LA HIPOCONDRIA

La web de Juanma Suárez
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Mes: agosto 2022

Una vez fui (lo que ellos consideran) bella

Un puzzle. Eso es lo que Beatriz Manjón nos ofrece con esta su ¿segunda? novela.

«Una vez fui bella» son piezas sueltas de un todo que se va componiendo con el paso de los capítulos. Primero nos ofrece las piezas de las esquinas; las que nos permiten delimitar el rompecabezas. Luego, conforme vamos avanzando en las historias, todo tiende a encajar, a tomar forma y sentido.

Con capítulos cortos, se nos van brindando pedazos de ese puzzle que el lector debe ir formando en su cabeza a cada episodio, con nueva información, más circunstancias, recuerdos del pasado de los protagonistas… Porque hay muchos protagonistas, cada cual con su lado oscuro, con sus traumas, sus miedos, sus obsesiones…

Beatriz nos sumerge en un mundo sórdido, sin pilares a los que agarrarse, donde lo que importa es aparentar belleza por encima de todo. Un mundo donde impera la tiranía de la imagen para unos personajes vacíos que buscan una piel tersa en colágenos, operaciones o tratamientos definitivos de juventud… Flota de forma muy plausible por toda la novela esa vacuidad de quien mide sus horas en selfis, no en minutos.

La autora sienta a sus personajes en el diván de nuestro escrutinio para que podamos sumergirnos en sus cerebros mientras vemos qué les ha llevado hasta el punto casi de rotura en el que los conocemos. Y los pasos subsiguientes que les llevarán al abismo. Porque todos los personajes están apunto de romperse ante nuestros ojos…


Por supuesto, no pueden faltar las frases chispeantes y tuneadas que tan bien remodela @Bemanjon dándoles un nuevo sentido. Aquí algún ejemplo, perfectamente acorde con el tema de fondo de la historia:


«Con la vida pendiente de un kilo».

«¡Hagan ego, señores!»

«El tiempo, todo locura.»

«Lo bueno, si bebes, dos veces bueno.»

No falta tampoco la crítica al medio televisivo, que tan bien conoce, y que no es más que una máquina de despellejar personas para entretenimiento de una audiencia, como dirían en la serie Studio 60 de Aaron Sorkin, «lobotomizada por la industria más influyente de este país, que ha preferido tirar la toalla antes que intentar hacer cualquier cosa que no pueda entender un niño de doce años; y no me estoy refiriendo a los más inteligentes, sino a los idiotas, de los que hay muchos gracias a esta cadena…»

Beatriz deja estas perlas refiriéndose a ciertos periodistas y medios de comunicación:

«- Mira, hay medios tan independientes que acaban por independizarse de la realidad.»

«El periodismo termina donde empiezan los favores, pero eso él ya lo sabía. No pensaba comprometer su puesto por una menudencia como la verdad.»

Cuando cierras el libro, la sensación es de que, en realidad, no ha pasado nada; que la historia es una historia hueca… Luego lo masticas todo y descubres que realmente la autora ha conseguido precisamente eso: que sólo veamos la cáscara de los personajes, esa parte de la que ellos mismos están más preocupados. Hemos estado navegando sobre la superficie, a pesar de que Beatriz nos retrata perfectamente lo interno de cada uno; hemos sido igualmente superficiales, o sea, parte del problema y no de la solución.

La hipocresía de la apariencia, el temor a que se descubra que nada en nosotros es natural a pesar de haber tratado de que lo pareciera por todos los medios… artificiales posibles. La mayoría de los protagonistas están más preocupados de su imagen que de su vida, porque su vida también es falsa. Es una vida de Instagram, de filtros, de retoques fotográficos, de fachadas. Policías, políticos, estrellas de la televisión… Hay toda una panoplia de personajes que van desfilando ante nuestros ojos, mostrándonos todas sus miserias de la forma más desnuda y procaz.

No, no es una distopía. Beatriz Manjón nos pinta un retrato mordaz de la sociedad que nos hemos construido, que nos estamos construyendo, y nos obliga, como sus personajes, a mirarnos al espejo comprobando si los tenemos iluminados a tres mil cuatrocientos grados kelvin de luces cálidas y frías.

«Una vez fui bella» parece una historia exagerada en todos y cada uno de sus planteamientos pero… ¿lo es realmente? Léelo y me lo cuentas.

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Usa las gafas

Cuando aún era joven…; sí, admitámoslo ya, uno va llegando a una edad en la que nadie le considera joven, aunque puedan suavizar la cosa con un «te conservas bastante bien» o el no menos socorrido «pues estás igual que siempre», a pesar de que seamos conscientes de que no es cierto, pero se agradece la caridad y el cariño…

Cuando aún era joven, decía, había pocas cosas de las que solía presumir (y de las que podía, para qué vamos a engañarnos). Una de ellas, de la que me pavoneaba a menudo, era mi vista aguda de elfo. Mis amigos acostumbraban a sorprenderse cuando era capaz de ver, en lontananza, «¿qué ven tus ojos de elfo, Legolas?», el número del autobús cuando aún apenas se vislumbraba el vehículo a lo lejos más que como una visión de un oasis en el desierto. Sí, así de bien veía. Y me gustaba alardear de ello, seamos sinceros.

Pero entonces la edad se encargó de ponerme en mi sitio y, en un momento determinado de mi existencia, las páginas de los libros empezaron a hacérseme neblinosas. Sin haber bebido, las letras se emborronaban en mis narices, se volvían apenas trazos indistinguibles que me obligaban a achinar los ojos para distinguirlas. Se hizo irremediable la visita al oculista, del que salí, por supuesto, con un par de gafas para leer. «Vista cansada; lo normal de la edad», me dijeron.

De forma suave y elegante me avisaron de que había salido de la juventud por la puerta de atrás…, o sea, que la juventud me había expulsado de la sala en la que yo creía poder estar hasta los setenta, por lo menos. Pero yo, que siempre he presumido, otra de las cosas de las que sigo haciéndolo sin rubor, de ser un buen perdedor y un magnífico contrincante, acepté el tanto y elegí dos pares de gafas para leer con los que me veía hasta interesante. De hecho, aquí ando escribiendo esta entrada con mis gafas de montura metálica negra y un gintónic para refrescar la tarde (probablemente una bebida de persona mayor, qué le vamos a hacer…).

¿Y a qué viene este preámbulo? Pues voy al desenlace, sin más dilación (sí, quería usar la expresión):

Otra de las cosas que el tiempo ha tenido a bien regalarme, desde hace ya alguna década que otra, es mi alopecia.

Tengo la suerte de que la gran mayoría de mis amigos, ahora mismo, ya me conocieron siendo un trasunto del teniente Kojak que, cada semana más o menos, acostumbra a pasarse la maquinilla eléctrica por el cráneo para que mi cabeza luzca siempre con su debido brillo y los milímetros de cabello adecuados e igualados a la baja. Y aquí llegamos al meollo de la cuestión: siempre he presumido (sí, ya van varias circunstancias de las que suelo alardear, parece increíble) de dejar el baño como una patena después de llevar a cabo mis rutinas capilares: ni una micra de pelo perdido podrá ver jamás quien entre después de mí en el baño… o eso creía, hasta que me dio por afeitarme con las gafas puestas (porque sí, mi vista empezaba a engañarme también en ese menester, la maldita. Con lo que ella y yo habíamos sido…).

Y quise hacer la prueba: una mañana llevé a cabo todos los rituales sin las gafas, incluso el de limpieza posterior. Al acabar, posé sobre mi nariz los anteojos y, ¡¡oh, fatalidad!! Allí quedaban restos minúsculos de mis maniobras capilares por todas partes, ocultos a mi mirada présbita, saliendo a relucir ante mis ojos, cual prueba incriminatoria ante las luces azules del CSI, cuando los armé con las maravillosas gafas que me ayudan a leer. ¡¡Qué engañado estaba, y qué paciencia infinita la de los que viven conmigo, que jamás me han echado en cara que dejase el lavabo como una peluquería de barrio tras la visita de un motero!!

Así que, lo que está claro y yo he aprendido para siempre, es que jamás hay que fiarse del criterio propio que no esté apoyado en bases fiables. Es posible que creamos algo sólo basado en nuestras percepciones que, a veces, pueden no ser completas. Habrá que ser humildes y aceptar que la realidad, de vez en cuando, pueda darnos lecciones que desmonten nuestra propia visión de las cosas, ¿o no?

Y, por favor, si usáis gafas, afeitaos con ellas puestas o, por lo menos, usadlas para dejar el baño, después, en perfecto orden.

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12 de agosto

Nos íbamos alejando de la ciudad para evitar eso que llaman «contaminación lumínica». Era la primera vez que quedábamos tras muchos días de hablar a través de internet. La oscuridad iba engulléndonos a medida que hacíamos kilómetros sin rumbo fijo, sólo huyendo de la luz.

Charlábamos, reíamos, gastábamos bromas… Recuerdo que llegué a decirle que se arriesgaba mucho al montarse en el coche con un desconocido, porque podría abandonarla en cualquiera de aquellas curvas solitarias y negras de la carretera, pero ella se divertía.

Por supuesto, como cualquier 12 de agosto, la música que sonaba en el coche era Mark Knopfler. Así celebraba su cumpleaños, sigo celebrándolo, desde hace décadas: oyendo su música durante todo el día. Ella no parecía darle importancia y sonreía, sentada tranquila en el asiento del copiloto. Pasó su brazo tras mi asiento y eso me hizo sentir más nervioso pero, a la vez, extrañamente en casa. El cielo estaba medio encapotado de modo que teníamos pocas esperanzas de ver estrella fugaz alguna; aún así, seguíamos alejándonos.

Tras muchos kilómetros, y sin saber exactamente dónde estábamos, decidimos detenernos junto a una especie de nave o almacén apagado, una estación de servicio cerrada y algo parecido a un pequeño hostal con un pequeño espacio de aparcamiento en uno de los laterales. Había silencio…, y nubes. Salimos del coche y nos quedamos en pie, espalda contra espalda, mirando al cielo. «El que vea algo, que avise rápido», dijimos. Y seguimos bastante rato así, escrutando la oscuridad, tratando de atravesar las nubes o pidiendo que se fueran para permitirnos ver alguna Perseida. Pero no hubo manera. El cielo no nos quiso regalar ninguna estrella fugaz aquel primer 12 de agosto.

Al pasar de los años, ocho en concreto hoy, entiendo que para ver a mi estrella aquella noche no tenía que mirar al cielo, sino a mi espalda. Ella guardó ese día en su interior, y cada año lo celebrábamos: me regalaba una pareja de Playmobils, se quedaba con uno y yo con el otro. Ahora están todos juntos. Estos dos últimos años sigo haciéndolo, y los coloco junto a una foto nuestra, cada año la pareja de Playmobil correspondiente.

Así que, desde hace ocho años, el maestro Knopfler ha sido relegado a un segundo plano el día de su cumpleaños, porque siempre es más importante celebrar que el Cielo decida regalarte una estrella que te ilumine y te guíe. Eso sí, la música de fondo la pone él. Y así seguirá siendo.

Vero, felicidades. Sigamos sumando.

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