Me habían dicho que era urgente y muy especial. La entrega debía hacerse rápidamente. Era el rey quien lo pedía.

Al llegar a palacio un elfo abrió la puerta y me pidió que le siguiese.

Pasamos a través de salas inmensas, de techo muy alto e iluminadas por infinidad de antorchas que hacían que casi pareciese de día. Aquí y allá había seres extraordinarios departiendo entre sí: enanos, elfos, hobbits… Pude ver a alguien, en el extremo más lejano de un pasillo, con una gran capa gris, sombrero puntiagudo y un báculo que usaba para encender las teas de las paredes con una luz azul muy brillante.

– Su majestad te está esperando. Hace tiempo que oyó hablar de ti – me dijo el elfo con una sonrisa que trataba de tranquilizarme sin conseguirlo.

– ¿Sabía de nuestra existencia? – le pregunté.

– Por supuesto. Él lo conoce todo sobre su reino.

La responsabilidad empezó a pesarme como una inmensa losa. Noté que sudaba y las manos me ardían. Quise que aquello terminase cuanto antes, acelerar el paso, pero el elfo que me precedía, conduciéndome a través del palacio hasta la presencia del rey, a pesar de haberme instado a darme prisa, parecía caminar cada vez más lentamente.

– ¿Creéis que voy vestido de forma adecuada para presentarme ante su majestad? – le dije al elfo. Tenía la sensación de no llevar el atuendo más idóneo.

– ¿Suelen ser estos vuestros ropajes habituales?

– Claro.

– Entonces vais oportunamente vestido.

La voz del elfo era suave, agradable. Me tranquilizó el notar que no había ni un mínimo atisbo de falsedad en sus palabras. Tenía la certeza de que todo lo que él me decía era absolutamente cierto, así que traté de relajarme un poco mientras caminábamos. Pero seguían ardiéndome las manos.

Entonces se detuvo ante una puerta inmensa, dorada, tallada con escenas de batallas, de héroes, de dragones, de banderas y escudos de antiguos reyes…, y se giró para mirarme:

– Hemos llegado. Recuerda portarte con el respeto adecuado ante su majestad, pero no seas demasiado ceremonioso. Al rey le aburren las fórmulas de protocolo; en realidad no las soporta.

Tragué saliva, respiré profundamente y asentí. El elfo posó sus manos sobre la puerta y esta se abrió silenciosamente.

Aquello parecía un inmenso comedor. Pude ver a cientos de seres sentados en mesas gigantescas, comiendo, bebiendo y hablando animadamente. Vi un grupo de hobbits sentados en una mesa junto a un grupo de enanos, y todos cantaban y bebían alegres y muy divertidos. Seguramente había llegado en mitad de alguna gran celebración.

– Sígueme. Te llevaré ante el rey – me dijo el elfo.

Atravesamos todo el comedor, y al final, en otra mesa adornada con candelabros dorados, y copas y cubiertos de plata y rubíes, llena de manjares que parecían deliciosos, pude ver al rey. A su lado estaba sentado el mago que había visto antes alumbrando el pasillo. Vi que se acercó al rey y le dijo algo al oído mirando en la dirección en la que me encontraba. El rey levantó sus ojos y me miró directamente. Con una gran sonrisa pude oírle decir:

– ¡Ah, vaya. Ya estás aquí! Acércate, hijo.

Sentí que me faltaba el aire. Mis piernas se habían quedado petrificadas y no conseguía hacer que dieran un paso más. Miré al mago, que también sonreía amablemente, y me hizo un gesto con la mano que pareció devolverme a la realidad. Me acerqué al rey, hice una leve reverencia y le entregué la caja que me habían mandado traerle.

– No sabes cuánto tiempo he estado esperando ésto. Y ahora, si quieres, coge un asiento y quédate con nosotros si lo deseas. Hay comida de sobra.

– Muchas gracias, majestad, pero debo regresar cuanto antes – intenté articular lo más claramente posible.

– Si es así – me respondió el rey – exprésale a tu señor mi más absoluta gratitud.

Salí del gran comedor como flotando. Detrás mía, mientras me alejaba por el pasillo, seguía oyendo las risas y las canciones de los enanos y los hobbits.

Al salir del palacio contemplé a un par de elfos custodiando la entrada desde las torres, con sus arcos preparados por si hiciese falta. Sin saber por qué, los saludé agitando la mano. Ellos me correspondieron. Me descubrí sonriendo, pensando la gran historia que tenía para contar a todos.

Tenía que regresar lo más rápidamente posible. Metí la mano en el bolsillo, saqué el móvil, activé el GPS, cerré la puerta de la caja porta pizzas de la moto y arranqué. Tecleé la opción “camino más corto” en Google Maps y me dispuse a volver a la central. Había terminado otra entrega.

  • chica

    Genial, me encanta esta historia.