Sí, esto es El Pito, Asturias, España. Son alrededor de las cinco de la madrugada. Lo que rompe el silencio es la brigada de homicidios, completada con detectives y periodistas. Los chicos del CNI parece que también están en camino. Han informado de un posible crimen en la Quinta del Palacio de los Selgas. Rápidamente saltará a Tuiter, lo dirán en las noticias matinales de la radio y saldrá en la televisión, porque el protagonista es un ministro. Uno de esos nuevos ministros tan populares.

Pero antes de que lo oigan tergiversado y magnificado, antes de que los tuiteros empiecen a escribir, quizá quieran conocer los hechos, los verdaderos. Si es así, han elegido bien.

Ya ven que se ha encontrado su cuerpo tirado en una de las salas del palacio, cerca de un ordenador con conexión a internet, y una tarjeta junto a su mano. Lo que extraña a todos los presentes es que el cuerpo está totalmente despellejado, pero no hay ni una gota de sangre por ninguna parte.

Él siempre fue un ministro popular. Le gustaba interactuar con la gente a través de las redes sociales. Bien es cierto que su cartera tampoco era de las importantes: «Relaciones internáuticas». Nadie sabía muy bien en qué consistía ni cuánto le costaba al bolsillo del contribuyente, pero habían conseguido un ministro atractivo, de edad madura, que caía bien y no se metía en líos. Siempre con buena presencia, cercano, divertido… Y eso les hacía ganar votos.

Parece que acaban de llegar los chicos del CNI. Se les ve con prisa por acercarse al cadáver y examinarlo antes que nadie. No han traído forense ni juez. Tampoco parece que vayan a venir. Están apartando a los detectives y la policía. Uno de ellos, ataviado con guantes de látex, agarra la tarjeta que tiene el cadáver en su mano y la escudriña a la luz del amanecer que se va colando por las ventanas poco a poco.

– Este tío es gilipollas – exclama mientras observa el trozo de plástico semi transparente que ha puesto delante de sus ojos y mira al trasluz. Y continúa – Está bien, ¿dónde están los camilleros? Recojan al señor ministro y llévenlo al depósito. Allí seguiremos haciéndole pruebas.

Nadie se interpone. Nadie dice nada. Hace ya tiempo que el CNI hace y deshace a su antojo, y luego es su versión de los hechos la que se difunde, sin cortapisas.

Uno de ellos se acerca a un periodista que fotografía algo en el suelo. Parece una bola arrugada de color marronáceo. Lo recoge y lo mete en una bolsa de pruebas.

– ¿Es látex? – pregunta el fotógrafo.

– Lo investigaremos. Tendréis vuestros datos en unas horas.

Retrocedamos algunos meses, hasta el día en que todo empezó.

Vivía en un pequeño ático en una pequeña ciudad de provincias. Las cosas no iban bien del todo. Hacía meses que no tenía un cliente importante. Alimentarme de chocolatinas y ensaladas envasadas tampoco me estaba ayudando mucho.

Me dedicaba al posicionamiento y la optimización de empresas en internet; lo que conocen todos como un SEO. Y no se me daba mal. Las últimas que habían contratado mis servicios vieron incrementada su popularidad en muchos puntos porcentuales, amén de estar situadas, siempre, en los dos o tres primeros puestos en los buscadores de internet.

Pero aquí estaba, en mi pequeño castillo, en bata, esperando que alguna empresa requiriese de mis conocimientos, sin éxito.

Aquellos hombres del gobierno que llamaron a mi puerta aquella mañana dijeron que el tiempo había llegado. Que por fin iba a desarrollar el papel para el que se me había preparado. Pero no sabía de qué hablaban.

– Vístete. Tenemos que irnos – dijeron en tono frío y autoritario.

– ¿Dónde vamos? ¿Quiénes son ustedes?

– No vas a ser SEO toda tu vida. No es tu cometido.

– ¿Cómo saben a qué me dedico?

– También sabemos lo de tu verruga en el muslo derecho y esa manía de ponerte crema en las arrugas de los ojos. Porque aún no sabes que no te hace falta. Todo es mucho más fácil.

– ¿Quiénes son ustedes?

– Ven con nosotros. Tienes que empezar a ponerte al día. No hay tiempo que perder. El gobierno se va a reestructurar esta noche. Debes estar preparado.

Miré por la ventana. Abajo había un par de patrullas de la Policía Nacional y una furgoneta oscura esperando algo…, o a alguien.

– Tengo que recoger todo esto, hacer el equipaje, mi ropa… – dije en un intento de detener aquella situación que no controlaba en absoluto.

– Nada de esto te va a hacer falta ya. No te preocupes.

Aquellos dos hombres parecían dispuestos a llevar a cabo su misión, fuera cual fuese, sin importarles si yo estaba de acuerdo o no.

– Te lo explicaremos todo por el camino. Sólo vístete. No querrás aparecer en las noticias en gayumbos…

Diez minutos más tarde, estábamos en la parte trasera de la furgoneta negra con apariencia de despacho. Una mesa en el centro del espacio, un asiento de tres plazas frente a ella, un par de pantallas de televisión, altavoces…

– Muy bien, ¿alguien me explica ya qué hago aquí y qué quieren de mí?

– Vas a ser ministro.

– ¿¡¡Cómo!!?

– Esta tarde será tu nombramiento.

– Pero…, deben estar locos o haberse confundido de persona. Yo no puedo ser ministro. Tengo mi negocio…

– ¿Crees que tienes un negocio? ¿Acaso piensas que las empresas que te han contratado existen? Sólo hemos hecho lo necesario para crearte un mínimo currículo para la opinión pública. Un ministro sin oficio no ofrece ninguna credibilidad.

– ¿Están diciendo que todos mis negocios no han sido más que montajes? ¡¡Esto es el colmo…!!

– ¿Cuáles son tus más lejanos recuerdos?

Aquella pregunta me pareció ofensiva.

– Puedo recordar mucho de mi infancia. ¿Dónde quiere ir a parar?

– ¿Por ejemplo aquella vez que vomitaste por la ventanilla del coche recién comprado por tu padre mientras lo estrenabais, el día de tu sexto cumpleaños?

– ¿Cómo demonios sabe…?

Mientras lo relataba, apretó un botón en alguna parte del asiento, y una pantalla emergió del centro de la mesa mostrando exactamente esa imagen, como a través de mis ojos.

– ¿Qué broma macabra es esta?

– No es ninguna broma. Este eres tú. Nosotros fabricamos tus recuerdos, pero jamás los viviste.

Algo se quebró dentro de mí. Y grité. Grité todo lo que pudo mi garganta.

– ¡¡Paren inmediatamente. Quiero salir de aquí!!

– No puedes hacerlo.

Y aquel tipo sacó un revólver de alguna parte de su chaqueta. Me apuntaba al pecho.

– Ni te imaginas la de privilegios de los que vas a gozar a partir de ahora, sin ser… como nosotros.

No pude contestar a aquella afirmación. No sabía qué había querido decir.

– Por supuesto que no soy como ustedes. Ustedes están locos.

– En eso tienes razón. A nadie dentro de sus cabales se le podría haber ocurrido usar a alguien como tú para esto. Pero los estudios dicen que es el momento de utilizarte; de utilizar el potencial que te hemos dado. La imagen es lo más importante, y mientras haya, al menos, un ministro con capacidad de conectar con el pueblo, el poder está asegurado. A la plebe le gusta que los dominen, pero con una cara amable y cercana. Alguien… de entre ellos.

– ¿Y si no acepto? ¿Y si acepto y no sale bien?

– Saldrá bien. El pueblo es dúctil… y estúpido. Se dejan engañar con facilidad. Además, tenemos la solución para que no tengas que usar esas cremas horribles que usas para tus patas de gallo.

Sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y me la dio. Era anaranjada, semitransparente, sin ningún distintivo aparente, salvo un pequeño número marcado en la esquina inferior.

– ¿Qué es esto?

– La solución a tus problemas.

Apoyó el cañón de la pistola contra mi pecho y me dio una toalla.

Noté que su dedo índice comenzaba a ejercer presión sobre el gatillo del arma, y vi cómo el martillo iba separándose a la vez que el bombo giraba para colocar la bala en el hueco de salida. El terror me había dejado petrificado. Noté como una llama ardía dentro de mí y me salía por todos y cada uno de los poros de la piel, pero no podía reaccionar ni respirar. Agarraba la toalla con una mano y la tarjeta con la otra, pero era como si no estuviese allí; como si no fuese yo el sujeto de aquella acción. Dicen que cuando vas a morir, toda tu vida pasa por delante de tus ojos. Yo no pude ver imagen alguna. Nada. No había recuerdos.

Hubo una detonación seca y humo y olor a pólvora. Sentí algo atravesarme el pecho, caliente, y un empuje hacia atrás que me apretó contra el respaldo del asiento. Luego, silencio. No respiraba, pero no había dolor. Alguien cogió mi mano, la de la toalla, y la apretó contra el agujero del pecho.

– ¡¡Maldita sea!! – dijo el chófer mirando por el retrovisor – ¡¡habéis jodido la tapicería, seguro!!

– Muy bien, puedes respirar. No ha sido nada – dijo el de la pistola mientras me golpeaba la cara con la palma de su mano.

Pero no podía reaccionar. No tenía muy claro qué había pasado.

– Está bien. Te lo enseñaré.

Cogió la pantalla que estaba sobre la mesa, la acercó, tecleó algo y la puso delante de mis ojos. Luego condujo mi mano, la que aún sujetaba la tarjeta, y la posó sobre una página en concreto que había abierto. Algo sonó dentro de mí, y podía oírlo perfectamente; como si se llenara algún hueco vacío, un siseo…

Sentí que volvía a respirar, aunque tenía la sensación de que no me hacía falta. Parpadeé un par de veces y miré a mi pecho. La camisa tenía un inmenso agujero por el sitio por el que se suponía había salido la bala, pero detrás, mi cuerpo, estaba totalmente incólume.

– ¿Qué demonios ha pasado aquí? – pude articular, al fin, aún un poco tembloroso.

– Mira detrás de ti.

Me aparté del respaldo del asiento y allí estaba el agujero de bala. Seguí con la vista la dirección y, detrás del todo, tras chocar contra la puerta, pude verla, en el suelo: la bala que aquel tipo había disparado contra mí de manera tan fría.

– Esa tarjeta te mantendrá siempre en perfecto estado, siempre listo. Siempre con la apariencia correcta.

– Pero…, pero… ¿nadie va a explicarme nada? ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí? ¿Qué soy yo? ¿Por qué?

Sería muy tedioso contarles las casi dos semanas que me costó aceptar todas aquellas revelaciones repentinas. Parece que los semihumanos eran más comunes de lo que nadie conocía, y sólo los gobiernos poseían la tecnología necesaria para utilizarlos. La opinión pública era totalmente ajena a aquello. Se generaban los sujetos que podían hacer falta para determinados puestos, y alguien con pocos escrúpulos podía usar a uno de ellos…, de nosotros, en beneficio propio. Y perpetuarse en el gobierno era una de esas opciones. Porque a la gente le gustaban los políticos cercanos, con buena presencia, sin aspavientos… y estos eran los que ganaban elecciones, por más desastrosa que hubiese sido la labor de gobierno. Habían conseguido adormecer a la opinión pública lo suficiente como para aceptar una broma como disculpa por el escaso empleo, o la pobreza estructural.

Y se me daba bien aletargar a las masas. Por eso, tras algunos meses en el ministerio, habían decidido comprar mis voluntades con aquel Palacio de los Selgas. Un conjunto arquitectónico y residencial con inmensos jardines, hermosas fuentes, habitaciones y salas dignas de los más altos mandamases del planeta… Allí iba a pasar mis vacaciones, alejado de todo el mundo, en aquel pueblo de apenas noventa habitantes.

Y aquí estaba cuando ocurrió todo esto. Nadie me advirtió de que la tranquilidad tiene sus pequeñas contrariedades.

Aquella mañana me había levantado temprano, como siempre. Iba a ofrecer una rueda de prensa para informar de que había empezado mis vacaciones de verano, así que cogí mi tarjeta transparente y me dispuse a arreglar un poco mis ojeras. Sólo un mínimo estiramiento, sin que se notara nada extrañamente exagerado. Había aprendido a ser muy cuidadoso con aquello a base de cometer errores.

Pero el proceso estaba en marcha cuando se perdió la conexión a internet. Y no pude pararlo. Sentí que la piel se me ponía tensa por momentos y no se detenía. Al cabo de cinco minutos oí resquebrajarse algo, como una tela rompiéndose, detrás de mi nuca. Lo último que pude ver fue una bola de piel saliendo despedida de mi propio cuerpo. Luego perdí las fuerzas y me derrumbé contra el suelo.

Supongo que el CNI se dio cuenta del asunto cuando volvió la conexión, pero no sé cómo llegó a enterarse la prensa. Muchos, en el propio gobierno, recelaban de mi popularidad. Probablemente alguien dio un soplo.

Creo que mis días como ministro han terminado. Espero, al menos, que acepten reconstruirme un rostro nuevo para poder seguir viviendo. Supongo que me eliminarán todos los recuerdos de estos últimos meses. Me muero de ganas por saber cómo van a explicar todo este asunto a la opinión pública.

Al menos ustedes ya saben la verdad.