Había una vez un pequeño, llamado Dani, que le tenía miedo a la oscuridad. Siempre retrasaba todo lo que podía la hora de irse a dormir porque decía que veía las sombras de muchos seres horribles dando vueltas alrededor de él y su cama. Si no conseguía quedarse dormido pronto, antes de que sus padres apagasen la luz del pasillo, siempre terminaba acostado con ellos, llorando.

Aquella noche no tenía sueño.

– ¡¡Dani, a lavarte los dientes y a la cama!! – gritó mamá desde el salón.

El pequeño Dani jugaba en su dormitorio con los coches en miniatura que le habían ido regalando a lo largo de sus cuatro cumpleaños anteriores; le encantaban. Los sacaba todos, los esparcía por el suelo en distintos sitios, y había persecuciones, accidentes, paseos, carreras, conversaciones entre automóviles, saltos de cañones, loopings en pista cerrada, aventuras…

– Todavía es pronto, mamá – gritó desde su habitación.

– No es pronto, cariño. Casi es medianoche. Es hora de dormir.

– Pero no tengo sueño.

– Pues cuenta ovejitas.

De sobra sabía Dani que contar ovejitas no daba sueño. ¿Cómo podría darle sueño contar hasta 20? Eso lo hacía en menos de medio minuto. Y tampoco le gustaba demasiado la idea de tener ovejas saltando por su habitación mientras las contaba. Estaba seguro de que no se dejarían contar, se moverían mucho, y contaría a alguna más de una vez. ¿A quién puede darle sueño eso?

Pero como el pequeño Dani era un niño obediente, se puso el pijama y fue a lavarse los dientes como le había dicho mamá. Luego corrió al salón para que ella viera que había sido bueno y ver si así conseguía retrasar un poco lo de irse a la cama a dormir.

– ¿Te has frotado bien los dientes? – le preguntó ella.

– Sí, mira – le acercó la boca a la cara y le echó el aliento. El olor a fresco y a chicle de fresa mezclados la convencieron de que el pequeño había hecho lo que decía.

– Muy bien. Así me gusta. Ahora, a dormir. Mañana tenemos que levantarnos pronto si queremos ir al parque con la bici.

– ¿De verdad iremos al parque mañana?

– Claro. Papá nos va a llevar a un sitio muy bonito para pasear en bici, ya verás. Pero tienes que acostarte ya o si no, mañana, no te querrás despertar pronto.

– Pero es que no tengo sueño, mami.

– Pues cierra los ojos y piensa en las cosas que harás mañana. Ya verás cómo te duermes.

– Pero, ¿dejarás encendida la luz del pasillo?

– Está bien. Pero sólo un rato.

– Vale.

Y Dani se fue a la cama.

Dejó la puerta entreabierta, vigilando con el rabillo del ojo, bajo sus sábanas de superhéroes, que la luz del pasillo no se apagara.

Fuera, por la ventana, la noche era oscura. No había luna, pero sí algunas estrellas que temblaban a lo lejos, como cogiendo carrerilla para lanzar su luz azul lo más lejos posible.

Dani echó una ojeada rápida a su habitación apagada, con aquella línea de luz del pasillo que se colaba por la puerta entreabierta.

Había silencio. Papá y mamá leían en el salón. Siempre lo hacían antes de acostarse, un rato. Dani pensó que aprendería a leer para poder acompañarles, allí, en silencio, con la luz encendida, hasta que le diera sueño.

De repente, por la ventana, se coló una luz que proyectó una sombra sobre la pared, enfrente de la cama. Era una sombra alargada y alta, como de garra, que se movía junto con la luz, hasta desaparecer de nuevo. Dani se escondió debajo de la sábana y cerró fuerte los ojos. Al cabo de un rato volvió a abrirlos.

Alguien había apagado ya la luz del pasillo. Aquel haz luminoso que le mantenía a salvo antes de dormir ya no estaba. Por debajo de su puerta podía ver sombras moverse, acercándose, alejándose… ¿Serían sus padres yéndose a la cama o alguien que le vigilaba? Empezó a contar ovejas, pero al llegar al número seis se le habían olvidado el resto de números y seguía mirando bajo la puerta. Podía ver sombras arrastrándose por el suelo, amenazantes. Miró al cuadro de luz mortecina y fría que se colaba a través de la ventana sobre la pared frente a la cama. Allí también se asomaban sombras que se movían, bailaban, miraban a través de la ventana… Quería ir al dormitorio de sus padres. Allí seguro que no habría sombras ni monstruos.

Entonces oyó un “bzzzzzzzzz, bzzzzzzzz” a su alrededor. Notó algo pequeño pasándole cerca de la nariz, dejando sobre ella una brisa pequeñita. Intentó seguir el zumbido con la mirada y, al cabo de unos segundos, oyó un “cloc” seco. Luego volvieron unos “bzzzzz” cortos y unos “plop” suaves. “Bzzzzzzzz, bzzzzzzzzz, plop, bzzz, plop, plop, bzzzzzzzz…” Venían de la ventana. Dani se levantó y se dirigió a ella.

Ahora ya no veía sombras terroríficas. Estaba intrigado por aquel zumbido entrecortado que parecía chocar contra la ventana cerrada de su cuarto. Se acercó al cristal y observó con atención. Al cabo de unos segundos, cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a aquella luz apagada que venía de la calle y las farolas lejanas, pudo ver, sobre el cristal, una pequeña abeja regordeta, con pinta de cansada, que movía sus pequeñas alas como para darse aire, haciendo un suave “bzzzzzz, bzzzzz”…

– Vaya, – le susurró Dani – parece que quieres salir, ¿no? Tendré que abrirte antes. Las abejas no pueden atravesar cristales.

– Pero, ¿quién puede endurecer al aire y ponerlo en medio del camino, sin señalizar ni nada?

Era una voz pequeñita que venía justo del sitio en el que estaba posado el pequeño insecto amarillo y negro.

– ¿Quién ha hablado? – dijo Dani, que empezaba a asustarse de nuevo.

– ¿Cuántos más hay aquí aparte de ti y de mí? – dijo de nuevo aquella vocecita.

– Pero…, pero… ¡¡las abejas no hablan!!

– Ni el aire se pone duro, y aquí estoy, posada en él, intentando romperlo para atravesarlo. Me esperan en mi panal y llego tarde.

Dani no podía creerlo. ¡¡Tenía una abeja en su ventana que hablaba!!

– Las abejas no hablan – volvió a repetir.

– Claro que hablamos, salvo que no nos entendéis.

– ¿Y por qué yo sí?

– ¿Qué se yo? ¿Tengo pinta de saberlo? Estoy tan sorprendida como tú. Pero, ¿puedes hacer desaparecer este aire duro para que pueda seguir mi camino, por favor?

– Vaaaaale, vale. Te abriré la ventana. Espera.

– ¿La qué, dijiste?

– La ventana. No hay ningún aire duro. Se llama cristal, y es transparente.

– Sólo los humanos sois capaces de inventar algo así, tan peligroso.

– No es peligroso…, si sabes dónde está. Es verdad que a veces no se ven. En el cole, cuando limpian los cristales, de vez en cuando nos damos cabezazos contra ellos porque no los vemos y creemos que están abiertos.

– ¿Lo ves? Un invento desastroso. Por cierto, ¿qué haces despierto todavía? ¿No deberías estar ya durmiendo?

– No puedo dormir. Hay demasiadas sombras cerca.

– ¿Demasiadas sombras? ¿Qué estás diciendo?

– Sí. Las veo en la pared, debajo de la puerta, sobre la silla… ¡y me dan miedo!

– ¿Te dan miedo las sombras y no esteee…, cómo dijiste que se llamaba… ¡cristal!?

– Pero el cristal no da miedo.

– Ni las sombras. Todo lo que es sólido tiene sombra dependiendo de la luz que le dé.

– ¿Qué significa eso?

– Vaya, vaya, vaya… Así que tenemos a un humano al que le dan miedo las sombras, ¿eh? Muy bien. El panal esperará un poco más. Vamos a arreglar eso. ¿Cómo te llamas, pequeño?

– Me llamo Dani.

– Muy bien, Dani. Yo soy Nyuki y te voy a enseñar por qué no hay que tener miedo de las sombras. ¿Tienes una linterna?

– Sí. Pero papá y mamá no quieren que la use muy tarde.

– No te preocupes. No verán que la usamos. Confía en mí. ¿Has volado alguna vez?

– No.

– Bueno, espero que no te den miedo las alturas.

Nyuki se despegó del cristal, se posó sobre el hombro de Dani y le dijo:

– Coge la linterna y, cuando estés listo, te sientas en el suelo, cierras los ojos y no los abras hasta que yo te diga, ¿vale?

Dani asintió con su cabeza. Cogió la linterna de uno de los cajones de su escritorio, se sentó en el suelo y cerró los ojos.

Al cabo de unos instantes notó que una brisa suave le revolvía el pelo.

– Muy bien. Ya puedes abrir los ojos.

Cuando lo hizo, se dio cuenta de que ya no estaba en su habitación. Era de día y estaba sentado en un suelo de mimbre, igual que la cesta que usaba la abuela cuando iba a recoger setas al campo. Es más, se sentía como si estuviera dentro de esa cesta de la abuela, porque todo alrededor suya, las paredes, eran del mismo material. Miró un poco más arriba y puedo ver un globo inmenso sobre su cabeza, con una gran hoguera ardiendo debajo de él, y el cielo azul.

– ¿Dónde estamos? – le preguntó a Nyuki, que seguía posada en su hombro.

– Puedes ponerte de pie, si quieres. Estamos en un sitio seguro. No te preocupes.

Pero Dani no era todavía muy alto, así que las paredes de aquella cesta gigante eran más altas que él. Miró alrededor y pudo ver que había algunos agujeros abiertos en la canasta. Se acercó a uno de ellos y miró fuera…

– ¿¡Estamos volando!?

– Eso es. Los humanos no tenéis alas, un fallo de diseño por vuestra parte, pero habéis inventado cosas para poder volar. Esto es un globo, y es silencioso y muy seguro.

Dani se dio cuenta de que aquello no le daba miedo. Al contrario, le gustaba.

– Muy bien – dijo la abeja – ahora fíjate bien en todo lo que ves abajo. Árboles, postes de la luz, pájaros… ¿verdad?

– Sí.

– ¿Ves sus sombras debajo de ellos?

– De los pájaros no.

– Claro, los pájaros están muy lejos y son pequeños, por eso no ves sus sombras, aunque sí la tengan. Los árboles, sin embargo, son más grandes y puedes ver su sombra, aunque sea pequeñita. Todo es cuestión de distancia y de tamaño. Ahora tira de aquella cuerda que ves allí, detrás de ti.

Dani cogió la cuerda, tiró, y el globo empezó a descender lentamente con un “psssssssssssss” que salía de arriba del todo.

– Ahora vas a ver cómo las sombras irán agrandándose conforme nos vamos acercando a los árboles. Vamos a aterrizar y te enseñaré algo más.

Cuando el globo se hubo posado sobre el suelo, Dani usó una escalera que había apoyada sobre una de las paredes de la cesta y saltó a tierra.

Estaban en un valle verde, lleno de árboles que se mecían suavemente con el viento. Alrededor había pájaros que revoloteaban alegres por todas partes, un riachuelo con agua transparente y una pequeña cueva bajo una pequeña montaña.

– Observa a tu alrededor, Dani. Todo tiene sombra. Si hace aire, las sombras de los árboles se moverán igual que se mueve la tuya si vas de un lado a otro, siguiéndote. Si miras al suelo, verás muchas hormigas. No ves sus sombras porque las tapan las hierbas que tienen sobre ellas, pero si alumbras a alguna con tu linterna, verás su pequeña silueta en el suelo.

Dani sacó la linterna del bolsillo del pantalón de su pijama y la apuntó sobre una de las hormigas que vio en el suelo. Allí estaba, una pequeña sombra apareció debajo del insecto que, por un momento se quedó paralizado hasta que…

– Oye, – gritó, enfadado – ¿quieres apartar esa luz de mí? ¡Hace un calor insoportable!

– ¡Perdón, amigo! Sólo ha sido una pequeña prueba – respondió Nyuki desde el hombro del pequeño.

Dani apagó de inmediato la linterna y se puso en pie.

– ¿También hablan las hormigas?

– Claro. Todos los seres vivos hablan…, a su manera. Sólo que vuestros oídos no están preparados para oírlos.

– Pero yo os oigo ahora.

– Esta noche es especial. Cuando pase, probablemente dejes de oírnos, así que espero que lo recuerdes, al menos.

– Vale.

– Ahora te enseñaré lo último que quiero que veas por hoy. Vamos a aquella cueva.

Cuando entraron estaba fresco y oscuro. Apenas podían ver más allá de la entrada, pero dentro se oía como si alguien se hubiese dejado un grifo goteando.

– ¿Ves? Cuando no hay nada de luz, no hay sombras. Ahora enciende la linterna de nuevo.

Dani encendió la linterna. Estaban en una cueva amplia, alta, como una bóveda. Había estalactitas y estalagmitas por todas partes, y el suelo estaba húmedo, pero era liso.

– Observa lo que ocurre si apuntas la luz de la linterna hacia cualquier sitio. Por ejemplo, ¿ves aquella aguja de piedra que sale del suelo? Alumbra hacia allí y mira la sombra.

Cuando la luz de la linterna chocó contra la estalagmita, apareció una sombra inmensa contra el techo abovedado de la cueva, moviéndose conforme Dani movía la luz de su mano.

– ¿Ves lo grande que es? Sólo es así porque la luz que la ilumina está lejos y amplia su sombra. Vamos acercándonos poco a poco, verás cómo va haciéndose cada vez más pequeña.

Conforme andaban hacia la roca que salía del suelo la sombra empezó a reducirse. Cuando llegaron a su lado Dani pudo comprobar que aquella aguja de piedra que tan grande parecía por su sombra, no le llegaba más que a la cintura.

– Ahora vamos a divertirnos un poco. Aléjate un poco. Voy a posarme justo encima de esa piedra. Cuando yo te diga, apunta la luz de la linterna hacia donde esté yo, ¿de acuerdo?

– Vale.

Nyuki voló hasta el pico de la roca, dio la señal a Dani y este apuntó la luz de la linterna hacia donde estaba la abeja.

– Obseeeeerva lo inmensa que soy – dijo Nyuki intentando poner voz de monstruo terrorífico.

En el techo de la cueva una inmensa sombra de abeja se proyectaba sobre todas las estalactitas. Se podían distinguir sus patitas diminutas como enormes patas peludas, sus antenas finitas como gigantescas extremidades que se movían a un lado y a otro…, todo era inmenso.

– Ahora, deja la linterna en el suelo y acércate aquí.

Dani hizo lo que le decían y enseguida fue su sombra la que se hizo gigantesca.

– ¡¡Ualaaaa!! Soy un gigante.

Nyuki salió volando y empezó a pasar por delante de la linterna, como si huyera.

– ¡¡Un gigante me persigue, qué horror. Socorroo!! – gritaba poniendo voz de asustada.

Dani agitaba sus brazos mirando su sombra gigantesca sobre la pared…

– No te escaparás de mí, maldito monstruo – decía mientras hacía como si tratase de atrapar a la abeja gigante que volaba ante él y se reía…

La abeja sobrevoló por encima de la linterna y, con sus pequeñas patitas, hizo que se balanceara un poco. Las sombras empezaron a bailotear en las paredes de la cueva…

– ¡¡¡Terremotoooooo…!!! Huyamos de aquí – gritó. Y siguieron jugando con sus sombras durante un buen rato…

– Muy bien, – dijo entonces Nyuki – creo que es hora de volver. No queremos que papá y mamá se preocupen, ¿verdad?

– No.

Salieron de la cueva. Fuera seguía siendo de día. El sol brillaba en un cielo azul limpio y sin nubes. Corría una brisa fresca y agradable que hacía que las hierbas se agitasen suavemente. Dani empezó a distinguir sus sombras, e incluso pudo ver alguna fugaz de algún pájaro que revoloteaba por allí.

Ambos subieron de nuevo al globo y este empezó a elevarse. Su sombra se iba haciendo más y más grande conforme iba subiendo, hasta que desapareció mientras se iban haciendo pequeñitos los árboles y todo lo que quedaba abajo.

Dani guardó su linterna en el bolsillo del pantalón del pijama, se sentó en el suelo de la canasta del globo y pensó en todo lo que le había enseñado su amiga Nyuki.

– Ahora tienes que cerrar los ojos para volver a casa. Ya sabes que las sombras no son más que proyecciones de algo que se pone delante de una luz. Que sea grande o pequeña depende de las distancias. Pero recuerda, una sombra jamás, jamás, podrá hacerte daño.

Dani cerró sus ojos mientras escuchaba las palabras de la abeja. Al cabo de unos instantes dejó de oír el siseo suave del aire del globo y notó que estaba sentado en algo más duro. Una leve brisa y un pequeño “bzzzzzzzz” le pasaron por delante de la nariz. Abrió los ojos.

De nuevo estaba en su habitación, y seguía siendo de noche. Alrededor había sombras, pero ya no le daban miedo. Buscó a Nyuki por la habitación y vio a la pequeña abeja posada sobre el cristal de la ventana. Se acercó.

– Estás aquí. Tendrás que irte rápido, porque vas a llegar tardísimo al panal.

La pequeña abeja soltó un par de “bzzzz, bzzzzzz” con sus alitas y se mantuvo quieta y en silencio.

– Vale. Yo sé que puedes hablar, pero a lo mejor ya no puedo escucharte. Ojalá podamos jugar de nuevo algún día. Me ha gustado mucho conocerte.

Abrió la ventana. La abeja dudó un poco, pero, al final, alzó el vuelo y salió afuera rumbo a su destino. Dani la siguió con la mirada. Antes de alejarse del todo, vio que daba la vuelta, volvía hacia la habitación, le daba un par de pasadas por encima de su cabeza y se posaba un momento en su hombro. Escuchó un susurro:

– Seguiremos hablando en tus sueños, pequeño gran Dani. Se bueno.

…y se marchó. En ese momento, un coche pasaba por la calle frente a su casa e iluminaba unos segundos un pequeño árbol que había plantado en la acera mientras pasaba cerca de él. Dani miró la pared de su cuarto y vio una sombra que se movía, con forma de garra inmensa. Echó de nuevo un vistazo al pequeño árbol, sonrió, cerró la ventana y se fue a la cama.

A la mañana siguiente mamá fue a despertarlo temprano.

– ¡¡Buenos días, dormilón!! ¿Cómo has dormido?

– Muy bien, mamá.

– ¿Listo para las bicis?

– ¡¡¡Sííííííí…!!!

Se encontraba extrañamente descansado. Se levantó rápidamente y se dirigió al baño.

– ¿Por qué llevas la linterna en el bolsillo del pantalón?

No se había dado cuenta, pero seguía llevándola encima tras su aventura con su amiga la abeja.

– Me quedé dormido con ella – improvisó.

Después de lavarse, vestirse, preparar las cosas y desayunar, estaba listo para pasar un día de excursión con papá y mamá. Pero antes de salir se acordó de algo:

– Un momento – dijo. Y volvió a su cuarto.

Cogió una hoja de papel y escribió en letras grandes:

“¡ATENCIÓN, ABEJAS. AIRE DURO. PELIGRO. NO INTENTAR ATRAVESAR!”

…lo pegó en el cristal y salió de nuevo. Ninguna abeja volvería a chocarse contra su ventana.

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