Cuando Gregorio Sánchez se despertó de la siesta después de un sueño intranquilo, se encontró con una luz intensa que le impedía abrir los ojos del todo. Intentó cubrirse la cara con su brazo, pero descubrió que tampoco podía moverse.

Aún estaba apenas despertándose, así que achacó a ese estado la falta de fuerzas. Por otro lado, la brillante luz que le golpeaba el rostro le impedía ver a su alrededor con nitidez. No conseguía enfocar los objetos que le rodeaban, sólo intuir siluetas y sombras. Distinguía sobre sí un techo colorido, borroso, y esa luz cegadora, como de foco.

Su cerebro tampoco estaba a pleno rendimiento, así que menos aún recordaba dónde se encontraba. Estaba seguro de estar tumbado, o esa sensación tenía, sobre su espalda. Movió la cabeza a ambos lados para asegurarse de que aún estaba en su sitio y de que podía dominarla. Luego la elevó un poco para tratar de ver su cuerpo y comprobar que todo lo demás se mantuviera tal y como siempre había estado.

Seguía viéndolo todo como cubierto por una gasa blanca que flotara en el aire, pero sí creyó distinguir algo que hizo que se le acelerasen las pulsaciones y que su organismo generara dopamina como para ahogarse en ella.

Intentó recordarse a sí mismo en su día a día. Su escasez de pelo, su incipiente barriga de cincuentón acomodado, su torso alfredolandiano, su gusto irrenunciable por las mujeres, el amor por la suya propia y sus tres hijas, sus cervezas en el bar con los amigos, su pasión por el baloncesto a pesar de su corta estatura…; seguía siendo él, al menos en su cabeza.

Pero, ¿qué había pasado durante la siesta? Porque aquello era claramente una siesta. Sentía en su rostro el aire caliente y líquido de la media tarde, lamiendo su cara, pero, a la vez, estaba extrañamente fresco.

Cerró los ojos para tratar de despertarse del todo; hacer que su cerebro comenzase a arrancar la maquinaria. Necesitaba volver a la realidad lo antes posible; salir de aquel extraño duermevela que no le dejaba moverse. Pero quiso asegurarse de que había visto lo que creía haber visto, así que entreabrió los ojos lo suficiente como para que aquella luz no le cegase la visión, pero sí poder distinguir, al menos, siluetas borrosas; y volvió a levantar un poco la cabeza de la superficie dura donde la tenía apoyada.

No había duda. Aún lo veía todo borroso, pero estaba seguro de haber visto aquello: dos pechos enhiestos de mujer habían aparecido donde antes había unos pectorales rollizos y blandos de hombre.

¿Qué había pasado durante la siesta? ¿Cómo había ocurrido aquello? Estaba claro que podía ser un sueño del que no había salido todavía, pero, ¿por qué podía oír conversaciones alrededor si ponía algo de atención? ¿Por qué sentía la temperatura del lugar, aunque sólo fuese en la cara?

Intentó mover las manos y sintió que sus dedos respondían con algo de esfuerzo, pero empezaba a notar su propio cuerpo.

«Al menos he perdido la barriga» pensó intentando darle un poco de humor a aquella situación que le tenía la imaginación dando vueltas a muchísimas revoluciones; tantas que se sentía mareado.

¿Qué pasaría con su mujer, con sus hijas? ¿Cómo podría presentarse ante ellas? Es más, ¿le reconocerían? Porque, le había cambiado el cuerpo, pero, ¿y la cara? ¿Se habría convertido en una mujer calva? Porque no notaba nada distinto en su cabeza. Sentía el aire como siempre, resbalando por su cráneo como desde hacía años.

¿Qué ocurriría ahora con su vida? ¿Cómo se presentaría de nuevo en su trabajo, ante sus amigos? ¿Cómo lo explicaría todo?

«¿Y si he querido operarme?», pensó. «Esta luz tan intensa en la cara podría ser el foco del quirófano, y la anestesia es lo que hace que no pueda moverme aún y siga atontado, sin poder pensar con claridad.»

Pero no recordaba haber querido operarse jamás. Estaba cómodo con su cuerpo, con sus kilos, con su pecho peludo… Entonces, ¿cómo había llegado a aquella situación?

Sentía que su cerebro iba despertando y cada vez distinguía más voces alrededor. Oía a su mujer, a su cuñado, a sus hijas algo más lejos… Estaba rodeado de su familia, pendientes de cómo había resultado aquello…, eso pensaba en su interior.

Logró mover un poco la cintura y notó algo de fresco rozándole el vientre. Tosió un poco y pensó que tampoco la voz le había cambiado. ¿Qué chapuza era aquella? Ni siquiera habían hecho bien el trabajo.

– Se está despertando -oyó Gregorio a su lado. Abrió un poco el ojo derecho, pero seguía sin poder ver con claridad, tanta luz de frente…

– Gregorio, estás preciosa – dijo otra voz. Era su mujer. La oía cerca, a su lado.

Y entonces, de repente, su cerebro arrancó y se puso a funcionar de golpe. Abrió los ojos y volvió a levantar un poco la cabeza para mirarse. La luz del sol le cegó unos instantes, pero pudo contemplar aquel cuerpo que tenía bajo su cuello. Efectivamente, ante él pudo intuir dos hermosos pechos, redondeados, firmes, que alguien había tenido la delicadeza de tapar con una pieza de bikini; y, algo más abajo, su barriga había dejado lugar a un vientre plano, de curvas suaves y sinuosas. No cabía duda: aquel cuerpo era de mujer. Y estaba muy bien hecho.

Gregorio apoyó de nuevo la cabeza en la superficie, cerró los ojos y…

 – ¡¡Qué hijos de…!! – exclamó. Entonces pudo ver, como en una pantalla de cine, el tráiler de aquel día.

Recordó cómo se preparaba, por la mañana, muy temprano, para salir. También estaban su mujer y sus hijas, visiblemente nerviosas. Luego imágenes de todos en el coche, yendo al encuentro de su cuñado y su hermana. Más tarde fueron imágenes de ambos automóviles buscando aparcamiento. Bajar de ellos y cargar algunas bolsas y macutos…, y sombrillas, y neveras…

Más imágenes: comida en el chiringuito, la copa de la sobremesa, la tertulia, las niñas «papá, nos vamos a la orilla a hacer castillos», y él «está bien, pero nada de bañarse todavía. ¿Os habéis puesto la crema?», y luego, el último momento que recordaba antes de su transformación: «vosotros haced lo que queráis, pero bajito. Yo me voy a echar una siesta bajo la sombrilla».

Eso, empezar a roncar y que su cuñado comenzase a tapar su cuerpo con arena para poder esculpirle luego un cuerpo con curvas de mujer, fue todo uno.

Gregorio siempre había tenido el sueño muy profundo; en cuanto su cabeza rozaba la almohada o lo que fuera que tuviese debajo, su cerebro se apagaba, y el mundo con todos sus problemas quedaba tan en silencio como si se hubiese sumergido tres kilómetros en el océano.

Se removió con trabajo bajo toda aquella arena fresca que le cubría y, en unos segundos, su cuerpo redondeado y gelatinoso emergió como una serpiente mudando su piel.

– ¡Anda, que ya os vale…! – dijo mirando a todos mientras se ponía en pie sacudiéndose la arena del cuerpo.

– Tenías mucho mejor cuerpo en la superficie que bajo la arena, Gregorio. Reconócelo.

Y todos se rieron.

– Ya me vengaré en algún momento. Ahora voy a darme un chapuzón.

Y se alejó sonriendo y trotando hacia sus hijas, que le esperaban en la orilla.

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