– ¿Lo recuerdas? Todo esto era ciudad. Hasta donde alcanza la vista se levantaban edificios soberbios, calles abarrotadas, comercios… El asfalto lo ordenaba todo y lo ponía en su sitio; te llevaba donde querías, unía puntos distantes con la sencillez con la que corre el aire por entre los árboles de un bosque. Y los automóviles, siempre con su rugir acompasado, marcaban el ritmo del tiempo.

» Ahora sólo quedan ruinas, y la naturaleza está invadiéndolo todo. Pero es una naturaleza sucia, desordenada, sin brillo. Los insectos y los roedores campan a sus anchas por todas partes. En cualquier rincón hay ratas, cucarachas, moscas, mosquitos…

– ¿Echas de menos aquellos días?

– ¿Cuando había gente? ¿Cuando se vivía amontonados en rascacielos y se huía en vacaciones a lugares al aire libre para evitar que la polución jodiera los pulmones de forma definitiva? Sí, los echo de menos.

» Y también echo de menos el ruido de los camiones atravesando la ciudad, el chirrido agudo de sus frenos, el olor a motor de combustión, a gasolina quemada, el bramido de las motos acelerando… Ahora todo es tan silencioso. Apenas un zumbido apagado cuando los tráileres eléctricos llegan a repartir las mercancías. Ya casi no hay automóviles…, porque tampoco hay gente.

– Ni polución. Eso hemos ganado.

– ¿Qué importa ya? No hay nadie a quien pudiese afectarle ahora. Hace años que consiguieron lo que querían: dominarnos y que aceptásemos, sumisos.

»¿Cuánto tiempo hace que no oyes reír a un niño, o llorar? Primero fueron los pedagogos y sus teorías sobre la fragilidad de la infancia y la necesidad de tratar a los niños como si fueran de cristal; luego cambiaron los parques de tierra por esos engendros de suelos acolchados y juegos de colorines prefabricados, cada vez más pequeños y vallados. Más tarde, restaurantes y hoteles libres de infantes, mascotas por todas partes, humanización de los animales… Los pocos niños que llegaban a adultos, habían crecido frágiles, con eslóganes de calendario y frases coloreadas para ocultar su vacuidad, moldeables…

– ¿Qué ocurrirá ahora con los niños?

– Bueno, hace décadas que sólo nacen los que ellos quieren, los que necesitan. Trabajaron por liberar a la mujer, decían, para luego volver a esclavizarla. Ahora, sólo unas pocas pueden tener hijos. Ellos las eligen. Les arrancaron el instinto maternal y ahora sus hijos son para ellos; ellos los educan, les enseñan lo que necesitan que sepan, y los utilizan. Por eso no hay niños en la ciudad; por eso las ciudades se mueren, poco a poco, de tristeza.

– ¿Has vuelto a pasear por la ciudad?

– La última vez que lo hice fue hace meses. No pude soportarlo. El silencio es atronador, lastima los oídos. Te cruzas con gente a la que miras a los ojos, pero no ves nada detrás de su mirada. Y ni siquiera sabes si la sonrisa que muestran a través de sus mascarillas transparentes es suya o una maldita programación de software. Ya nadie habla con los tenderos; con los pocos que quedan. Ni siquiera los taxistas hablan contigo. ¿Te acuerdas? Siempre tenían una frase que decir, una conversación que desgranar, un chiste que contar… Me pregunto si alguien recuerda ahora, al menos, un chiste.

– Demasiados virus en el ambiente. La gente tiene miedo.

– A la gente le han inoculado el miedo. ¿Cuántas pandemias hemos soportado en los últimos cincuenta años? ¿Cuánta gente ha muerto? ¿Cuántas vacunas y aparatos de seguimiento nos han injertado? ¿Cuántos chips pueden circular por el torrente sanguíneo de alguien normal sin que le afecte al cerebro?

– Pero ahora vivimos más.

– ¿Y de qué nos sirve? ¿En qué consumes el tiempo de más que puedes vivir? No hay nada que hacer. No hay familia a la que visitar, no hay lugares a los que viajar, ni teatros a los que acudir. Sólo existes para producir, y cuando ya no produces, te desenchufan y se acabó. Es cierto, no hay dolor, pero ¿cómo distingues lo dulce si no conoces cómo sabe lo amargo? ¿Cómo disfrutas del arcoíris si antes no llueve?

– Al menos aquí estamos a salvo. Elena nos trata como a personas.

Cogió una pieza imantada de la silla en la que estaba sentado y la puso delante de su mascarilla.

– Elena no va a volver. Ayer encontré una nota en el bolsillo de su uniforme. Creo que quería que la encontrase.

– ¿Qué decía?

– No sé cómo lo habrá averiguado antes que ellos, ni cómo lo ha conseguido sin que se enteren. Es una chica lista. Espero que sabrá ocultarse y mantenerse a salvo. Dicen que aún hay sitios donde la gente es libre; donde hay seres humanos de verdad.

– ¿Se ha marchado? ¿Ha huido? Pero, van a ir a por ella.

– Conoce cómo funcionan. Ha trabajado muchos años para ellos. Sabe cómo piensan, cómo actúan. Sabrá defenderse. Sólo espero que no vaya sola. No en su estado.

– ¿Qué decía la nota?

– Decía que tenía que huir. Que estaba embarazada. No querrá darles a su hijo. ¡Pobre chiquilla! Ni siquiera sé cómo lo habrá conseguido ni cómo lo ha mantenido oculto para ellos, pero en cuanto lo sepan, la buscarán.

– Se volverán locos.

Alguien entró, de repente, en la estancia, abriendo la puerta de un empujón.

– ¿Quiénes se volverán locos?

– Cosas nuestras – respondió mientras volvía a colocar la pieza bajo la silla.

– Está bien, caballeretes. Hoy seré yo quien esté con ustedes. Elena no ha podido venir. Parece que tenía algunos asuntos que resolver.

– ¿Algo grave?

– No lo creo. Habrían saltado sus alarmas biológicas. Me pareció haber oído algo sobre una mudanza. Mañana nos enteraremos mejor. Ahora, si no estoy viendo mal, ustedes ya tienen las baterías recargadas completamente. Deberían levantarse de esos asientos si no quieren sobrecargarse. No queremos que sus chips de salud y sus placas de seguimiento biológico se estropeen, ¿verdad?

– Por supuesto que no. Ya estamos listos para volver a lo nuestro.

– Así me gusta. Con positividad. ¡¡Vaya, parece que se ha desprendido una pieza de una de las sillas!! Mandaré a repararla.

– Perfecto. Le seguimos. Vamos adentro.

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