y sinuosas. No cabía duda: aquel cuerpo era de mujer. Y estaba muy bien hecho.

Gregorio apoyó de nuevo la cabeza en la superficie, cerró los ojos y…

 – ¡¡Qué hijos de…!! – exclamó. Entonces pudo ver, como en una pantalla de cine, el tráiler de aquel día.

Recordó cómo se preparaba, por la mañana, muy temprano, para salir. También estaban su mujer y sus hijas, visiblemente nerviosas. Luego imágenes de todos en el coche, yendo al encuentro de su cuñado y su hermana. Más tarde fueron imágenes de ambos automóviles buscando aparcamiento. Bajar de ellos y cargar algunas bolsas y macutos…, y sombrillas, y neveras…

Más imágenes: comida en el chiringuito, la copa de la sobremesa, la tertulia, las niñas «papá, nos vamos a la orilla a hacer castillos», y él «está bien, pero nada de bañarse todavía. ¿Os habéis puesto la crema?», y luego, el último momento que recordaba antes de su transformación: «vosotros haced lo que queráis, pero bajito. Yo me voy a echar una siesta bajo la sombrilla».

Eso, empezar a roncar y que su cuñado comenzase a tapar su cuerpo con arena para poder esculpirle luego un cuerpo con curvas de mujer, fue todo uno.

Gregorio siempre había tenido el sueño muy profundo; en cuanto su cabeza rozaba la almohada o lo que fuera que tuviese debajo, su cerebro se apagaba, y el mundo con todos sus problemas quedaba tan en silencio como si se hubiese sumergido tres kilómetros en el océano.

Se removió con trabajo bajo toda aquella arena fresca que le cubría y, en unos segundos, su cuerpo redondeado y gelatinoso emergió como una serpiente mudando su piel.

– ¡Anda, que ya os vale…! – dijo mirando a todos mientras se ponía en pie sacudiéndose la arena del cuerpo.

– Tenías mucho mejor cuerpo en la superficie que bajo la arena, Gregorio. Reconócelo.

Y todos se rieron.

– Ya me vengaré en algún momento. Ahora voy a darme un chapuzón.

Y se alejó sonriendo y trotando hacia sus hijas, que le esperaban en la orilla.

Semana 5: COLORES

Dedicado a Santi Rodríguez y Paula,
porque ellos también son
coloreadores.

El pequeño Dani nació fuerte como un roble, pero tras tres horas de pruebas y exámenes, el doctor entró en la habitación donde sus padres esperaban nerviosos y les dijo que había un pequeño problema: el niño había nacido con un cromosoma de más, y eso le haría tener algunas necesidades especiales y un aprendizaje algo más lento que el resto.

Su madre jamás entendió que aquel bebé que tenía en sus brazos, con aquellos ojazos oscuros y profundos como el universo, que le miraban fijamente y contemplaban todo como aprehendiéndolo, pudiese tener algún problema. «Un cromosoma de más. El problema lo tendremos nosotros, que tenemos uno de menos…», decía siempre.

Pero su padre no pudo soportarlo. Jamás llegó a aceptar que su hijo fuese especial. Para él no lo era, ni lo sería. Pensaba en el futuro, cuando ellos ya no estuviesen, y en ese niño con cuerpo de adulto que nunca llegaría a ser… como los demás. Y se marchó. Se marchó una mañana para no volver.

A partir de entonces, su madre decidió que en aquel mundo de dos no habría tristeza jamás; que los problemas se solucionarían con la mejor de las sonrisas posibles, y si había que llorar, se lloraría, pero para volver a reír más fuerte al final de las lágrimas. No hay carcajada más luminosa que la que explota después de un llanto, ni sol más brillante que el que dibuja un arcoíris después de una tormenta.

Dani crecía, aprendía, conocía a gente, se relacionaba, se enfadaba, quería, como cualquier otra persona; tal vez a otro ritmo, tal vez con un poco más de ayuda, tal vez con algo más de esfuerzo, pero con mucho más tesón, más ganas, más trabajo duro, y, sobre todo, más sonrisas.

Porque Dani siempre tenía una sonrisa para todos, un abrazo, un apretón de manos, un saludo…

Cuando cumplió dieciséis años su madre se dio cuenta de que tenía un don especial, otro, con la pintura. Sentado en la mesa de la cocina podía pasarse horas pintando, poniendo color a trozos vacíos de papel, despertando la luz que esconden todos los lienzos en blanco. Y decidió llevarlo a clases particulares, a que aprendiese la técnica.

Antes de llevarlo al taller donde había decidido inscribirlo, avisó a su profesor: «Dani es un niño especial. Se dará usted cuenta cuando lo vea. Tal vez necesite un poco más de paciencia con él, pero le aseguro que no tendrá a nadie con más ganas de aprender todo lo que le enseñe».

El taller era una sala con grandes ventanales por los que entraba siempre la luz del sol. Desde ellos se podía ver una inmensa arboleda que refulgía, dorada en otoño y esmeraldada* en primavera. Las mesas, colocadas todas junto a los ventanales, estaban siempre bañadas por una luminosidad prístina, limpia.

Durante los primeros días de clase, las tardes habían sido grises, frías, casi apagadas; como si el sol se hubiese olvidado de extender su gama de colores sobre el mundo. Pero poco a poco, día a día, la luz había comenzado, de nuevo, a ganarle la batalla a las sombras y el aire fresco había ido trayendo sobre sus hombros todos los brillos que las horas iban dejando caer por los rincones conforme iban avanzando.

Dani y su anciano profesor pasaban las clases solos, cada uno en una mesa, junto a los ventanales, pintando y hablando. Se reían, inventaban historias, se escuchaban… pero, sobre todo, pintaban.

«Tiene usted razón: su hijo es especial. Él tiene un don que poca gente posee: es un coloreador; alguien capaz de pintar colores que nadie ve. Yo apenas le estoy enseñando nada; más bien él me enseña a mí. Es usted afortunada, así que sólo puedo darle las gracias por haberme dado la oportunidad de conocer a Dani en estos últimos coletazos de mi vida. No sabe lo feliz que me ha hecho.» Estas fueron las palabras que el profesor le dijo a su madre una tarde, cuando fue a recogerlo al final del taller. Pero no llegó a entenderlas del todo.

Y el profesor murió, un día brillante y luminoso de invierno en el que Dani pintaba en su casa, junto a la ventana. Y Dani creció, siguió pintando casi cada día, y empezó a impartir un taller de pintura, igual que su viejo amigo, en aquella sala donde la luz era siempre como una sinfonía, llena de matices y notas que se entretejían derramándose suavemente a través de las ventanas.

Los años fueron pasando. Aquel niño especial se había convertido en adulto; un adulto independiente con un taller de pintura al que, un día gris, frío, casi descolorido, entró Paula por primera vez, acompañada de su madre.

– Verá usted que Paula es una niña especial. Es… – se interrumpió azorada, incómoda.

– …como yo – terminó Dani la frase, con una gran sonrisa en su rostro.

– No quería decir…

– No se preocupe, no hay problema. Todos somos especiales. Sólo hay que saber aceptar las limitaciones de cada uno y potenciar las virtudes, ¿verdad, Paula? – terminó diciendo mientras miraba a la niña.

Ella sonreía y miraba la escena con la mirada limpia de los doce años y unos grandes ojos marrones y brillantes.

– ¡Ya verás cómo nos divertimos! – terminó por decirle mientras la cogía de la mano y le decía a su madre que no se preocupase por nada.

Los días volvieron a ser luminosos, brillantes… Y Paula y Dani se hicieron amigos, y pintaban. Pintaban mucho…

Un mediodía gris, mortecino y pesado, la madre de Dani, ya muy anciana, lo llamó. Estaba postrada en cama desde hacía algunas semanas, porque apenas le quedaban fuerzas, pero la habían colocado junto a la ventana de la casa por la que entraba más luz, para que pudiese ver la calle desde allí.

– Dani, cariño – le dijo con apenas un hilo de voz, agarrándole la mano -ha llegado la hora. Mamá tiene que irse, pero no estés triste. Iré a un sitio en el que te estaré esperando siempre, queriéndote mucho más y velando por ti. Tú has sido toda mi vida y ya sé que podrás cuidarte muy bien, porque lo has hecho conmigo estas últimas semanas. Recuerda ser buena persona con todos, aunque a veces no se porten bien contigo porque no comprendan que eres como ellos. No permitas que te digan lo contrario. Y no dejes que nadie apague esa luz que tienes en el corazón, que es la que me ha estado iluminando siempre a mí. ¿Me has entendido?

Dani asintió en silencio. Miró a los ojos a la mujer que le había dado la vida, la que le había hecho el hombre que era. Unos ojos que irradiaban paz, alegría y mucho amor. Luego miró por la ventana y la luz fría y apagada que estaba llenándolo todo. Le dio un beso a su madre y salió de la habitación.

Al cabo de unos instantes volvió con su bloc de dibujo y sus colores, se sentó a los pies de la cama, y empezó a pintar.

Su madre lo miraba en silencio, como perdiéndose en el tiempo, alejándose lentamente. Observaba cómo iba seleccionando colores y los extendía sobre el papel en blanco, y entonces entendió las palabras que le dijo el viejo profesor aquella tarde en el taller: «Él tiene un don que poca gente posee; es un coloreador…»

Un rayo de luz se había posado sobre el bloc de Dani, y parecía estar copiando los colores del papel más allá de la casa, afuera. A través de la ventana, el mediodía fue iluminándose poco a poco, a la vez que él seguía pintando. Era como si sus colores fueran los que el mundo adoptaba conforme los iba plasmando; y aquel mediodía gris comenzó a ser brillante, dorado, cálido…

– De manera que esto era lo que quiso decirme tu profesor; que tenías la capacidad de darle color al mundo. Aunque mi corazón ya lo sabía, pero ahora lo entiendo mejor. ¿Y Paula…?

Dani la miró de nuevo a los ojos y asintió.

– Cariño, te quiero. Gracias por regalarme tus colores y enseña a Paula a usarlos muy bien. Siempre estaré orgullosa de ti, no lo olvides.

Y fue cerrando poco a poco sus ojos, mientras su alma se alejaba por un camino inundado de la luz y los colores que su pequeño había pintado, esta vez, sólo para ella.

Una lágrima rodó por el rostro de Dani y cayó sobre el dibujo, emborronándolo. Dejó el bloc sobre la cama y fue a abrazar por última vez a su madre.

Cuando la luz se posó sobre aquella lágrima del dibujo, fuera, comenzó a llover. Unas nubes grises y frías cubrieron el cielo y, durante un rato, estuvieron llorando junto con Dani.

Después, el sol consiguió aparecer tímidamente por entre las nubes y asomarse a aquel papel sobre la cama; entonces, suspendido en el aire, surgió, poco a poco, un inmenso y brillante arcoíris, alejando las nubes, dejando un cielo límpido y fresco, como recién pintado…

Un coloreador. Eso había sido desde que nació, y seguiría siéndolo, siempre.


*Esmeraldada es un adjetivo que no parece existir, así que, gracias a mi amigo Joaquín, he decidido usar como algo que brilla de color verde esmeralda. Si del oro tenemos dorado, de esmeralda, esmeraldado.

Que la RAE me perdone.

Semana 4: ESPACIO EXTERIOR

– «El espacio: la última frontera. Estos son los viajes de la nave estelar Enterprise, en una misión que durará cinco años, dedicada a la exploración de mundos desconocidos, al descubrimiento de nuevas vidas, de nuevas civilizaciones, hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar.»

– ¡¡Neil. ¿puedes dejar de hacer el idiota? Un viaje por el espacio no es cosa de broma. ¿Puedes estar pendiente de los instrumentos que tienes delante, por favor?!!

La voz sonaba rebotando por todas y cada una de las paredes de la cabina, como un trueno. Alguien, al otro lado del intercomunicador, se estaba tomando muy en serio su trabajo, y le molestaba sobremanera la ligereza con la que Neil parecía divertirse con aquello.

– Perdón, señor – se disculpó. Pero en el fondo estaba feliz. Volvía la cara para que las cámaras que observaban cada uno de sus movimientos no captasen su sonrisa. Llevaba años con aquella frase en la cabeza, y no veía el momento de soltarla. ¡Y claro que aquel era el lugar y el momento oportunos para hacerlo!

Llevaba años preparándose para aquello, y había decidido disfrutar cada segundo de aquel último tramo. ¿Cuántas veces en su vida tiene un mortal la opción de ver su planeta desde el espacio?

Aquellas pruebas para examinar e investigar el comportamiento del cuerpo humano en distintas circunstancias, de camino a Marte, habían sido su oportunidad de poder viajar fuera de nuestra atmósfera, y tenía que aprovecharla al máximo. Vivirlo lo más intensamente posible. Por eso se mostraba tan excitado con todo.

Neil se asomó por una de las ventanas redondas que había en la cabina. Veía la Tierra alejándose poco a poco, como en una proyección. Intentó localizar el lugar donde vivía, pero ya el planeta estaba lo suficientemente lejos como para sólo distinguir las siluetas de los continentes.

– Muy bien, Neil – resonó de nuevo por los altavoces y la radio – en breve comenzaremos las pruebas en gravedad cero. Te avisaremos para que puedas relajarte y soltarte de los anclajes y cinturones. Recuerda que también podrás quitarte el casco, pero mantenlo localizado en todo momento.

– De acuerdo, señor.

Todo estaba transcurriendo tal y como le habían advertido, pero parecía mucho más rápido de lo que esperaba. Aquello se le estaba haciendo tremendamente corto. Tanto estaba disfrutando…

Estaba solo en la cabina, pero en todo momento, en el centro de operaciones, había alguien observándole a través de las innumerables cámaras colocadas allí.

Durante su infancia, el pequeño Neil siempre había sido un niño inquieto, travieso, bromista, al que le apasionaban las historias de extraterrestres y de viajes interestelares.

Estuvo dos días encerrado en una de las taquillas de su colegio para experimentar lo que debían sentir los astronautas en aquella época, cuando los metían en aquellos cohetes claustrofóbicos, para viajar al espacio o, simplemente, para dar vueltas alrededor de la Tierra.

Por supuesto, luego estuvo castigado un mes sin tele, ni radio, ni aquellas revistas espaciales que tanto le gustaban y que él mismo se compraba con el dinero que su padre le daba por arreglar el jardín.

Aún recordaban, en su instituto, aquella feria de ciencias, durante la que estuvo apunto de hacer volar todo el patio cuando decidió construir un cohete que despegaría y se elevaría “lo más arriba que jamás un cohete construido por alguien en una manualidad habría llegado”; eso repetía él.

Nadie supo jamás, ni quiso averiguarlo, cómo el joven Neil consiguió aquella explosión que propulsó su cohete en miniatura tan arriba que lo perdieron de vista; sin embargo la onda expansiva volteó el coche del director, lanzó las lentillas de la señorita Helen contra una de las paredes del gimnasio con tanta fuerza que se incrustaron en el muro, hizo que el peluquín del conserje acabara en la azotea del edificio de viviendas junto al instituto y hasta el tricerátops a escala casi real en el que el señor Lawrence llevaba trabajando dos años y que casi estaba terminado, quedó hecho añicos; cuentan que alguien lo vio salir aquel mismo día, mordiéndose los puños, enloquecido, como fuera de sí… y nadie más supo de él.

Claro que más estupefactos se quedaron todos una semana más tarde, cuando el alcalde de la ciudad, acompañado del comisario y de un general del ejército, se presentaron en las puertas del instituto exigiendo que se personara ante ellos el responsable de una bola de fuego que había acabado en un lugar indeterminado de algún desierto de México, derribado por un caza; mantenían que aquel artefacto había tenido a una parte de la población atemorizada, vigilando el cielo, mientras saturaban las centralitas de emergencias alertando del avistamiento de un peligroso meteorito que se precipitaba a gran velocidad contra el planeta. Cuando el objeto cayó a tierra, después de haber sido perseguido y ametrallado por un caza, los análisis de uno de los trozos que quedaron, sacaron a la luz un pedazo de plástico con el nombre quemado de aquella escuela.

Por supuesto, Neil no pudo volver poner sus pies en aquel instituto…,ni en ningún otro en cincuenta kilómetros a la redonda. Todos le decían que, de seguir así, lo más lejos que llegaría sería a alguna penitenciaría del estado, rodeado de asesinos y gente de mala reputación.

…y ahora estaba allí, en el espacio. Nadie jamás podía habérselo imaginado. ¡Y cómo le gustaría que le pudieran ver el director, la señorita Helen, aquel general del ejército que a punto estuvo de mandarlo a la escuela militar para que aprendiese disciplina y obediencia…!

– Neil, estamos en gravedad cero. Puedes soltarte. Nosotros te dejaremos en automático. Es hora de comer, así que te quedas solo. No hagas ninguna tontería, por favor.

– Ningún problema, señor.

Neil se deshizo rápidamente de todos los cinturones que le sujetaban al asiento, se quitó el casco y comenzó a flotar por toda la cabina.

Al principio sólo flotaba, pero cuando se hizo a la nueva situación, empezó a simular que nadaba, que corría, que volaba como Supermán, que tomaba el sol tranquilamente…

– Pero, ¿quién ha colado aquí a este idiota? – decía alguien en el centro de operaciones mientras se iba a comer con el resto de sus compañeros.

– Será amigo de alguien – le respondieron – ya se cansará. Nadie puede hacer el idiota tanto tiempo.

Al cabo de una hora, cuando todos volvían, comprobaron que Collins, la persona encargada de quedarse a vigilar a Neil mientras los demás estaban fuera almorzando, había abandonado su asiento y estaba sentado en el suelo, mirando las pantallas, como ido, ausente…

– ¿Ocurre algo, Collins? – le preguntaron.

– Miradlo vosotros mismos – respondió mientras metía la cabeza entre las rodillas y miraba al suelo, desesperado. – Le he advertido mil veces. Se lo he advertido, pero… – repetía una y otra vez con tono desolado.

En las pantallas podía verse a Neil flotando por la cabina, pero había cientos de pequeños elementos suspendidos a su alrededor. El jefe de operaciones se acercó a los receptores para averiguar qué eran todos aquellos objetos.

– Pero… ¿quién le ha dejado a este imbécil meter Doritos en la cabina? Y eso que veo cerca de los mandos… ¿son unas bolas de petanca? ¿Puede ser que…? ¡¡Acércame el intercomunicador!!

Estaba dispuesto a acabar con aquel desbarajuste en mitad de una investigación interestelar.

– ¡¡Neil!! ¡¡Neil Buzz Aldrin!! – se alejó un momento del micrófono por el que hablaba para decirle a los que tenía alrededor «sólo un tarado le pondría a su hijo los nombres de unos héroes», y continuó – ¿Quieres, por favor, decirme, que no has metido una Estrella de la Muerte y un X-Wing en la cabina; que no es eso lo que veo flotando entre todo ese montón de doritos, cheetos y patatas fritas? ¡¡¡Y gotas de agua por todas partes!!!

– Me aburro aquí dentro y os habéis ido todos a almorzar. Tengo hambre, y Collins no me ha dejado comer nada de esto. Si me hubiese dado permiso, no habría comida flotando por aquí.

– ¡¡Maldita sea, Neil!! Esto es una misión importante. No es el garaje de tu casa ni una acampada. Hay mucha gente esperando los resultados de estos test para los que te ofreciste voluntario, ¿recuerdas?

– Pensé que sería más divertido. Que habría música de fondo, que podría ver la tele o algo… Debería estar cerca de todos los satélites de televisión del espacio.

– ¡¡Está bien Neil, se acabó!! – soltó el intercomunicador y salió de la sala dando un portazo.

Todos se quedaron en silencio, sin saber cómo reaccionar. Nunca habían visto al jefe de operaciones tan fuera de sí. Miraban las pantallas, donde Neil seguía flotando entre todas aquellas cosas.

De repente, una luz roja se encendió dentro de la cabina. Sonó una alarma en todo el recinto y Neil pareció quedarse congelado. Se borró la sonrisa de su rostro.

Detrás de él un panel luminoso avisaba en letras rojas parpadeantes: “¡Peligro, despresurización! ¡Peligro, despresurización!”.

– Pero, ¿qué caraj…? – no pudo acabar la frase. Como un ladrillo, se desplomó al suelo, cayendo en seco rodeado de todos sus aperitivos. Las bolas de petanca rozaron su cabeza al caer también de golpe. La Estrella de la Muerte se hizo añicos contra el piso acolchado de la cabina.

– Lo siento, Darth Vader. Vuelves a perder – se oyó a Neil que ahora estaba por debajo de la línea de cámaras.

Entonces, del fondo de la cabina se abrió una puerta y todos vieron entrar, hecho una furia, al jefe de operaciones, con el rostro encendido y una vena hinchada en el cuello.

Decidieron apagar el intercomunicador. Neil se puso en pie mientras aquel hombre gesticulaba airadamente, moviendo mucho los brazos, a escasos tres centímetros de la nariz del astronauta.

Al cabo de quince minutos, Neil miró a la cámara, saludó militarmente, sonrió, y salió de la cabina. El jefe de operaciones alzó la mirada, se mordió un puño, y salió también de allí.

Volvió a la sala donde estaban todos estupefactos, sudoroso, aún con el rostro enrojecido…

– ¡Malditos criterios de selección. Hasta mi madre lo haría mejor! – gritó para desahogarse.

– Muy bien, muchachos. Todos a casa. Esperemos que mañana nos traigan otro aspirante con un poco más de cerebro para hacer las pruebas. Aún nos queda un mes para elegir al candidato adecuado. No quiero ni pensar qué habría pasado en el transbordador espacial con este cenutrio.

Fueron apagando todos los instrumentos, y cuando salió el último de los hombres, el director de operaciones apagó las luces y cerró la puerta tras de sí.

«¡¡Qué lejos están, a veces, las estrellas!!», pensó.

Semana 3: AGUA Y TINTA

Nada que escribir.

Así llevaba semanas, a pesar de intentarlo de todas las maneras posibles.

Había hecho listas de palabras, de miedos, de objetos, de cosas que le molestaban, de cosas que le alegraban, de sentimientos… Había intentado sentarse a escribir lo primero que se le pasara por la cabeza, anotar la primera frase que escuchase en la calle y seguir a partir de ahí, elegir palabras al azar del diccionario y relacionarlas, copiar algún párrafo de cualquier libro y cambiarle los protagonistas y el lugar, empezar con el título de alguna canción, leer esquelas y noticias en los periódicos… Nada. Estaba seco. Las musas estaban de vacaciones y no pasaban por su despacho, ni siquiera de visita.

Paseaba. Paseaba mucho. En silencio, escuchando música, por parques, por calles solitarias, por el centro de la ciudad… Incluso llegó a emborracharse una noche pero, aparte de la resaca del día siguiente, no consiguió escribir ni una sola línea.

Se compró plumas estilográficas nuevas, libretas, cuadernos, blocs, y se sentaba delante de ellos, como intentando obligarles a que le contaran algo. Pero no le contaban nada.

Semanas, meses. Nada.

Leía. Leía mucho. De todo. A todas horas. Libros de autoayuda, novelas, ensayos, poesía, cómics, periódicos, revistas, folletos informativos y publicitarios…

Pero las musas habían perdido el GPS de vuelta a casa.

Decidió abandonar. Alejarse de aquello. No podía perder el tiempo buscando algo que definitivamente había perdido.

Y se volcó en su trabajo. Su otro trabajo. El que no le llenaba.

Empezó a poner más atención en lo que hacía, a mirar a los ojos a la gente que tenía enfrente, a empatizar con sus problemas, a tratar de entenderlos… Consiguió que le importase hacer bien su labor para poder ayudar mejor a los demás.

Y la conoció a ella. Y se enamoró. Y comenzó a salir de sí para que ella pudiese ocupar un sitio. Y todo comenzó a ser más luminoso, más brillante, más alegre…, más real.

Y le contó su abandono por falta de inspiración. Y ella le animó a que lo intentase de nuevo. A que recargase sus plumas y desempolvase sus cuadernos y blocs. A que se sintiese, de nuevo, cómodo, no obligado por las historias. Que las dejase fluir si fluían, pero que no luchase contra ellas. Que, si un río corre, por más matorrales y zarzas que se acumulen en las orillas, siempre seguirá teniendo un poderoso caudal lleno de peces y vida; sólo hay que buscar el camino para acceder a sus pozas frescas y límpidas.

Y de nuevo se sentó ante una hoja en blanco, cogió la pluma con la que más cómodo se sentía y la apoyó sobre aquel silencio de papel. Dibujó un par de trazos, pero sólo consiguió marcar la superficie; la tinta estaba seca.

Intentó asegurarse de que no estuviese obstruida la punta de la pluma garabateando el folio en blanco, pero continuaba dejando surcos por donde presionaba sin dejar huellas de tinta tras su paso. El papel se iba marcando como se marca la espalda de un reo condenado a azotes; pero de esas marcas ni siquiera manaba sangre.

Abrió la pluma y confirmó que estaba vacía, sin tinta. El cartucho estaba seco. Lo quitó y fue a por otro, pero antes decidió llenar un pequeño cuenco de agua, desenroscar la punta de la pluma y sumergirla allí para limpiarla.

Y una vez sumergida, inmediatamente, la tinta que había quedado allí seca, se soltó y empezó a fluir, bajo el agua, dibujando figuras que aparecían como una niebla; una niebla líquida.

Se asomó al cuenco. Allí estaban sus historias, emergiendo desde la punta de la pluma sumergida en agua, como nubes suaves de color negruzco dibujando formas que aparecían, se estiraban y desaparecían lentamente para dejar aparecer otras.

Allí vio dragones, valles inmensos de fresca hierba con lugareños amistosos que se saludaban sombrero en mano, doncellas dulces de pelo ensortijado que se convertían en guerreras poderosas cabalgando lobos, nubes arrojando sombras sobre ciudades fantasma, olas de un mar embravecido tratando de engullir barcos piratas, chicos huyendo de la carpa de una bruja, abuelos convertidos en superhéroes, fines del mundo, invasiones extraterrestres viniendo a rescatarnos de una hecatombe planetaria…

Sus musas habían vuelto… O tal vez, pensó, siempre las había tenido cerca pero no había sabido cómo convocarlas. Y ella le había hecho dar el paso, le había indicado el camino. Ella, que le dijo que lo intentara de nuevo, por amor, no por obligación.

¿Y si su musa era ella? ¿Y si ella era quien las había vuelto a convocar?

Por si acaso, mantenía en su escritorio un cuenco con agua limpia y sus plumas ordenadas y pulcras.

Cuando alguien se lo hacía notar, él, simplemente, sonreía.

Semana 2: NO ERA UN BANKSY

El muro seguía allí, desnudo, gris…

Estaba en medio de un gran solar, justo a la entrada de la ciudad, tal y como lo recordaba.

Tres años antes había pasado por aquel mismo lugar, pero no estaba igual. Un grafitero había pintado una imagen sobre él, algo que asemejaba un agujero en la pared y un poblado de casas bajas y desperdigadas a lo lejos, al otro lado, como en medio de alguna llanura infinita de polvo rojizo.

Nunca supo qué fue lo que le llevó a acercarse a aquel grafiti, a tratar de verlo de cerca. Tan de cerca…

Mientras su nariz se aproximaba a la pared, podía notar como si un viento caliente se escapase de la pintura. Aquello le pareció tan real que se acercó, y se acercó, cada vez más, hasta que notó un fogonazo y luego… nada.

Despertó sobre un suelo duro y rojizo, bajo el sol abrasador de un atardecer ardiente. Miró a su alrededor, pero ya no estaba el muro. Ni la ciudad detrás de él. Estaba en medio de ningún sitio, rodeado de arena y polvo. A lo lejos vio una especie de poblado que se difuminaba como un espejismo, acuoso y flotante. Entonces se dio cuenta de todo: estaba dentro del grafiti, al otro lado del muro. Pero, ¿aquello era real? Sentía el sol quemarle la cara; sus pies, enfundados en aquellos zapatos caros de piel, le ardían. Se los quitó.

Pensó que debía andar hacia el poblado, al menos hasta que decidiese si aquello era un sueño o algún tipo de realidad a la que había accedido de alguna forma.

Bajo sus pies, un polvo rojizo se elevaba a cada paso. Hacía un calor pesado y seco, de moscas zumbando en el aire. El suelo era árido y duro… No había más que un par de árboles muertos y algunos matorrales alrededor. Aquel no parecía un buen lugar para levantar un poblado.

Cuando llegó a su destino, pensó que aquellas casas no se habían puesto allí por un afán urbanizador; aquella gente vivía allí porque no tenía otro sitio donde hacerlo.

Las casas estaban repartidas sin ningún orden aparente, construidas con tablones de madera, puertas rotas, paneles de latón, cartones…, cualquier cosa que pudiese convertirse en pared o techumbre.

Por todas partes había gente en las calles, niños correteando, personas mayores sentados a las puertas de sus chabolas, jóvenes buscando alimentos en cualquier rincón: bichos, matojos, raíces… Todos le miraban conforme pasaba por delante de ellos sin ningún rumbo. Era muy extraño ver pasar por allí a alguien con un pantalón caro bien planchado, una camisa y unos zapatos que le brillaban cogidos en las manos.

– ¿Alguien aquí puede ayudarme? – preguntó en voz alta. Pero nadie contestó. Le miraban como quien ve a un aparecido.

De una de las chabolas, tras unas cortinas hechas con dos trozos de plástico desgastado, apareció una anciana que se le quedó mirando fijamente. Él la vio. Sin saber por qué, se acercó a ella.

– ¿Cómo has llegado aquí, joven? – le preguntó la mujer con una voz atiplada y rugosa.

– No lo sé. Estaba en mi ciudad y, sin saber cómo, desperté allá – respondió señalando el llano, a lo lejos, desde donde venía caminando.

– Pues si no lo sabes tú no podremos ayudarte a volver, porque supongo que querrás volver.

– Por supuesto. No sé qué hago aquí. Soy arquitecto y tengo muchos proyectos pendientes de…, pero bueno, no necesita saber nada. ¿Dónde estoy? ¿Está lejos la ciudad? ¿Pasa algún autobús o hay algún medio de transporte por aquí cerca?

– Hace años que nadie pasa por aquí. Ni siquiera nosotros sabemos dónde estamos; nadie ha sido capaz de andar tanto por la llanura como para llegar a algún otro sitio.

– ¿Y entonces cómo voy a volver?

– Tendremos que averiguar cómo llegaste. Mientras tanto, ¿tienes hambre?

Dicen que tardas once días en adquirir un hábito nuevo. A él le costó el triple hacerse a la idea de que estaría allí mucho tiempo. La primera semana le asqueaba todo lo que veía a su alrededor: gente pobre, sin casas, sin comida, sin luz ni agua corriente, sin apenas ocupaciones salvo la de sobrevivir en aquella llanura infinita con apenas matorrales y animales que comer.

La segunda semana, cuando ya su cuerpo había quemado todas las posibles reservas de grasas, azúcares y energías que tenía, comenzó a dejarse ayudar; a comer lo que comían todos, a beber el agua que algunos traían en garrafas inmensas tras unas marchas que duraban dos días hasta llegar al lugar donde corría el pequeño riachuelo del que se abastecían, lejos, junto a las montañas y las cuevas sagradas.

A partir de la tercera semana empezó a darse cuenta de que la gente allí era feliz. Los niños reían mientras jugaban descalzos y desnutridos, en las calles; todos compartían lo poco que pudiesen conseguir, y nunca había una mala cara, una mala contestación, un mal gesto…

Durante la cuarta semana decidió que llevaba suficiente tiempo allí como para tratar de poner sus conocimientos al servicio de sus vecinos, sus nuevos amigos, su nueva familia…

Empezó por la casa de la anciana que le había ayudado; ordenó todos los tablones, paneles, placas y telas con las que había construido su chabola, y las recolocó de manera que pareciesen un hogar digno, más resistente y acogedor.

…y luego hizo lo mismo con todas y cada una de las chabolas del poblado. Todos le ayudaban. Seguían sus indicaciones al unísono y trabajaban como uno solo, sin quejas, sin aspavientos, sin aparentar cansancio… Lo que ayudaba a uno, ayudaba a todos, y eso les impulsaba a ser eficientes y constantes.

Al cabo de siete meses, todas las chabolas tenían un aspecto pulcro, de cabañas dignas y ordenadas. Habían conseguido orientarlas todas de manera que tuviesen sol y sombra casi a partes iguales, y que los patios que se habían añadido a cada una, tuviesen las horas de luz y calor suficientes como para poder plantar, al menos, cereales, que era lo único que allí podía dar la tierra seca y agotada.

Decidió que el agua corriente sería lo siguiente de lo que se encargaría, así que, en uno de los viajes en los que los jóvenes partieron con los grandes bidones a por el agua de los siguientes días, los acompañó.

El trayecto era largo, tortuoso, bajo aquel sol que no parecía tener enemigo alguno y que siempre quedaba por encima de cualquier pequeña nube que tuviese la desfachatez de intentar ocultarlo mínimamente. El aire era denso, pesado, árido. Costaba respirar. Al cabo de dos días de caminata, llegaron al lugar. Allí sí que parecía haber algunos matorrales verdes y un par de árboles frondosos. A los pies de los matorrales, se oía correr un pequeño arroyo que surgía desde una de las dos montañas que crecían, solitarias, en aquel inmenso páramo. Al cabo de unos doscientos metros, el caudal se perdía bajo tierra.

– Las montañas sagradas – le indicaron cuando la vista les alcanzó a verlas.

– ¿Qué hay allí? – preguntó.

– El agua.

Se acercó a la entrada de la cueva de la que salía el arroyo mientras los jóvenes llenaban los bidones. Era una entrada pequeña, angosta, cubierta por matorrales. Los apartó y consiguió entrar dentro, arrastrándose. Dentro estaba oscuro y fresco. Se oía el gorgotear del agua, incesante, desde muy hondo. Pero no se atrevió a avanzar más porque la luz era muy escasa allí dentro y temía no ser capaz de volver a salir o caer en algún hueco que no viese.

Durante todo el camino de vuelta, con los grandes bidones repletos de agua, estuvo pensando en la forma de poder llevarla hasta el poblado, sin necesidad de aquellos largos viajes semanales. Sólo había dos posibilidades: o trasladar las casas, o tratar de canalizar el caudal hasta donde estaban.

Y se lo propuso a la anciana, que al parecer era quien decidía todo en aquel lugar. Y tras un largo debate, donde todos aportaron su punto de vista, se decidió trasladar el poblado. Decidieron hacerlo poco a poco; llevándose las casas una a una y montándolas conforme fuesen llegando. Nadie se iría antes al nuevo lugar; se irían todos juntos. Y mientras se trasladaban la mitad de las casas, los que quedaban sin ellas vivirían repartidos con el resto de los vecinos. Cuando la mitad de casas estuvieran trasladadas, todos marcharían hacia el arroyo y vivirían en las ya construidas, esperando que las suyas fuesen también levantadas. Así estarían siempre todos juntos. El arquitecto se encargaría de la distribución y la orientación, como la primera vez.

Y así lo hicieron. Poco a poco fueron trasladando puertas, placas, telas, plásticos, aprovechando los pocos árboles que encontraban por el camino para tener más madera… Y al cabo de un año y medio, todo el mundo estaba junto al arroyo, con sus casas, sus jardines y sus pequeños huertos. Habían conseguido construir una pequeña canalización que dirigía el agua hacia cada hogar, con lo que todos disponían de agua corriente, limpia y fresca, sin necesidad de enviar a nadie a un viaje de cinco días para traerla; y algunos habían conseguido encontrar semillas de frutos silvestres que, bien plantadas, conseguían dar más comida fresca y sabrosa.

Cuando ya todo estuvo asentado y finalizado, quiso adentrarse en la cueva de donde salía el arroyo. Quería comprobar cómo era aquel lugar.

Al atardecer encendió una tea y se dispuso a entrar en el hueco.

Tras apartar los matorrales de la entrada y arrastrarse a través del pequeño agujero, pudo contemplar aquello. Ante sí tenía una amplia cavidad abovedada, fresca, donde el eco del agua que surgía del suelo rebotaba suave en las paredes que ahora brillaban con la luz de la llama. Allí en el centro había un pequeño lago, de unos cuatro o cinco metros de diámetro, y de su centro emergían burbujas que indicaban que allí nacía, indefectiblemente, el arroyo. Todo lo demás era casi liso; una gran sala de piedra, con paredes pulidas por el tiempo, con estalactitas y estalagmitas por todas partes.

Cuando salió de allí, la anciana estaba esperándole.

– ¿No has visto nada que te llamara la atención?

– Es una cueva. Una amplia sala de piedra con el arroyo brotando en el centro.

– ¿Recuerdas cuando llegaste a nosotros?

– Claro.

– Sería casi la misma hora que ahora mismo.

– Es posible.

– ¿Eres capaz de recordar, aún, la silueta de tu ciudad?

– Pero, ¿a qué viene esto? Supongo que sí. Yo ayudé a levantarla. Algunos de sus edificios son diseños míos.

– Muy bien, pues entonces no deberías perder tiempo. Aquí ya nos has dado todo lo que podías darnos. Nos has dado viviendas, agua, alimento… dignidad.

– Pero… ¿qué quiere usted decir? ¿Cómo voy a volver si ni siquiera sabemos dónde estamos ni hacia dónde hay que caminar?

– Ten esto. Entra de nuevo en la cueva, y presta atención.

En su mano arrugada le tendió un trozo de carbón. Él lo cogió sin saber qué debía hacer con aquello.

– ¡Corre, ve! Se va el tiempo. Siempre tendrás un hueco en nuestros corazones. Gracias por tu sabiduría, tu generosidad y tu tiempo.

– Pero…

– ¡Ve!

Sin saber por qué, volvió a entrar en la cueva. Aún llevaba la tea en una mano y el trozo de carbón en la otra, pero no sabía qué hacer allí dentro. Se acercó al arroyo y metió la mano dentro. El agua estaba fría, límpida. Se mojó la cara. Nunca había tenido una sensación tan pura de paz y tranquilidad, de sosiego… de felicidad.

Caminó por la sala de piedra unos metros y entonces, casi sin darse cuenta, se encontró delante de una de las paredes, al fondo. Alzó la tea. Allí vio trazos oscuros, como de líneas dibujadas en la pared. Se alejó un poco para verlo todo con más perspectiva. Creyó distinguir siluetas, líneas rectas, pero no era capaz de saber qué significaban. Entonces, en su cerebro, resonó la pregunta de la anciana: «¿serías capaz de recordar la silueta de tu ciudad?». Claro que era capaz. Había estudiado aquella silueta miles de veces. No en vano, la mitad de ella era diseño suyo.

Se acercó a la pared y empezó a deslizar el carbón sobre ella, dibujando líneas que se iban convirtiendo en siluetas de edificios; los diez rascacielos que había en la ciudad de la que había desaparecido sin saber cómo. Siguió dibujando todo lo que recordaba, sin detalles; abocetando. Y recordó el muro. Y lo dibujó también, allí, delante de todos los edificios.

Cuando ya no recordaba nada más, se alejó un poco. Sí, en esas líneas que había dibujado reconocía su antigua ciudad.

Se acercó de nuevo. Una brisa cálida le rozó el rostro. Venía de aquellos trazos suyos, estaba seguro. Se acercó un poco más, con la tea encendida. Entonces, un golpe de aire la apagó y todo quedó en la más absoluta oscuridad. Dio un paso atrás, resbaló y cayó.

Palpó con los ojos cerrados al lado de su cuerpo, buscando el trozo de madera que le había servido para iluminarse. La cogió y, mientras se levantaba, abrió los ojos. Pero ya no estaba en la cueva. Un aire caliente y espeso le golpeó el rostro y le penetró los pulmones. La luz del sol, que ya se estaba poniendo, le cegó un momento.

Cuando se hubo acostumbrado a aquella luminosidad pudo comprobar que, de repente, estaba como a un par de kilómetros de la ciudad, su ciudad, la de los diez rascacielos, la que había dibujado en la pared de la cueva.

Caminó. Caminó con una extraña sensación de alegría y tristeza. Había estado tres años viviendo con casi nada, pero feliz de ayudar a aquella gente sencilla, generosa, alegre…, pobre. Y de repente volvía al lugar del que salió; aquella selva de hormigón y tráfico.

Al cabo de media hora llegó al muro. Aquel muro. Seguía allí, pero ahora no había ningún dibujo. Estaba desnudo, gris. Había albergado la esperanza, ahora que ya sabía cómo hacerlo, de volver al poblado de vez en cuando, a través de aquel grafiti, pero lo habían eliminado.

Alguien pasó por allí delante y se le quedó mirando.

– ¿Qué pasó con el grafiti que había aquí, amigo?

El desconocido, mientras seguía caminando, alejándose de aquel vagabundo, le contestó:

– El alcalde lo mandó quitar.

– ¿Por qué? ¿No era un buen grafiti?

– ¡Bah! No era un Banksy.

Semana 1: LA NOVENA

Ahora ya puedo morir en paz. Y puedo hacerlo porque lloré; lloré aquel día, sin haberlo programado, sin esperarlo. Lloré de verdad, porque antes no sabía qué era eso.

Porque yo escuchaba voces. Voces que me dictaban lo que debía hacer, por el bien de la humanidad, aunque nadie lo entendiese. Ellas seleccionaban, ellas sentenciaban, ellas me animaban a ejecutar.

No había remordimientos; nunca los hubo. Estaba haciendo un servicio a mis paisanos, a mis vecinos, a mis congéneres.

Y siempre encontraba la forma de llevar a cabo lo que mis voces me pedían: una bomba, un accidente, unos frenos rotos, un alimento en mal estado…. Todo sin mancharme las manos. Daba igual que hubiese niños en el coche, o ancianos cerca de la onda expansiva, o inocentes en el restaurante…; sólo eran daños colaterales. Mártires necesarios para expiar las culpas de otros.

¿Cuántos fueron? Ni siquiera lo sé exactamente. Quince, veinte, cuarenta… ¿Qué más da? Mi misión debía ejecutarse, y se ejecutaba.

Y luego dormía a pierna suelta, sabiendo que había cumplido con mi deber. Debía hacer del mundo un lugar mejor, y para ello tenían que desaparecer ciertos individuos. Ese era mi cometido…, y eran mis órdenes. Y las obedecía.

Y mientras no había órdenes seguía con mi vida. Se me daba bien hacer pan, trabajar con las manos. Aquellos montones de harina, sal, levadura y agua, mezclados y amasados por mis manos en sus cantidades adecuadas, se transformaban en perfectas piezas de panadería artesanal que reposaban en carros y bandejas esperando que la levadura hiciese su trabajo antes de entrar en el horno y transformar aquellos trozos de masa fría y viscosa en delicioso pan.

Jamás salió a la venta una pieza que no fuese perfecta de aquellos hornos; con el migajón esponjoso, y la corteza con el brillo y el crujiente exactos. Jamás.

Salvo aquella vez que tuve que contratar a un panadero externo porque tuve un pequeño percance en una mano. No tenía que haber estado manipulando aquellos explosivos sin la protección adecuada, y cuando la mezcla estalló me cercenó una de las falanges del dedo índice, lo cual me impedía amasar adecuadamente.

Estuve leyendo cientos de currículos de panaderos dispuestos a sustituirme mientras me recuperaba, y aquel hombre de mediana edad me pareció el más preparado. Durante un mes pondría en sus manos mi trabajo, mi reputación… mi pan.

Reconozco que trabajaba bien. Era eficiente, rápido, cuidadoso. Mi pan seguía siendo perfecto, casi como cuando lo amasaba yo. Pero una madrugada golpeó una de las bandejas de masa antes de meterla en el horno, y algunas piezas quedaron algo más planas de lo habitual. Fue un error mío. No estuve pendiente y aquella bandeja entró en el horno, y se coció a la temperatura correcta; a la mitad de la cocción abrimos el horno, las rociamos con agua y volvimos a hornear, como se hacía siempre, mecánicamente. Pero seguí sin darme cuenta de aquellas piezas estropeadas.

Cuando el horno hubo acabado su trabajo y se apagó, al sacar aquellas bandejas para contar las vienas, las vi: aquellas cuatro no eran mías; estaban más bajas que el resto. No podíamos sacarlas a la venta a pesar de que eran perfectamente comestibles. Las aparté.

Por la mañana temprano, como cada día, abrimos la panadería. A mediodía fui a buscar aquellas cuatro piezas apartadas de las demás para volver a convertirlas en harina. No estaban.

Cuando le pregunté a mi sustituto me confirmó mi sospecha: habían hecho falta y se las había vendido a una señora mayor que vino a última hora, agobiada. Ni siquiera era una cliente habitual. Discutimos. Hubo gritos, insultos, empujones… Él se marchó diciéndome que no volvería aquella noche para ayudarme con el trabajo. Y yo me quedé masticando mi orgullo. Mi orgullo y mi ira.

Y esa vez no hubo voces. Al menos no las mismas que las de siempre. Aquellas voces eran como mi voz, pero viniendo desde más abajo, desde más lejos, desde más hondo…

Que la policía asociase aquel cadáver conmigo fue bastante sencillo. Algunos vecinos nos habían visto discutir, y mi dedo, aún sin cicatrizar del todo, había decidido dejar una firma con mi sangre sobre su cuello. No es buena idea acabar con alguien destilando odio, porque el odio no te deja pensar con frialdad ni sopesar el mejor momento o la mejor manera de actuar.

Durante la investigación, en principio rutinaria, en el sótano de mi casa  encontraron restos de explosivo. Investigar la composición del explosivo, contrastarla con la de alguna otra explosión en algunos crímenes anteriores, atar cabos y acusarme de todos y cada uno de los muertos que había ido dejando a lo largo de tres años, fue todo uno.

Cadena perpetua. Eso fue lo que la juez sentenció sin un ápice de emoción en su voz. Sabía que no volvería a pisar la calle, pero yo ya había hecho gran parte del trabajo. Fuera habría otras personas que lo continuarían por mí.

Allí dentro seguía oyendo las voces, pero ya apenas les prestaba atención. Durante el día había suficiente ruido como para acallarlas. Paseos por el patio, duchas, comidas, revisiones, peleas… Pero por la noche había silencio. Y ahí seguían, susurrándome sin descanso. Y me tapaba los oídos, pero estaban allí, dentro de mí, y las oía.

Me hicieron ver a un psiquiatra, pero yo no quería hablar con él. ¿Qué iba a saber un loquero de mi vida o de mi misión? Por más estudios que tuviese, jamás entendería nada. No. En los libros sólo se aprenden teorías. La vida real está en la calle, no en unas páginas escritas con palabras extrañas para que suenen a ciertas.

Y luego el cura… ¿qué se habían creído? ¿Acaso iba a solucionar algo una persona que cree en cosas que no existen? ¿Sería capaz de soltarme aquello de que mis voces no eran tales uno que piensa que existe algo que nadie ha demostrado? ¿Qué tipo de dios deja que haya personas como las que yo me vi en la obligación de eliminar? ¿Cómo se atrevía aquel vende humos a decirme que Dios me perdonaría si me arrepentía de verdad? Él era quien tendría que arrepentirse, si existiera, por dejar en nuestras manos el trabajo de acabar con la gente indeseable… Pero él sí siguió viniendo, aunque no a hablar conmigo. Yo lo mantenía alejado. No quería saber nada de alguien que basaba su vida en una mentira, porque yo había estado la mitad de la mía luchando contra los errores de su Dios, y por eso estaba aquí, encerrado.

Y de repente la orquesta. Una mañana de domingo nos sentaron a todos en el patio. Habían levantado una especie de carpa, y puesto un pequeño escenario y muchas sillas. Nos obligaron a estar en completo silencio. Odié aquel acto. Como si no tuviera suficiente silencio por las noches como para que, encima, me obligaran a escuchar mis voces también de día por un maldito concierto.

Cuando todos estuvimos sentados, empezaron a entrar los músicos, en fila, uno detrás de otro, vestidos de negro, con un rumor ligero de pasos acompasados. Hombres, mujeres, jóvenes, mayores… Todos en silencio, con rostros de concentración. Y cuando toda la orquesta y el coro estuvieron en su sitio, entró el director. Un hombrecillo ridículo, delgado, de pelo rizado y negro, enmarañado, vestido también de negro, pero con una chaqueta blanca ceñida. Se puso delante de su atril, se giró, hizo una reverencia mirándonos a todos, se dio la vuelta dándonos la espalda, se inclinó nuevamente hacia sus músicos, levantó la varita que sujetaba con aquellos dedos huesudos y, al bajar su brazo, la música llenó todo el patio.

Aquel hombrecillo ridículo agitaba su cuerpo al compás de la música, se movía febrilmente, con fuerza, con energía y, a la vez, con una suavidad que nunca he sabido explicar.

Y mis voces empezaron a gritar, enojadas; pero conforme las notas de aquella orquesta iban deslizándose sobre el aire, flotando hasta cada uno de los rincones del patio, comenzaron a silenciarse, a susurrar, a desaparecer… Por primera vez en mucho tiempo no había voces en mi cerebro, y mi cuerpo vibraba con todas y cada una de las notas de aquella sinfonía; la Novena Sinfonía. Y aquel hombre ridículo de la chaqueta blanca y movimientos cimbreantes dejó de ser ridículo para ir convirtiéndose en un gigante delante de mis propios ojos. Un gigante que conseguía, con el sólo movimiento de sus manos y su cuerpo, agitar el viento para que crease música.

Y sentí que algo se iba llenando dentro de mí, lentamente. Y me dejé llevar. Cerré los ojos. Y la música iba penetrando en todos y cada uno de mis poros. La notaba subir, llenarme, desde los dedos de los pies, el estómago, los pulmones, la cabeza… y al llegar a mis ojos, la música se desbordó. Y lloré. Lloré como nunca antes había llorado. Lloré por todas y cada una de aquellas personas a las que no conocía y de las que yo mismo había decidido que no eran dignas de vivir. Deseé que estuviesen en aquel patio conmigo, oyendo aquellas notas que me estaban quemando por dentro.

Y entonces cantó el coro, y sentí la necesidad de pedir perdón a los cielos, a los árboles, a la lluvia, al sol, a la luna, a cualquier Dios que pudiese y quisiese escucharme… Pedí perdón mientras las lágrimas resbalaban por mi rostro; y las sentía limpiando todo mi cuerpo de inmundicia, de odio, de rencor. Y se llevaban mis voces con ellas…

Y acabó el concierto y me quedé sentado unos instantes, exhausto pero liberado. La música se había llevado en sus brazos toda mi podredumbre y volví a mirar a aquel hombrecillo de la chaqueta blanca, saludando, mientras los presos aplaudían entusiasmados. Y él sonreía, con una sonrisa inmensa, limpia, inclinándose levemente sobre sus piernas, en muestra de respeto y agradecimiento hacia nosotros. Respeto y agradecimiento. Hacia nosotros.

Después de los aplausos, los músicos, disciplinadamente, recogieron sus instrumentos y fueron saliendo poco a poco. Algunos presos se les acercaban y los abrazaban, o apretaban sus manos dándoles las gracias. El hombrecillo de la chaqueta blanca, como al principio, se fue el último, detrás de todos sus músicos y su coro. Sonreía. Sonreía y saludaba. Y su sonrisa era luminosa, fresca, sincera.

Yo seguía en mi asiento, sentado, sin poder reaccionar. Lo miraba alejarse. Entonces, durante un instante fugaz, sus ojos se encontraron con los míos y su sonrisa se congeló junto a mis lágrimas. Lo vi cerrar los ojos y llevar su mano derecha hasta el corazón mientras volvía a mirarme. Luego siguió alejándose, sonriendo de nuevo. Aquel hombrecillo enjuto, de desmadejado pelo negro, me había dado el abrazo más profundo que jamás nadie me había dado en mi vida, y se llevó con él todas mis voces, todo mi odio, todos mis temores…

Ahora, muchas décadas después de aquello, sigo durmiendo tranquilo, sin voces en mi cabeza. He aceptado mi culpa y la penitencia que debo pagar por ella. Ahora oigo música; aquella música: la Novena Sinfonía de Beethoven, y departo amigablemente con el psiquiatra y con el cura.

Ahora ya no me da miedo morir, porque lloré. Lloré de verdad, aquel día.