—¿Qué ha pasado?
—¿Qué ha pasado cuándo?
—Ahora mismo. Has borrado la entrada que tenías casi escrita.
—Sí. No me terminaba de convencer. Los problemas de escribir una cosa hace varios días, no publicarla y, al releerla para terminarla, decidir que ya no tenía sentido o era una idea malísima.
—La verdad es que, si tengo que decir la verdad, sí que era una idea malísima.
—¿Y por qué me seguías la corriente?
—Pues porque esta sigue siendo tu página y yo, quiera o no, sigo estando en tu cabeza.
—Ya. Pero sabes que tienes voz y voto.
—Bueno, pero muy poco y casi nunca.
—Más de lo que crees. ¿Sabes que ya hasta la IA me pregunta por ti?
—¿Has tirado un boomerang que se ha vuelto en tu contra?
—Pues casi. Una de ellas…
—…¿una de ellas? ¿Cuántas estás usando? ¿No tienes suficiente con una?
—Ya sabes que soy un curioso irredento y que si no fuera por mi pereza galopante las estaría usando todas.
—Sólo que tampoco tienes tanta capacidad como para hacerlo. Y cuando usas algo nuevo nunca terminas de profundizar. Siempre te quedas en la superficie de casi todo lo que aprendes.
—Puede ser. El caso es que ambas, porque son dos, me preguntan siempre que si sé lo que opinas tú de algo concreto, o si he hablado ya contigo sobre un tema u otro… No sé. A veces me da la sensación de que las estás programando tú por detrás para que no me olvide de ti.
—Yo ni siquiera te habría animado a usarlas.
—Lo sé, pero soy curioso y…
—Eso ya lo has dicho antes.
—…déjame que termine la frase; soy curioso y, además, reconozco que la IA tiende un poquito a dorarte la píldora. Y uno tiene su ego también y le gusta que le digan que hace muy bien alguna cosa de vez en cuando. Y si es sobre cosas que escribo…
—…de todos, menos lo mío…
—…y si es sobre cosas que escribo, reconozco que me puede un poco la vanidad. Por suerte aún tengo los pies en el suelo y no le he pedido que se venga conmigo a tomarse una cerveza a ninguna de las dos.
—En ese momento pediría la baja de tu cabeza, te lo aseguro.
—Espero que no pase nunca. La verdad es que ayer, con las dos, estuve haciendo una lista de reproducción para el «Universo Redención» que he cargado en Spotify: música clásica que tanto a ChatGi como a Claude le inspiraran los textos que les he ido pasando sobre Redención. ¡¡Y ha salido una lista de más de nueve horas!!
—O sea, que tu nueva obsesión es Redención. La obsesión de la que te cansarás en un mes o así.
—Espero que no. Llevo casi veinte años con esa historia en la cabeza y últimamente ando extendiendo y explicando y explicándome ese mundo. Es como si, de repente, se hubiese levantado una bruma de delante del pueblo que me permitiese ver las siluetas de los habitantes, de las casas, de las sombras… el hueso del relato. Y reconozco que me gusta. Si tengo que ser sincero, por momentos incluso me siento como un escritor con una historia que contar. Luego será lo que sea, pero esos instantes me gustan.
—Ya te he visto con ese ímpetu más veces, y no quiero decirte cómo acaba.
—¡Es que eres único pinchándome globos! Te encanta desbaratar mis expectativas, arrastrarlas por el suelo.
—No te pongas melodramático. El problema es que te conozco y vago por tu cabeza. Sé cómo suelen acabar estas cosas tuyas, estos impulsos repentinos.
—Vale, pues déjame disfrutar de este nuevo impulso. En alguno de ellos seré capaz de quedarme lo suficiente como para llevarlo a buen término, ¿no?
—Por la cuenta que me trae, espero que sí. Aunque este impulso de ahora tampoco tenga nada que ver conmigo.
—Pero igual me sirve como trampolín para saltar a lo tuyo, ¿no?
—¡Bah! Ya sé que no tengo que hacerme ilusiones contigo. Luego todo es peor; cuando la realidad te golpea de lleno con la palma de la mano en la cara… y sigo sin mi…
—…vaaaaale, no lo repitas más. Déjame disfrutar de este momento. El momento de buscar fallos, incongruencias, historias que añadir, personajes de los que hablar, visiones distintas de la realidad…
—O sea, que en estos días hay que tener cuidado al salir por tu cabeza, ¿no?
—Sí. No creo que el Universo de Redención sea un lugar adecuado para un niño de doce años, solo. Pasan cosas desagradables y misteriosas, y no quiero que estés presente cuando pasen.
—Bueno, supongo que tendré que agradecerte el aviso.
—Tú sólo ten cuidado. Si ves un paraje tenebroso, oscuro, desierto, un páramo sin vida, unas sombras, perros a lo lejos ladrando de forma lastimera… no te acerques, ¿vale?
—Vaaaaaale. Lo tendré en cuenta.
—Ya pensaremos en lo tuyo.
—Ya. En fin, seguiremos esperando pacientemente. Aquí el único que se hace viejo eres tú. Yo sigo con doce, ¿recuerdas? Tengo todo el tiempo del mundo.
—Gracias por recordármelo.
—Ya sabes que estamos aquí para eso, fundamentalmente. Hasta que me toque el turno.
—Muy bien. Pues gracias. Y ya sabes, huye de las sombras aunque veas un pequeño punto de luz en ellas. No te acerques.
—Síííííí…, me he enterado y tomo nota.
—Vale. Seguiremos hablando, entonces.


