No somos superhéroes. Tampoco somos humildes y eso es lo que nos pierde. Lo primero es algo con lo que tenemos que vivir; lo segundo, algo que nos impide ver más allá de nuestro ombligo.

Cuando somos pequeños no tenemos rubor alguno en asirnos de la mano de nuestros padres si vemos algo que no nos gusta, desconocemos o si presentimos algún peligro. Salimos corriendo desde nuestros juegos, agarramos su mano y, automáticamente, nos sentimos protegidos.

Al crecer nos hacemos a la idea de ser fuertes, valientes, autosuficientes…, y la adolescencia exacerba eso, tal vez para que seamos capaces de encontrar nuestro propio hueco en el mundo. Y huimos de cualquier demostración que pueda hacernos parecer débiles, sensibles, vulnerables…

Es cuando somos realmente vulnerables cuando más necesitamos de una protección, pero en esta sociedad individualista nos hemos convencido de que estar enfermos es estorbarle a los demás, que cada cual debe luchar sus propias batallas sin la ayuda de nadie. Y muchas veces somos tan soberbios que no aceptamos que alguien nos ayude; porque nosotros somos capaces de salir solos del barro.

No somos más humildes que cuando aceptamos nuestra debilidad y dejamos que los demás nos auxilien. Y los demás no son más grandes que cuando nos ayudan. Deberíamos desterrar de una vez por todas el «es que no quiero molestar» por el «necesito que me ayudes». Estar enfermos o necesitar de los demás no nos convierte en una carga; nos da la oportunidad de ser humildes y agradecidos. Y quien nos ayuda fortalece la paciencia, el cariño, el espíritu de servicio…, en definitiva, el amor, que no son poca cosa en esta sociedad con la que nos ha tocado zafarnos.

En palabras del, ahora en el Cielo, papa Benedicto XVI: «una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado, es una sociedad cruel e inhumana».

Queramos y dejémonos querer.