Vuelvo a correr. Después de tres meses en el dique seco, por fin puedo hacerle algunos kilómetros a mis nuevas Brooks (sí, me autorregalé unas zapatillas nuevas por mi cumpleaños en diciembre y he tardado más de dos meses en estrenarlas). Por cierto, aún sigo, sin entender por qué les llamo zapatillas si en mi caso, siempre, les he llamado botines. En fin…
Está claro que el cuerpo tiene memoria, pero pierde las costumbres si las abandonas mucho tiempo. Cuando empiezo a correr mis piernas recuerdan la velocidad a la que lo hacían, pero el cuerpo enseguida avisa: «¿Qué haces, Orzowei? ¿Tú te crees que puedes volver a darme la misma caña que antes? Ahora me he habituado a la tranquilidad, así que…, menos lobos, Caperucita». Y ahí ando, trotando poco a poco, manteniendo ritmos, subiendo y bajando intensidad, controlando las pulsaciones… Supongo que todo es cuestión de tiempo, y paciencia. Nada de forzar, que uno ya no es un adolescente, aunque lo pretenda.

¿Y qué pasa con «Donde la luna duerme»? Igual que he retomado las carreras, he vuelto a mirar esta historia, ¡¡¡diez años después!!!
Sí. Hace ya diez años que soñé con ella, y he estado revisando lo que tenía escrito hasta ahora, por encima: once capítulos, catorce mil palabras más o menos, y el principio de una aventura que empecé a escribir y que ha estado en barbecho como unos tres o cuatro años. ¿La retomaré? Es posible. Me gustan los personajes, los escenarios, lo que está por pasar y lo que ya ha pasado…
¿Será bueno? ¿Quién lo sabe? Pero será una historia que ha crecido en mi cabeza y tal vez sea el momento de podar, regar y dejarla crecer, ahora que estamos en primavera. Ojalá al final del verano podamos tener, al menos, un árbol con ramas y flores.


